Aquellos maestros de ayer

Por Mario Bunge
Para La Nación

MONTREAL.- Cuando yo era chico, los maestros eran pilares de la sociedad. Se los respetaba y escuchaba, y se les pagaba bastante bien. Un maestro principiante cobraba 250 pesos por mes, lo que equivalía a sesenta y pico de dólares de aquel entonces. Con esto vivía decorosamente con su familia. Nunca le faltaba para ir al cine, comprar libros y (en el caso de las mujeres) pagar los plazos de un tapado de piel de nutria. En Parada Agüero, el pueblo en que crecí, la señorita Bottini, maestra de segundo grado, era considerada a la par del doctor Negrete, el boticario (inventor de un elixir para sabañones), el procurador señor Bivort (que tenía un par de hijas hermosísimas) y el diputado nacional (mi papá). Además, estaban las llamadas fuerzas vivas: el quintero Bottini, padre de la maestra; el almacenero, señor Dabove, y el ferretero, señor Miserachs. El peluquero-periodista, Mario Ratti, navegaba ágilmente entre ambas aguas, llevando y trayendo cuanto rumor podía. (Venía a casa todos los meses, para cortarnos el cabello a mis padres y a mí. No pelaba al caniche porque no lo teníamos.)

Magisterio sarmientino

La maestra trabajaba el turno de la mañana y dedicaba las tardes a corregir cuadernos y a ayudar a un par de burros como yo. Me atendía en su sala en penumbra, cuya mesa estaba cubierta por un mantel de terciopelo de color rojo oscuro. Me hacía hacer centenares de palotes a lápiz. En la escuela yo me había habituado al punzón y la pizarra, de modo que apretaba fuerte. La señorita Bottini me decía con poco efecto: "Mario, vos no estás escribiendo, sino arando. Hacé menos fuerza con el lápiz". Esto era fácil para ella, que era dulce, no llevaba la pizarra colgando de la cintura, ni punteaba la tierra, como lo hacía yo.

Señorita Bottini: perdóneme el haber sido el peor de sus alumnos, pero créame que la recuerdo con mucho respeto y cariño.

Muchos años después, siendo secretario de la Federación Argentina de Sociedades Populares de Educación, conocí a la flor del magisterio sarmientino. Solíamos reunirnos en una casa donada por un inspector de escuelas que había tenido éxito como autor teatral. Allí actué junto con maestros de uno y otro sexo que dedicaban varias horas por semana a enseñar ad honórem en escuelas no gubernamentales.

Algunos de ellos habían seguido estudios universitarios. Otros asistían a cursos en el Colegio Libre de Estudios Superiores. Todos leían periódicos y libros, y cada uno de ellos cultivaba algún hobby inteligente. Uno de ellos oficiaba todos los domingos una "misa laica" en su casa: una reunión en la que se debatían problemas pedagógicos y de política educacional. Cuando murió, nos juntamos centenares de personas en la calle frente a su departamento.

Mis hijos argentinos, que fueron a la escuela durante la era peronista, no tuvieron esa suerte. Sus maestras trabajaban dos turnos y daban clases particulares para redondear el presupuesto. Ninguna de ellas tenía tiempo para leer otra cosa que La razón de mi vida . Ganaban sueldos miserables, inferiores a los de los vigilantes. Nadie les pedía su opinión. Eran marginales. Pertenecían al proletariado, no a la clase media baja ni, menos aún, a la elite del barrio. Ninguno de los notables del barrio las invitaba a sus reuniones sociales.

El magisterio argentino había sido degradado en menos de dos décadas. Los maestros ya no se atrevían a elogiar a Sarmiento, el único maestro que llegó a la presidencia de una nación. Los libros que recomendaban no podían competir con las alpargatas de que se enorgullecían los fanáticos que se creían en el poder, aunque de hecho no eran sino títeres de éste. En las aulas ya no había las bibliotequitas circulantes de mis tiempos.

Los efectos de esta degradación están a la vista. La gente lee menos y escribe menos que antes. En mis tiempos, quien terminaba la escuela primaria solía escribir sin cometer faltas de ortografía. En años recientes he recibido comunicaciones oficiales que contenían errores gramaticales elementales. En mis tiempos, cualquier escolar sabía la diferencia entre oír y escuchar . Hoy nadie oye: todos escuchan.

Ideas e ideales

Durante mi adolescencia, tanto los radicales como los socialistas y los comunistas publicaban interesantes revistas de ideas. Y todos los diarios ofrecían extensas crónicas de debates parlamentarios, a los que asistíamos los entusiastas de la política. Créase o no, el centro de esos debates eran ideales, no denuncias de escándalos. No es que escasearan los escándalos, sino que coexistían con discusiones racionales e iniciativas constructivas.

No se crea que el magisterio ha decaído solamente en los países que han dejado de desarrollarse por la vía de la educación. El estatus social del maestro ha decaído en casi todo el mundo desde la Segunda Guerra Mundial.

Antes, la maestra normal figuró como heroína de novelas (como la de Manuel Gálvez) y de películas. Hoy día, los héroes de la novela y la película populares son forzudos, delincuentes, o pasajeros de naves espaciales. Sarmiento no podría presentarse ni siquiera como candidato a concejal por Anillaco. Los gringos desconfían de los profesores metidos a políticos desde que Woodrow Wilson les falló hace ya ocho décadas. Suelen llamarlos "cabeza de huevo" desde la derrota de Adlai Stevenson, progresista calvo. Bartolomé Mitre, convicto y confeso de letras, no pasaría una elección primaria ni siquiera en los estados de Nueva York y Massachusetts, los más repletos de intelectuales.

Afortunadamente, en Europa los intelectuales y maestros siguen gozando de prestigio. (Cuando yo iba de compras al almacén en Alemania, los dependientes me llamaban Herr Professor .) Los políticos europeos discurren racionalmente y hablan bien. Han ido a buenas escuelas y siguen leyendo buena literatura. Esto explica el que la política europea sea civilizada. ¿Por qué no seguir en esto el ejemplo europeo?

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