Nuestras dos mentes

Por Mario Bunge
Para La Nación

 MONTREAL
Disponesmos de dos mentes. No me refiero a casos patológicos, como los de quienes sufren desdoblamiento de personalidad, ni a los de quienes han sido sometidos a una comisurotomía (corte del puente entre los dos hemisferios cerebrales). Me refiero a quienes usan la panoplia simbólica compuesta por palabras habladas, escritas o grabadas, fórmulas matemáticas, diagramas, pentagramas, dibujos, pinturas, esculturas, etcétera. Ésta podría llamarse exomente, mientras que la de dentro de la caja craneana podría llamarse endomente.

Los documentos que he leído, y los que están a mi alrededor para consulta -en mesas, estantes y computadoras-, son mi exomemoria. Son numerosos y complementan mi endomemoria, que es corta. Al igual que todo lo que logro recordar a voluntad en un momento dado, esos documentos forman parte de mi conciencia: son mi exoconciencia, de la que soy endoconsciente. (En cambio, esos documentos no son conscientes de serlo. En particular, mi computadora es inconsciente. Tanto, que no objeta los seis neologismos que acabo de inventar, y ni siquiera se queja cuando la desconecto.) Hoy damos por sentado que los seres humanos usamos símbolos de varias clases. También sabemos que el "mundo" simbólico se expande a medida que aprendemos. Esto no siempre fue así: nuestros antecesores, los homínidos que vivieron hace más de 60.000 años, no parecen haber sido animales simbólicos. Mejor dicho, su panoplia simbólica era muy circunscripta: se limitaba a ademanes, gestos, gruñidos y gritos. Todos los símbolos que usaban estaban ligados a sus cuerpos y por lo tanto eran fugaces: nuestros antepasados primitivos carecían de exomente.

Pensamiento objetivo

La exomente más o menos permanente, incorporada en utensilios, esculturas, grabados, pinturas, y más tarde en la palabra escrita, emergió hace sólo unos 30.000 años. Al emerger, permitió no sólo registrar y comunicar, sino también contemplar ideas como si fueran objetos exteriores a nosotros. Este distanciamiento debe de haber favorecido el diálogo, la crítica y el pensamiento objetivo.

Cuando leo una página que escribí hace treinta días, le encuentro errores u omisiones que me apresuro a corregir. Aún está situada en mi exomemoria a corto plazo. En cambio, cuando hojeo un libro que escribí hace treinta años, sobre un tema que ya no trabajo, lo hago como si fuera obra ajena: con serenidad. Ya pertenece a mi exomemoria a largo plazo. Ya no me pertenece.

Estamos acostumbrados a decir que buscamos y encontramos ideas en los libros. ¿Las encontramos realmente? Esto presupone que la idea ya estaba en el libro. Pero esto es imposible si las ideas son inmateriales. Y es igualmente imposible si las ideas son procesos cerebrales. En conclusión, los libros no contienen ideas.

Por consiguiente, si se extinguieran todos los seres humanos y demás vertebrados superiores, no quedarían ideas en este planeta. No quedaría ninguna, ni aun cuando se salvaran todas las bibliotecas, ya que no quedaría nadie para descifrar los signos impresos.

¿Qué pasa entonces cuando decimos que encontramos una idea en un libro? Pasa que leemos un texto que simboliza la idea. A medida que leemos el texto lo vamos interpretando conforme a las convenciones que relacionan símbolos con ideas. Estas convenciones, como todas las demás, se aprenden o se olvidan.

Más aún, algunas de esas convenciones cambian con el tiempo. De modo que un mismo texto puede ser objeto de interpretaciones diferentes en distintas épocas. Por ejemplo, hoy llamamos objeto de un discurso a lo que antes se llamaba sujeto, música a lo que denominábamos ruido, liberalismo a lo que considerábamos conservadurismo, filosofía a lo que solía desecharse como escolástica, etcétera.

Signos devaluados

Dicho de otro modo, los signos que vemos en un libro carecen de valor intrínseco y permanente: son meros representantes simbólicos, convencionales y transitorios de ideas. En esto se parecen a los billetes de banco, que representan bienes o servicios en potencia. También se parecen en que, al devaluarse o revaluarse, el billete de banco conserva su valor facial aun cuando cambie de valor real.

Por lo tanto, las bibliotecas se parecen a los tesoros de los bancos. Pero los bibliotecarios no son banqueros, ni los lectores, clientes de banco. Hago esta aclaración en previsión de que a alguien se le ocurra el disparate de afirmar que los semióticos, o especialistas en símbolos, tienen competencia para pronunciarse sobre finanzas. La aclaración es necesaria porque hay toda una escuela, la hermenéutica o semiótica general, que sostiene que los hechos sociales son signos.

¿Qué queda de la imprecación que inscribió Sarmiento en la pared de su celda: "¡Bárbaros, las ideas no se matan!"? Tomada literalmente, esta idea es correcta: las ideas no se matan porque nunca han estado vivas. Pero, desde luego, no es eso lo que quiso decir Sarmiento. Éste expresó la tesis idealista de Platón, de que las ideas son objetos eternos. Y dijo más: que los individuos pueden ser suprimidos, no así los movimientos de ideas.

La tesis de la existencia autónoma de las ideas ha sido refutada por la psicología biológica. Ésta ha encontrado que las ideas son procesos cerebrales, no entes con existencia propia. Las ideas no se matan, pero los ideadores sí pueden matarse. Esto lo saben los dictadores más sanguinarios, que no se limitan a poner ciertas ideas al margen de la ley, sino que mandan amenazar, encarcelar o asesinar a quienes las piensan. Prueban así que no creen en la doctrina platónica de las ideas. En definitiva, puesto que cada uno de nosotros tiene dos mentes, la endomente y la exomente, debemos cuidar y enriquecer los órganos respectivos: el cerebro y los artefactos culturales a nuestro alcance

Una respuesta to “Nuestras dos mentes”

  1. jose Says:

    La brillantes de la exposicion exime de palabras salvo la manifestacion de agradecimiento por sus conceptos Sr. Mario Bunge. Permitame citar su fuente.

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