DICCIONARIO DE FILOSOFíA

POR DANIEL LINK El Diccionario de Filosofía de Mario Bunge (publicado originalmente en inglés en 1999 y que recién ahora se traduce al castellano) es traicionero. Se trata (el mismo autor lo reconoce en el breve prefacio) de un “diccionario de conceptos, problemas, teorías y principios filosóficos modernos. Se limita a la filosofía occidental moderna”. Por lo demás, se trata de un libro valiente, de una valentía envidiable. Lo que uno se pregunta ante casi cada una de las definiciones de Bunge es ¿cómo se atreve? Para dicha del lector, hay que aclararlo rápidamente, Mario Bunge se atreve a todo (es atrevido). De ese atrevimiento (que muchas veces prescinde del rigor y, siempre, de la bibliografía) se deduce la segunda característica que llama la atención en este Diccionario: se trata de un libro profundamente humorístico, plagado de chistes y alegría de vivir. ¡Qué divertido debe de ser conversar con Mario Bunge!, es lo segundo que pensamos. No hay prácticamente página que no nos arranque una carcajada cómplice. Bajo la entrada “académico (trabajo)”, leemos: “Una obra intelectual de interés muy limitado, que probablemente sirve más para el progreso en la carrera de su autor que para el conocimiento humano. Cuando un número significativo de eruditos se dedica a un trabajo de este tipo, se tiene una industria (v.) académica”. Por supuesto, nos lanzamos con avidez al artículo “industria académica”, que repite el sarcasmo: “Esfuerzo intelectual para la producción de publicaciones irrelevantes. Un discurso de seudoproblemas o miniproblemas (frecuentemente tienen su origen en malosentendidos elementales) que sólo sirve para conseguir una promoción académica”. Hay que agradecerle a Mario Bunge tanta felicidad y, sobre todo, la pasión que su Diccionario manifiesta. Podrá decirse lo que se quiera de su visión de la filosofía (que es estrecha, que es fanática, que no alcanza a definir adecuadamente ciertas categorías esenciales de la filosofía moderna: la noción de “sujeto” o la de “persona”, sin ir más lejos), pero no que carece de whist apasionado y apasionante. Muy autobiográfico, este Diccionario de Bunge es también envidiable porque el autor se da el lujo de definir no tanto su marco teórico o sus postulados filosóficos sino, sobre todo, su propio vocabulario, su lengua privada. La mitad de las voces que Bunge elige definir, queda dicho, son chistes agudísimos. La otra mitad o son de una especificidad abrumadora o aparecen definidas en términos que sólo los especialistas (es decir: quienes no necesitan consultar este breve lexicon) podrían entender cabalmente. Bunge, por ejemplo, consagra espacio para censurar los “puntos suspensivos” (“no son lo suficientemente precisos en el discurso formal”), pero no, ay, para hacer lo mismo con el “psicoanálisis”. ¡Y qué delicias nos perdemos!, teniendo en cuenta lo que abomina esa disciplina. Otras abominaciones de Mario Bunge: los estudios culturales, la posmodernidad, el existencialismo (sartreano o heideggeriano), el idealismo, la lingüística chomskyana (véase el disparatado y delicioso artículo “círculo vicioso/virtuoso”), la deconstrucción (hay que señalar aquí un error de atribución grave, dado que para Bunge son cultores de esa “variedad de la hermenéutica” tanto Derrida como ¡Harold Bloom!), las religiones, la estética, la teoría crítica, la lógica de los mundos posibles, el empirismo y el racionalismo. Bajo el título “empirismo”, en efecto, leemos que “al igual que el racionalismo, el empirismo es parcialmente verdadero. La solución es el racioempirismo (v.)”. Allí vamos: “racioempirismo” es “cualquier síntesis del racionalismo (v.) moderado y del empirismo (v.) moderado. Son ejemplos las epistemologías de Aristóteles y Kant, el positivismo lógico (v.) y el realismo (v.) científico”. Conviene revisar el artículo sobre “realismo” –especialmente el realismo científico– ya que, de acuerdo con lo que se lee en el “Prefacio”, este Diccionario, “lejos de ser neutral, adopta un punto de partida naturalista y cientificista”. Sólo el “cientificismo” asociado con el “realismo” se salva del envenenado cuchillo del más reconocido de los epistemólogos argentinos. No hace falta continuar. Los detractores de Bunge –ésos que dicen que Bunge es el nombre de una avenida de Pinamar y no otra cosa– gritarán que este libro no manifiesta ni lucidez ni modestia, ni claridad expositiva, ni rigor, ni curiosidad, ni vocación de servicio, ni respeto por el punto de vista de los otros. Más importante es destacar la –poco habitual en un epistemólogo o un experto en lógica como Bunge– pasión carnavalesca a partir de la cual este Diccionario de filosofía (moderna) ha sido concebido y la defensa militante de un modo de pensar. El Diccionario de filosofía de José Ferrater Mora (inclusive en su versión abreviada) es mucho más útil que este compendio de caprichos. Pero el Diccionario racioempirista de Bunge es infinitamente más inteligente y, sobre todo, mucho más estimulante.

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