Pro y contra

Por Mario Bunge
Para La Nación
 

 Casi todos los gobiernos latinoamericanos están ansiosos por firmar tratados de librecambio con los Estados Unidos. Creen que, si lo consiguen, lograrán aumentar sus exportaciones a ese gigante insaciable. Además, esto es lo que recomienda la ortodoxia económica a partir de David Ricardo, que escribió hace dos siglos. Y es sabido que la letra, cuanto más antigua, tanto más persuasiva.

Los británicos han sido los grandes campeones del librecambio durante los últimos dos siglos. Tanto es así, que se lo impusieron por la fuerza a la India. Por ejemplo, destruyeron los telares indios y, para evitar el trabajo textil "negro" (o cuentapropista), les cortaron los pulgares a los tejedores de Bengala. No era tolerable que súbditos tan primitivos les hicieran una competencia desleal a las avanzadas fábricas textiles de Manchester y Lancashire.

Años después, Su Majestad Británica provocó las Guerras del Opio con China. El objetivo era "libertar" (abrir) el mercado del opio, cuyo comercio y consumo habían sido prohibidos por el gobierno chino. Al fin y al cabo, si la libertad es el bien más preciado, hay que imponerla por la fuerza si es necesario. El propio Marx dijo que la Historia (con mayúscula) había elegido a Gran Bretaña para llevar la civilización a la India, la que se había quedado estancada en "el modo de producción asiático".

Pero hablemos en serio. ¿Funciona o no el librecambio y, en particular, el librecambio en escala global? Sin duda, en la Unión Europea funciona bien, es decir, para bien de todos sus miembros. Funciona porque es un convenio entre socios iguales de hecho o en potencia.

Durante decenios, los socios más poderosos de esta empresa, en particular Alemania y Francia, subvencionaron a los más débiles, tales como Portugal y Grecia, para que todos llegasen a estar en un pie de igualdad. (Esto no se hizo en el Mercosur, que beneficia a la Argentina y Brasil, pero no a Uruguay ni a Paraguay.) Se explica: la libertad sólo se consigue y mantiene entre iguales, así como la igualdad sólo vale entre partes libres de luchar por la igualdad.

¿Y qué ocurre con el tratado de libre comercio entre los Estados Unidos, Canadá y México? Este beneficia casi exclusivamente a las compañías norteamericanas y canadienses que comercian con sus propias sucursales mexicanas. Las demás tienen dificultades.

Inicialmente, el tratado tuvo un efecto desastroso sobre la industria canadiense, la que tardó un decenio en recuperarse. En efecto, las firmas canadienses no lograron competir con sus homólogas norteamericanas y las empresas que eran sucursales norteamericanas cerraron.

En Canadá, el efecto más destructivo fue y sigue siendo el sufrido por las industrias culturales, en particular el cine y el libro. En este terreno, la lucha por preservar el patrimonio cultural canadiense prosigue en colaboración con Francia, que está en el mismo trance.

Desigualdad agravada

Además, los norteamericanos ponen obstáculos a los exportadores canadienses de madera, cerdos y otros productos. Unas veces los acusan de ofrecer productos de mala calidad. Otras, de gozar de beneficios, como la salud pública gratuita y el seguro de desempleo, inaccesibles a los trabajadores norteamericanos. Total, que los gringos, diez veces más poderosos que los canadienses, ganan todos los pleitos.

Hasta aquí, yo. ¿Qué dicen los expertos? Veamos dos estudios recientes sobre los efectos de la liberalización económica sobre los países en desarrollo. El primero es de José Antonio Ocampo (actual secretario general de la Cepal) y Lance Taylor (de la New School for Social Research, de Nueva York) y apareció en 1998 en el prestigioso Economic Journal , que acaba de cumplir ciento diez años.

Ocampo y Taylor estudiaron la historia económica e institucional de numerosos países y comprobaron que, a corto plazo, el principal efecto de la globalización es la desindustrialización (como lo han aprendido los empresarios argentinos durante la presidencia de Carlos Menem). A mediano plazo, el principal factor de comercio exterior es una tasa de cambio estable y más bien débil (contrariamente al dogma de la convertibilidad). Y la globalización ha agravado la desigualdad de ingresos en todos los países, como lo reconoce la Conferencia de las Naciones Unidas para el Comercio y el Desarrollo.

El segundo trabajo, que está por aparecer, es de Francisco Rodríguez (Universidad de Maryland) y Dani Rodrik (Harvard), y se titula "Política de comercio y crecimiento económico". Estos autores empiezan por criticar los indicadores de apertura del mercado empleados en las investigaciones anteriores. Obviamente, estas son inválidas si aquellos indicadores no son fidedignos. Los autores encuentran que no hay una correlación, ni positiva ni negativa, entre el crecimiento económico (medido por el producto bruto interno) y el grado de apertura de los mercados (medido imperfectamente por las tarifas aduaneras).

Sin embargo, Rodríguez y Rodrik no niegan que la liberalización del comercio sea beneficiosa a la larga: los datos existentes no ponen en duda esta hipótesis. "Lo que ponemos en duda -escriben- es la opinión, cada vez más común, de que la integración en la economía mundial sea una fuerza tan potente para el crecimiento económico que pueda reemplazar efectivamente a una estrategia de desarrollo." Agrego por mi cuenta: tanto más por cuanto la economía no es el único motor del desarrollo. También deben funcionar bien la salud pública, la cultura y la política.

En resumen, la política librecambista se ha estado aplicando durante más de dos siglos sin el menor apoyo de la econometría. No ha sido sino una ideología que ha favorecido a un pequeño sector. Lo único cierto es que la libertad, sea de comercio o de cualquier otro tipo, solo es alcanzable y sostenible entre iguales. Cuando no hay igualdad, los fuertes tienden a aprovecharse de los débiles. Lo dice Perogrullo

4 comentarios to “Pro y contra”

  1. Miguel R Says:

    De acuerdo a lo que dice el maestro Bunge. QUisera complementar con la letra de una canción: “EL mundo es y seguira siendo una porqueria, ya lo vez en el siglo xvi y en el 2000 también…”

  2. carmen fernandez Says:

    Hola

    queria contarte que emigre de mi país, Argentina, hace ya mucho tiempo.
    Lo hice por considerar que para continuar en mi pais, debia convertirme en corrupta, y no estaba dispuesta a eso. Pense que era un problema de mi patria y ahora me doy cuenta que es un problema de raza, raza humana. Todo lo que decis es desgraciadamente verdad y aprecio que gente “pensante” escriba al respecto, pero tendriamos quienes podemos comenzar a escribir hacerca de respeto a uno mismo y hacia los demás y se terminarian los abusos, los que no son ocasionados por una politica economica, una religion o cuaquier otro ente que no sea el propio ser humano.

    Igual, gracias por existir, carmen

  3. hortencia Says:

    Deseo saber el correo electronico del Dr. Mario A. Bunge, o el medio por el cual puedo solicitarle la autorizacion de la impresion del libro “LA CIENCIA, SU METODO Y SU FILOSOFIA”, gracias por su colaboracion y en espera de su respuesta.

  4. Fermín Huerta Says:

    Hortencia:
    En esta página podrás encontrar los datos de contacto de la universidad donde trabaja:
    http://www.mcgill.ca/philosophy/faculty/bunge/
    Saludos.

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