Cómo enseñar a odiar la matemática

Por Mario Bunge
Para LA NACION

MONTREAL.- Cada tanto se descubre que los estudiantes de primaria y secundaria son mayoritariamente vírgenes en matemática. Pero también se descubre de vez en cuando que los profesores de matemática tienen más éxito en algunos países que en otros. Hasta hace una década, los países del bloque soviético ganaban las olimpíadas matemáticas. Ultimamente las han estado ganando países asiáticos, en particular Singapur, Corea y Japón. ¿A qué se deben tanto el fracaso habitual como el éxito ocasional? Veamos.

En mi libro Temas de educación popular (El Ateneo, 1943), yo escribí: "El alumno nos llega [a las escuelas técnicas] con un saludable y vigoroso horror por la matemática: la considera un tormento inventado por la maestra para impedirle pasar de grado; la considera un inútil y vacío palabrerío abstracto e indomesticable que para nada le ha servido en el taller, que nada ha contribuido al mejoramiento de su situación económica. Siente, en resumen, un justificado horror al vacío" (p. 74).

Aquella era la época en que los libros de texto de matemática pretendían ser rigurosos y solo lograban ser abstrusos y aburridos. No ayudaban a pensar claramente ni a resolver problemas de la vida cotidiana. Solo eran un negocio editorial en cuyas ganancias no participaban estudiantes ni docentes. Los textos más temibles de aquellos tiempos eran los del binomio Ovejera y Borgia. Se reeditaban todos los años con cambios cosméticos, para evitar que los estudiantes los compraran de segunda mano. Porque la consigna del ministerio era estar al día con los textos, no con la materia misma.

Preguntas y respuestas

En los Estados Unidos, el forúnculo de la enseñanza de la matemática se ha tornado tan doloroso, que ha sido tomado en serio nada menos que por el presidente George W. Bush, universalmente considerado como el menos serio de los presidentes norteamericanos desde el nacimiento de la nación. Lo ha tomado tan en serio, que ha decidido resolverlo.

Para lograrlo, el presidente de la nación más rica y poderosa del mundo ha decidido invertir una millonada y ha nombrado secretario (ministro) de Educación a un especialista en la materia, un doctor en educación física aficionado a botas de lagarto hechas a mano, que también es conocido porque, siendo inspector general de enseñanza en Texas, impuso el adiestramiento en la solución de tests de elección múltiple, del tipo de: "¿Cuántos dioses hay: uno, tres o ninguno?"

Al parecer, los estudiantes tejanos no aprenden asignaturas, sino las respuestas correctas a preguntas de pruebas de elección múltiple. Los conceptos no importan: solo cuentan las reglas, los algoritmos (igual que en el caso de las computadoras). Los resultados son elocuentes: la tasa de aprobados en los exámenes ha aumentado enormemente en Texas.

Al mismo tiempo, ha aumentado enormemente la tasa de deserción escolar. En particular, la riquísima (y aburridísima y peligrosísima) ciudad de Houston ha ganado el campeonato de deserción escolar del país. Mi explicación es que los chicos flojos se asustan y los fuertes se aburren. Y tanto unos como otros terminan odiando a la reina de las ciencias. Esto es lo que se gana tratando a las personas como si fueran computadoras.

¿No era previsible? ¿Acaso puede interesar la memorización de técnicas y de respuestas correctas? Es como reemplazar el fútbol por un torneo de referees . El jugador y el hincha se interesan por el juego mismo, no por las reglas del juego. (Si no lo creen, pregúntenle a Maradona qué es eso de la prohibición de tocar la pelota con la mano.) Además, las reglas no reemplazan al ingenio en la gambeta ni en el tiro al arco. (Aclaro que, como dueño de una pelota reglamentaria importada de Inglaterra, yo me creía dueño del arco del potrero, constituido por un par de latas vacías.)

Expertos divididos

En resumen: la mayoría de los chicos norteamericanos no tienen la más pálida idea de lo que es una fracción, ni han adquirido el hábito del cálculo mental. (En mi época aprendíamos a sumar quebrados en tercer grado, pero no se nos estimulaba a hacer mentalmente cálculos aproximados.) ¿Qué pasa cuando crecen? ¿Sabrán sumar quebrados los militantes republicanos? No se sabe. Solo sabemos que no les gusta contar votos.

¿Cómo remediar esta deficiencia? Casi todos los expertos se agrupan en una de dos escuelas: conceptualista y metodólatra. Los primeros sostienen que lo más importante es entender los conceptos. (Pero, ¿cómo entenderlos sin resolver problemas?) Los segundos afirmar que basta aprender los métodos. (Pero, ¿cómo elegir el método adecuado si no se entienden los conceptos que figuran en el enunciado del problema?)

La comisión de marras recomienda una solución equilibrada: combinar la comprensión conceptual con la destreza en el cálculo, el razonamiento lógico y la apreciación de la matemática como herramienta. Yo agregaría: enseñar a verla también como la culminación del pensamiento claro y por lo tanto aplicable en todos los campos, incluso los negocios, la política y la filosofía

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