El figurón

Por Mario Bunge
Para La Nación

MONTREAL.

 FIGURON o figurona es quien hace poco más que figurar en listas de personajes, ocupar cargos sin carga y aparecer en actos públicos. No se sabe con precisión qué hace o hizo para merecer tales honores. Sólo se sospecha que, si figura, por algo será. Quizá porque alguna vez, hace mucho, hizo algo. O tal vez fue importante porque impidió hacer. Nunca se sabe a ciencia cierta. Esta ignorancia de los antecedentes del personaje no importa a la hora de hacer una lista de invitados o candidatos a cualquier cosa: a formar parte de un directorio o una comisión directiva, a completar una lista de oradores, a opinar sobre el acontecimiento del día, o simplemente a ocupar un sillón en un estrado o una silla en un banquete. Basta haber figurado alguna vez en una lista de notables, para ser candidato permanente a lo que venga.

Conocí a mis primeros figurones en el colegio secundario. Uno de ellos era un profesor de matemática que daba clase una vez sí y otra no porque tenía demasiadas chambas, como se dice en mexicano. Era director de Obras Sanitarias y profesor universitario, además de atender su estudio profesional de ingeniero. Este personaje había recibido el Premio Nacional de Cultura por haber escrito un libro sobre la teoría especial de la relatividad. Esto bastaba para distinguirlo. Lo que no se recordaba o sabía era que el libro, dedicado a demoler esa teoría, estaba errado de pe a pa.

Aquí y en el Primer Mundo

Sólo se recordaba que su autor había tenido la osadía de torearlo a Einstein. Tampoco se sabía que su texto de teoría de la elasticidad era inservible porque planteaba ecuaciones sin resolverlas. Se explica: esas ecuaciones (diferenciales no lineales) son muy difíciles. Tal vez por este motivo nadie se daba cuenta. Pero al menos este figurón no era solemne. Era muy simpático y cultivaba su fama de genio distraído faltando a menudo a clase y usando a veces calcetines de distintos colores.

Otro figurón del colegio era un profesor de literatura castellana que se había destacado por haber maltratado a Jorge Luis Borges en una revista literaria. Enseñaba tanto en el colegio como en la Facultad. Era considerado profesor serio porque jamás sonreía. Ni siquiera lo hacía cuando comentaba La Celestina o El coloquio de los perros . Era horriblemente aburrido, como cuadra a la flor del figuronado. Por consiguente, nos hacía odiar la maravillosa literatura española de los siglos XVI y XVII. Afortunadamente, algunos corregimos más tarde este error. Y todos nos acordamos de Borges. En cambio, ¿cuántos lectores habrán adivinado la identidad de su primer crítico severo?

Todos hemos tenido que lidiar con figurones. Hace muchos años tuve como colega universitario a un personaje que, como ministro de Educación de un gobierno provincial fraudulento, se había destacado por exonerar a la maestra más innovadora del país. ¿Qué mejor antecedente para ocupar una cátedra de pedagogía? Su nombre figuraba obligatoriamente en todas las listas pertinentes, porque se recordaba vagamente que había desempeñado un papel importante en la administración de la educación pública.

Otro ex colega había ganado su cátedra de filosofía por concurso pese a no haber escrito jamás un libro (¡menos mal!). Y enseñaba lógica pese a no entender siquiera el simbolismo de la lógica matemática. Jamás tuvo una idea propia, salvo la de conseguir cátedras. Pero había cultivado amigos influyentes, lo que en nuestros países cuenta mucho más que el saber. Era solemne. Y también sumiso: firmó todas las declaraciones de apoyo al gobierno peronista que le pusieron ante la nariz. Gracias a este servilismo, nunca lo echaron ni tuvo que renunciar. Y merced a semejante cúmulo de antecedentes intelectuales y morales, presidió sociedades y congresos de filosofía y fue elegido académico.

Para que no se crea que creo que los figurones sólo son posibles en el mundo subdesarrollado, mencionaré el caso de Richard Dawkins, autor del famoso libro El gen egoísta . Sus tesis centrales son dos. Una es que los genes son egoístas: se sirven del cuerpo para propagarse. La otra es que en todo somos producto del genoma con que venimos al mundo: ni el medio ni el esfuerzo propio cuentan gran cosa. El que ambas tesis hayan sido ridiculizadas repetidamente durante más dos décadas por eminentes biólogos, psicólogos y sociólogos no ha empañado el lustre de su autor. Ocupa una cátedra en Oxford, que es el equivalente académico de la canonización.

Espuma, como el chajá

Pero no se aclara que su cátedra es de divulgación científica, no de investigación. Tampoco se aclara que consiguió la cátedra por influencia de un amigo suyo que sí es un eminente investigador. Cada vez que surge un problema que suscita la curiosidad del público, se solicita la opinión de Dawkins. No hace sino figurar. ¿Se lo escucharía con el mismo fervor si enseñase en la Universidad del Riachuelo?

El figurón es pura espuma, como el chajá. Pero su grito, como el del chajá, es tan fuerte y destemplado, que nunca pasa inadvertido. Logra así lo único que se ha propuesto en la vida: que se note su presencia.

De todos modos, lo peor del figurón no es su grito, ni el que coma el grano destinado a pájaros útiles o lindos. Lo peor es que sin él no se puede emprender nada nuevo y útil en el zoológico criollo. En toda asociación, de cualquier tipo que sea, hace falta algún figurón dispuesto a ocupar un cargo de título altisonante aunque inoperante: alguien que confiera legitimidad aparente a la empresa, tan sólo porque se reconoce su nombre aunque (o porque) no se sepa por qué.

Los figurones son tan inoperantes, que ni siquiera se les ha ocurrido organizarse en una asociación profesional. Ella podría publicar un Anuario del figuronado , suerte de Almanaque Gotha del inútil ilustre. Sería una guía a la que se podría recurrir cuando se necesitase un figurón para llenar un hueco con otro

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