La censura

Por Mario Bunge
Para La Nación

 MONTREAL
EN 1947, cuando el fisiólogo argentino Bernardo A. Houssay recibió el premio Nobel en Medicina y Fisiología por sus importantes contribuciones originales, ningún diario del país llenó su primera plana con la noticia. Ésta apareció chiquita, muchísimo menor que la crónica de un gol, de un discursito político, o de un atraco. ¿Por qué? Porque Houssay era un notorio opositor del peronismo, y porque éste era (y es) indiferente a la ciencia básica. A su vez, estos motivos tuvieron peso porque la prensa argentina estaba amordazada. Leo que el gobierno chileno ha prohibido El libro negro de la justicia chilena y apresado a sus autores en nombre de la ley de seguridad interna, que prohíbe criticar a la judicatura. ¿Por qué? Porque dicho libro acusa de corrupción a jueces cómplices de la dictadura militar encabezada por el general Pinochet. En un régimen plenamente democrático, semejante publicación se hubiera celebrado, porque hubiera desencadenado un debate racional en busca de la verdad. Pero es obvio que la dictadura fascista (y sus defensores, tales como Henry Kissinger y Margaret Thatcher) sigue proyectando su sombra siniestra sobre la sociedad chilena. La búsqueda de la verdad molesta. El muerto se aferra al vivo, como se decía en una comedia francesa.

Quienes no han vivido la censura política o eclesiástica no se imaginan los efectos nocivos que ella tiene. No sólo impide el flujo de información necesaria, sino que inhibe y asusta, hasta el punto de que los periodistas, escritores, oradores y docentes practican sistemáticamente la autocensura. Es decir, se cuidan de escribir o decir lo que podría poner en peligro su libertad, su fuente de ingresos o su alma inmortal. La censura tiene además un efecto social imprevisto: el de fomentar la circulación de rumores infundados. Irónicamente, algunos de ellos son nocivos al propio gobierno.

Acaso se arguya que se necesita alguna censura para proteger la verdad. No es cierto. La verdad sólo se protege dándole la oportunidad de defenderse y difundirse. El modelo por seguir es el del autocontrol que ejerce la comunidad científica. La censura que se practica en ésta es muy diferente de la eclesiástica o la política. En primer lugar, es endocensura, no exocensura. En segundo lugar, no es censura sino más bien filtrado o control de calidad. Es un control muy severo: las revistas científicas de nivel internacional publican menos de un décimo de los artículos que reciben. La mayoría de los artículos son rechazados no porque sean malos sino porque no son suficientemente originales o porque tienen competidores aún mejores.

Problemas del subdesarrollo

Así y todo, a veces se cometen irregularidades. Unas veces un artículo es aceptado porque halaga a uno de los revisores; otras, es rechazado por ser extremadamente original; ocasionalmente, es rechazado por criticar teorías erróneamente consideradas definitivas, y a menudo se rechazan buenos artículos de autores provenientes de universidades oscuras. Hace unos veinte años, un grupo de psicólogos norteamericanos se tomó el trabajo de someter a publicación una cincuentena de artículos de científicos conocidos que habían sido publicados recientemente en revistas de primera línea. Sólo les cambiaron los títulos, los nombres de los autores y su afiliación institucional; por ejemplo, donde antes decía Harvard University, ahora decía University of North Dakota. El efecto fue desastroso: casi todos los artículos fueron rechazados. Este esnobismo explica en parte la dificultad para publicar con que se topan los científicos del Tercer Mundo.

Hoy día, el único órgano de difusión que no ejerce censura alguna es Internet. En ésta se publica tanta o más basura que artículos de buena calidad. Quien no está en condiciones de evaluar la calidad científica, técnica o literaria de un texto, corre el peligro de atiborrarse de basura cultural. Lo que es peor, el delincuente y el terrorista encuentran en Internet recetas detalladas para fabricar potentes explosivos, o direcciones donde procurarse armas de gran potencia. Y el fanático religioso da datos precisos sobre los ginecólogos que practican abortos, para convertirlos en fáciles blancos de los pistoleros de la secta.

La única censura periodística que encuentro justificable es la que se impone el propio periódico que, como el ejemplar diario francés Le Monde, se abstiene de dar detalles de crímenes (los que caen bajo la rúbrica "Hechos diversos"). Esto ocurre no sólo porque es un periódico de ideas, sino quizá también porque algunos criminales se jactan de haber "salido en el diario". Éste era por cierto el caso de los asesinos, ladrones y estafadores que, por cortesía del gobierno peronista, conocí hace casi medio siglo en el sótano de la cárcel de La Plata. Cada uno de ellos exhibía orgullosamente su currículum, consistente en la colección de recortes de las noticias periodísticas de sus delitos.

Hay otro motivo, quizá más poderoso, para abstenerse de dar detalles de crímenes, y es que el delito sensacional tiende a ser imitado. En los Estados Unidos es corriente que, inmediatamente después de cada asesinato ampliamente publicitado, ocurran crímenes calcados en él (los llamados crímenes copycat). Pero la autocensura periodística en bien de la educación pública es muy diferente de la autocensura que se practica por motivos políticos o eclesiásticos: es simplemente un caso de continencia social.

Material pornográfico

¿Qué hacer con la pornografía? Éste es un caso peliagudo por dos motivos: cómo definir el género sin cercenar la libertad artística, y averiguar qué es peor, si permitirlo o prohibirlo. No me queda espacio para discutir este problema con profundidad. Me limitaré a señalar que dos conocidas feministas académicas norteamericanas han inventado el derecho feminista. El punto fuerte de esta nueva disciplina es la tesis de que la pornografía debería prohibirse porque alienta la agresión sexual.

¿Experimentos y datos estadísticos? Si los hay, no los exhiben. En todo caso, los tribunales norteamericanos no han aceptado la tesis de marras y, por lo tanto, no la han usado para practicar la censura de material presuntamente pornográfico. Tal vez recuerden que los únicos efectos de la censura de Madame Bovary y El amante de Lady Chatterley fueron elevar la segunda novela a la gran altura de la primera y aumentar las ventas de ambas al darles publicidad.

Nihil obstat. Imprimatur.

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