Pensadores originales, críticos y discípulos

 Por Mario Bunge
Para La Nación
 Montreal
El filósofo argentino Francisco Romero (1891-1962) sostenía que, en todas partes, la filosofía pasa por tres etapas. Estas serían: adhesión incondicional, comentario crítico y construcción de teorías nuevas.

Por mi cuenta agrego que esas tres etapas son otros tantos eslabones de una cadena trófica. En efecto, ¿qué alimentos intelectuales y de los otros comerían los expositores, comentaristas, críticos e historiadores de la filosofía si no hubiera algunos filósofos originales? ¿De qué viviría un especialista en Aristóteles, Descartes, Hume o Kant si éstos no hubieran existido? Pero, para que el pez chico pueda digerir el bocado que mordió del pez grande, necesita tener las enzimas conceptuales adecuadas para digerirlo. O sea, tiene que poder entender cabalmente lo que comenta o critica. Y a su vez, para lograr esto, de tanto en tanto tiene que hacer algo original. De lo contrario, nos aburrirá con comentarios sobre otros comentaristas. Y esto no es filosofar, sino acumular y transferir información. Es escolástica.

Cuando murió el célebre filósofo británico sir Jules Alfred Ayer, ni siquiera sus mejores amigos acertaron a decir en qué había contribuido. En particular, sir Isaiah Berlin comentó que su amigo Freddy jamás había tenido una idea original, ni siquiera mala. Yo agrego: tampoco la tuvo sir Isaiah. Pero al menos el inglés que hablaba Freddy era inteligible, lo que no ocurría con el que mascullaba sir Isaiah, particularmente cuando lo hacía con un habano en la boca. Pero en verdad ambos se ocuparon de problemas interesantes y escribieron con claridad y elegancia.

Decir algo nuevo

Filosofar es pensar problemas filosóficos, nuevos o viejos, con ánimo de decir algo nuevo sobre los problemas mismos antes que sobre otros filósofos. Por ejemplo, supongamos que me pregunte si el azar existe realmente, o no es sino el nombre que le damos a nuestra ignorancia de las causas. Para responder esta pregunta de manera responsable no puedo limitarme a leer textos filosóficos, porque casi todos los filósofos tienen la mala costumbre de recurrir solamente a otros filósofos.

Para averiguar la naturaleza del azar debo investigar la manera en que manejan el concepto de probabilidad los físicos, químicos, biólogos y sociólogos. Debo averiguar si sus fórmulas sólo se refieren a hechos objetivos, o si también se refieren al observador de los mismos. Y debo ver si esos especialistas comparan sus probabilidades con las de otros expertos, o más bien con las frecuencias relativas que encuentran los experimentadores. O sea, debo averiguar si los modelos probabilistas son antojadizos o se ajustan a la realidad. Al fin y al cabo, en esto consiste la verdad de hecho: en el acuerdo de una idea con el hecho a que se refiere.

Etica y naturaleza

Otro ejemplo: si pretendo resolver el problema de la naturaleza de la mente, no me bastará averiguar lo que han pensado otros filósofos, tanto más por cuanto casi todos han urdido ideas estrafalarias sobre ella. Tendré que empezar por ver cómo investigan el problema los psicólogos y neurocientíficos contemporáneos. Tendré que informarme, en particular, acerca de la localización de las funciones cerebrales, y de la manera de alterarlas mediante drogas, descargas eléctricas, tajos, o programas de reaprendizaje. Y, desde luego, me abstendré de releer las divertidas fábulas psicoanalíticas.

Tercer ejemplo: si quiero saber si hay hechos morales, o bien todos los juicios morales son tan subjetivos como parecen ser los artísticos, no me bastará informarme sobre las opiniones de grandes filósofos, por interesantes que sean. Tendré que empezar por examinar un puñado de hechos que plantean problemas morales.

Me preguntaré, por ejemplo, si la agresión, el despojo y el abandono de los débiles son hechos morales objetivos, o si cada cual puede juzgarlos como le parece. Esto me llevará a identificar y evaluar al menos un puñado de juicios morales que suscitan tanto los agresores, ladrones o insensibles sociales como sus víctimas. En otras palabras, examinaré hechos relevantes a los juicios de valor en cuestión y sopesaré razones para apuntalarlos o sacudirlos.

O sea, hacer filosofía, lo mismo que hacer matemática o geología, es investigar. Es abordar problemas nuevos, o tratar problemas viejos con nuevos medios o desde puntos de vista novedosos. Quien no investiga, sino que se limita a exponer o comentar resultados que han encontrado otros, hace una labor necesaria y, si lo hace bien, es un estudioso digno de encomio. Pero no puede pasar por investigador original.

Filósofos de escuela

Aquí viene a cuenta la tragedia del pensador que, por motivos irracionales, quiere pertenecer fiel a una escuela, tal como el tomismo, el marxismo, o la fenomenología. Si se ajusta a la disciplina de escuela nunca encontrará resultados nuevos, por más que estudie. El motivo es obvio: desde el comienzo ha decidido pensar dentro de una jaula que han construido otros. Ha decidido evitar caer en herejía, o sea, novedad. Su propósito es defender cierta doctrina o, en el mejor de los casos, perfeccionarla.

Al filósofo de escuela le espantaría hallar, al cabo de muchos años de reflexión, que ha estado venerando una doctrina falsa. Y le horrorizaría aún más el descubrimiento de que, debido a la inmovilización voluntaria de sus sesos durante una ponchada de años, éstos ya no le dan para construir una teoría mejor: que ya es tarde para comenzar da capo a pensar por cuenta propia.

Obviamente, lo que vale para la filosofía vale para todas las demás disciplinas. En todos los campos de la actividad humana se puede repetir o crear, hacer tareas rutinarias o explorar. Cada una de estas alternativas tiene su recompensa y su precio. El rutinario puede cobrar regularmente un salario, al menos mientras haya demanda por su rutina. Y el innovador suele pagar con la incomprensión y la consiguiente indiferencia, pero al menos no se aburre

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