La renuncia a la Ilustración

Mario Bunge

Para La Nación

MONTREAL

¿SE acuerda de la Ilustración o Siglo de las Luces? ¿Recuerda la confianza que tenía en la razón y el progreso, y su proclamación de los derechos humanos? Los deístas Hume, Voltaire, d´Alembert y Franklin, así como los ateos Diderot, d´Holbach, Helvétius y Paine, y muchos otros no dudaban de que la humanidad estaba avanzando y continuaría progresando hasta librarse de toda superstición. Creían que la ilustración total sería una consecuencia automática del progreso y la difusión de la ciencia: en cuanto la gente conociera la verdad, dejaría de tragar mitos.

Ninguno de ellos sospechó que la propia Ilustración ya estaba engendrando la primera contrailustración. En efecto, ésta ya había empezado con el ambiguo Rousseau y el tradicionalista Vico. Y se desató a principios del siglo XIX. Entonces, cuando el fatídico Fernando VII preguntó a su corte de adulones si pensaban, éstos le respondieron: "¡No, Majestad! ¡Lejos de nosotros el funesto hábito de pensar!" Yo crecí durante la prolongación de la ilusión iluminista, en las décadas de 1920 y 1930. En aquellos tiempos casi todos los intelectuales argentinos, cualesquiera que fuesen sus simpatías políticas, confiaban en la razón y la ciencia, y estaban convencidos de que la humanidad seguiría progresando, aunque con bajones ocasionales.

Esta creencia era compartida, por ejemplo, por el conservador Joaquín V. González y el socialista José Ingenieros. La excepción era un puñado de profesores de filosofía encandilados por el intuicionismo de Bergson, el neohegelianismo de Croce y Gentile y, más tarde, la fenomenología de Husserl y su producto más tristemente famoso, el existencialismo de Heidegger. Estos enemigos de la Ilustración confiaban en la especulación desenfrenada y en textos crípticos aunque supuestamente canónicos. Por consiguiente, ignoraban la investigación rigurosa y sus productos. Y tildaban de positivista a quienquiera que creyese que la ciencia es la medida de todas las creencias acerca del mundo y que, por consiguiente, la filosofía debería de ser compatible con la ciencia.

Con todo, el partido anticientífico sólo tenía poder en las facultades de humanidades y en el Colegio Militar. (Los cerebros de algunos militares golpistas fueron deformados por profesores existencialistas y simpatizantes del nazismo.) No se crea que este rechazo de la Ilustración sólo pudo haber ocurrido en un rincón del Tercer Mundo. Échese un vistazo a la típica universidad norteamericana actual. Se comprobará que su campus está dividido en dos sectores: las humanidades, por un lado, y las ciencias y técnicas, por el otro. Se verá que la antorcha de la Ilustración sigue encendida en el segundo sector, pero que apenas chisporrotea en el primero.

En efecto, lo que está de moda en las facultades de humanidades es la actitud irracionalista y anticientífica característica de la llamada posmodernidad. En ellas se enseña a Kierkegaard, Nietzsche, Heidegger, Sartre, Foucault, Derrida, Geertz y otros escritores anticientíficos. En cambio, uno puede graduarse sin saber qué pensaba ninguno de los grandes de la Ilustración francesa, o siquiera Charles S. Peirce y Bertrand Russell.

En esas facultades uno se puede anotar en cursos sobre deconstruccionismo, hermenéutica, filosofía feminista, sociología anticientífica de la ciencia, antropología literaria, y asignaturas afines. O se pueden tomar cursos sobre filosofía de la mente que no requieren ningún conocimiento de la psicología ni de la neurociencia. Incluso se pueden seguir cursos de psicoanálisis, el que en cambio no es enseñado en ningún departamento serio de psicología.

Otros cursos populares tratan de la llamada teoría crítica, esa mescolanza tediosa de Marx, Hegel y Freud expuesta por Habermas y sus maestros. Pero no se exigirá la lectura crítica de los textos científicos del gran economista, no se intentará descifrar los textos crípticos de Hegel, ni se intentará comprobar si los mitos de Freud tienen algún fundamento empírico. El estudiante aprenderá a leer (casi siempre en dudosa traducción), a repetir y a imitar, pero no a comprender ni, menos aún, a buscar la verdad.

No es de extrañar que en esas facultades no se adiestre a debatir racionalmente ni a distinguir la ciencia de la seudociencia, ni la ciencia básica de la técnica. En cambio, se aprenderá que la verdad objetiva es inaccesible y que los estudios sociales no pueden ser científicos, presumiblemente porque los hechos sociales son espirituales y la ciencia no puede asir lo espiritual. También se aprenderá que lo social es textual: que la acción es discurso, que el mapa coincide con el territorio. De este modo, el estudiante quedará incapacitado para enfrentar, describir y explicar lo social: sólo habrá aprendido a manejar textos ajenos a la literatura científica.

Naufragio de la razón

Antes de la avalancha posmodernista, los egresados de las facultades de humanidades podían conseguir empleos en empresas y reparticiones estatales, las que podían hacer uso de la curiosidad y versatilidad, así como de las técnicas literarias y argumentativas que solían caracterizarlos. De hecho, muchos empresarios solían encontrar, tal vez para su sorpresa, que los egresados de humanidades se desempeñaban mejor como gerentes de nivel medio que los contables o los ingenieros.

Pero, ¿qué empresa está dispuesta a emplear gente que no puede escribir textos inteligibles porque ha perdido la capacidad de pensar derecho, de tanto leer la prosa retorcida de los posmodernos? ¿Qué gerente toleraría a un empleado que, en lugar de escribir un informe objetivo acerca de algún asunto, inventase una historia arbitraria porque su profesor de sociología lo persuadió de que hay que "interpretar" los hechos en lugar de intentar describirlos y explicarlos de la manera más objetiva y clara posible? El posmodernismo, la onda antiiluminista más reciente, daña el cerebro: lo hace incapaz de pensar correctamente, e incluso de informar verazmente, sobre hecho alguno. Para colmo, desalienta el aprendizaje de cualquier producto de la ciencia o de la técnica. Por consiguiente, pone en desventaja a la persona en una sociedad en la que, como la actual, el conocimiento no es sólo una fuente de placer sino también la herramienta más formidable de los negocios y del Estado.

¿Cómo salvarnos del naufragio de la razón en la marea posmoderna? ¿Deberíamos intentar volver a la Ilustración originaria? Es claro que no: esta actitud sería tan estéril como contraria al antidogmatismo característico de la Ilustración. Lo que sí podemos hacer es cultivar, enriquecer y difundir algunos de los valores y de las actitudes que realzó la Ilustración. Éstos son, en resumen, los siguientes: confianza en la razón; rechazo del mito, de la superstición y, en general, de la opinión infundada; investigación rigurosa; naturalismo, por oposición al supernaturalismo; cientificismo (enfoque científico en el estudio del mundo; utilitarismo moral (contrariamente a la moralidad dogmática); respeto por la praxis : las artesanías, profesiones e industrias; modernismo y progresivismo; respeto for el individuo y, por consiguiente, igualitarismo y autogobierno; universalismo en el conocimiento y en la moral.

Sin duda es preciso poner al día algunos de estos principios de la Ilustración. Por ejemplo, deberíamos combinar el utilitarismo y el individualismo con la solidaridad y el respeto por el bien común. Con todo, la Ilustración sigue siendo un buen punto de partida. Tanto es así, que subyace a las instituciones de los Estados liberales y socialdemócratas más exitosos del mundo. Renunciar a la Ilustración equivale a intentar volver al Medioevo.

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