El escritor y el reloj

Por Mario Bunge

Para La Nación

MONTREAL  

HAY tres clases de escritores: los que escriben con el reloj, los que escriben contra él y los que escriben sin él. Los primeros escriben metódicamente un número más o menos fijo de páginas por día; los segundos teclean apremiados por las circunstancias; y los terceros escriben cuando les da la gana.Esta clasificación es independiente de la calidad de la producción. Lope de Vega, Balzac y Trollope se guiaban rigurosamente por el reloj. Tanto como Corín Tellado, que produjo semanalmente una novela del género "sentimental-comercial", como ella misma las llamaba. Los periodistas escriben necesariamente apremiados por el reloj. El gran periodista español Pepe Ortega Spottorno los llamó obreros del minuto. (Su padre, el famoso filósofo José Ortega y Gasset, supo combinar el periodismo con la labor académica.) Pero los hay buenos, mediocres y malos. El apremio puede ser freno o acicate. Puede limitar el horizonte o la profundidad. Pero también puede obligar a la síntesis, que, al descartar el detalle, exhibe lo esencial. El que resulte lo uno o lo otro depende de la cultura y penetración del escritor. También el traductor escribe contra el reloj. Escribe a razón de tantas palabras por plato de lentejas (o garbanzos, como se diría en España). Esto explica en parte el que las traducciones suelan ser malas, a menos que sean obra de autores que ponen amor en su trabajo, o de profesionales razonablemente bien pagados (a razón de cinco centavos por hora, como en América del Norte, y no de uno o dos, como en la Argentina). Algunos escritos de circunstancias han pasado a la historia, tales como el elogio fúnebre de Pericles y el discurso de Churchill sobre "sangre, sudor y lágrimas". Y ha habido más de un editorial elocuente que ha decidido una elección o el destino de un proyecto de ley. Pero convengamos en que no se puede escribir un pasaje poético mirando el reloj. Para escribir buena poesía es necesario (aunque, por supuesto, insuficiente) estar en el estado de ánimo adecuado. Al fin y al cabo, no hay poesía auténtica sin sentimientos, y éstos no se evocan a voluntad (salvo en el caso de los grandes actores). El calendario ayuda a planear, y el reloj, a regular la producción. Pero ni uno ni otro pueden suplir la inspiración ni el oficio. En esto, el artista no se distingue del científico ni del técnico.

Del éxito al fracaso

El reloj interviene también en la etapa del pulido. Los perfeccionistas pulen y repulen. Si quedan satisfechos es porque han agostado la frescura del texto inicial: éste termina por ser tan impecable como acartonado y rebuscado. El éxito en ciernes se ha transformado en fracaso.La situación ideal del escritor respecto del reloj es ésta: mirarlo para saber cuánto tiempo le llevó escribir un texto, no para saber de cuánto tiempo dispone para escribirlo. O sea, lo ideal es usar el reloj como control y no como látigo. Los escritores profesionales de los países llamados socialistas no parecen haber necesitado relojes. Eran asalariados. Una vez escrita la obra políticamente correcta y ampliamente publicitada por el Partido, podían disfrutar de una vida burguesa. No envidiemos a los escritores asalariados: no pasan apuros, pero tampoco sufren las exquisitas angustias de la creación. Además, son recompensados por funcionarios, no por sus lectores. ¿La pasan mejor los escritores independientes que viven de su pluma o, mejor dicho, de su computadora? Sí y no. Sí, porque no escriben confinados: porque tienen libertad para escribir lo que acaso nadie publique. Que es como gozar de la libertad de morirse de hambre literaria. Los escritores independientes no la pasan mejor, porque escriben para el mercado, el que suele ser tan mal patrón como el Estado. En efecto, el mercado no suele seleccionar lo mejor sino lo que satisface al consumidor de escasa cultura. Premia sobre todo al escritor que firma contratos de edición por obras que aún no ha fabricado, no al que se desvela por encontrar la palabra justa. La industria literaria es comercialmente respetable, así como el arte literario es comercialmente insignificante. Pero esto no vale para explicar todo fracaso literario como efecto del rechazo del público ignaro. Los críticos literarios franceses saben distinguir al buen escritor que, aunque no venda, obtiene un succés d´estime .

Después de grandes fatigas

Es raro el escritor que, como Cervantes, Lope de Vega, Shakespeare, Moliére, Goldoni, Balzac y Pérez Galdós, logra escribir obras de arte accesibles al gran público y, por consiguiente, rentables. Y suele ocurrir que, cuando lo logra después de grandes fatigas y tristes miserias, queda poca arena por escurrir en su modesto reloj.Quizá los escritores que la pasan mejor son los que tienen una ocupación adicional que les asegura la subsistencia. Pienso en Anthony Trollope (director de correos), Antonio Machado (profesor), Vladimir Nabokov (catedrático), Giuseppe di Lampedusa (terrateniente), Pablo Neruda, Carlos Fuentes y Abel Posse (diplomáticos), Jorge Luis Borges (bibliotecario), Primo Levi (químico industrial) y el joven Gabriel García Márquez (periodista). Los escritores que tienen una ocupación doble están sobrecargados de trabajo, pero sólo escriben lo que quieren y cuando quieren. Compensan la esclavitud profesional con la libertad literaria.Y tienen la ventaja adicional de no quedarles tiempo para ser perfeccionistas. Al fin y al cabo, más vale diamante en bruto que granito pulido. Yo gozo del privilegio de ser periodista francotirador además de profesor. Escribo sólo cuando tengo algo que decir y, hasta ahora, me han permitido decir lo que he querido. No me siento vigilado por patrones ni lectores. Pero me afligiría, y dejaría de escribir notas periodísticas, si supiera que ninguna de ellas motiva cartas airadas al director. ¿Para qué disparar si nunca se da en el blanco? El escritor afortunado lleva el reloj en la muñeca: sólo lo consulta cuando es necesario. Los demás marcan el reloj. Pero, en definitiva, lo que importa es que la marca del reloj no quede en el texto.

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