La originalidad

Por Mario Bunge

Para La Nación  

MONTREAL

APUESTO a que nadie ha escrito antes esta ristra de signos: "¿&m#9@z%+!". Es novedosa, pero fácil de hacer. Y es inútil, salvo como ejemplo de trivialidad. No merece que se la llame original. Lo original no sólo es novedoso sino también valioso. Los que inventaron la poesía, el concepto de átomo, la idea de demostración, el motor eléctrico, la escuela, el periódico, la democracia y la cooperativa hicieron contribuciones originales. Naturalmente, la mayoría de las ideas o prácticas originales no son del fuste de las que acabo de nombrar. Casi todas pasan inadvertidas por los humildes. Pero sin ellas no sobreviviríamos, ya que la vida plantea a cada paso nuevos problemas de varios tamaños, que exigen soluciones novedosas. Además, siempre hay curiosos que inventan problemas nuevos por puro gusto. La originalidad no se cotiza en bolsa ni se enseña. No hay doctorados en originalidad. Pero toda tesis doctoral debería de contener alguna idea original. A menos que haya sido aprobada por una universidad que sólo lo es de nombre y vende diplomas en lugar de otorgarlos.

Exigencias del mercado

Con las mercancías ocurre otro tanto: el mercado exige permanentemente productos más o menos novedosos, que el técnico intenta diseñar. Pero a menos que él mismo sea un técnico, el pequeño empresario está obligado a copiar. Sólo cambia el envase. Este método es barato pero inseguro, porque los copiones abundan, de modo que la competencia es mortal. Cuando no se tienen ideas nuevas que vender hay que intentar hacer pasar las viejas por nuevas, y emprender una enérgica campaña de marketing. Es así como se impuso la New Age, que no es sino una pila de antiguas supersticiones bien envasadas y publicitadas. La mayoría de los inventos son perfeccionamientos de cosas o procesos conocidos: un nuevo teorema en una teoría conocida, una medición más precisa, un detergente menos contaminante, un programa social más eficaz, etcétera. Sólo de cuando en cuando emerge una "línea" nueva, producto de una idea mucho más original que lo común. La originalidad no se enseña, pero se puede estimular o inhibir. La buena escuela hace lo primero; la mala, lo segundo. Por ejemplo, yo reprobé un curso de literatura castellana porque no había memorizado un puñado de rimas de Bécquer. (Si se hubiera tratado de Antonio Machado, me habría esforzado.) El que hubiera compuesto una gruesa carpeta llena de poemas, cuentos y ensayos no contó. Lo que contaba en ese curso era repetir, no imaginar. Se puede y debe enseñar que lo inédito, por modesto que sea, vale más que lo imitado. También puede enseñarse que el trabajo de rutina es la metodización de lo que inicialmente fue un proceso desordenado. Y que vale más una sola idea original que un libro compuesto de citas. Pero no hay que exagerar. No es cuestión de innovar por innovar, sino de mejorar. Esto es tan obvio que a veces se olvida. Por ejemplo, se suele evaluar a los científicos por la cantidad de sus publicaciones, no por su calidad. Éste es uno de los motivos de la sobreproducción de artículos científicos mediocres. Una manera de contrarrestar esta tendencia es evitar que los investigadores sean evaluados por administradores. Todo investigador debería ser evaluado por un jurado de investigadores que entendieran del tema y estuvieran fuera de concurso. No hay reglas para producir obras de arte, como tampoco las hay para producir teorías científicas o diseños técnicos. Sin embargo, hay autores de textos de preceptiva literaria y otros manuales para hacer ideas. El autor del manual que tuve que estudiar en el colegio secundario nunca había escrito otra cosa. El profesor "flor de ceibo" que me precedió en la cátedra de epistemología en la Universidad de Buenos Aires no había escrito una tesis doctoral, pero era autor de un manual para escribir tesis doctorales publicado por una editorial universitaria.

Censura y otros males

No hay reglas para crear, pero las hay para facilitar u obstaculizar la creación artística, científica o técnica. Por ejemplo, para improvisar con éxito hay que empezar por someterse a una rigurosa disciplina; para cegar la fuente de inspiración no hay como imponer censura o exigir resultados inmediatos, y el que produce exclusivamente para el mercado (o el público) produce mercancías, no obras de arte, de ciencia o de humanidades. Es bien sabido que las contribuciones originales del Tercer Mundo a la ciencia y a la técnica son ínfimas. Este mundo es consumidor, no productor de ideas originales en esos campos. Y es consumidor minorista. ¿Por qué, siendo que en esos países hay investigadores, laboratorios y talleres, si bien en números irrisorios? Una causa principal es la falta de apoyo estatal. Los gobernantes no entienden que no se puede modernizar un país sin promover una cultura creadora. Tampoco entienden que los motores de la cultura moderna son la ciencia y la técnica.

El descansado arte de copiar

Otro problema es el de la actitud, que es imitativa antes que creadora. De aquí que a menudo se ponga al frente de un equipo de investigación a una persona que no ha hecho aportes originales, o que hizo un único aporte, su tesis, mientras trabajó un tiempo en el extranjero. ¿Qué hace el que quiere distinguirse en alguna actividad sin ser original? Copia. La copia puede ser abierta o solapada, y puede ser textual o de estilo. Algunas ocupaciones exigen que el individuo copie algo lo más fielmente posible. Otras, particularmente en la industria del conocimiento, requieren que la persona simule hacer algo nuevo. Cuando su tarea no involucra supervisión ni examen, el individuo puede imitar impunemente. A menudo lo hace sin tener conciencia de que está plagiando, porque lo viene haciendo desde la escuela memorista, y porque sus colegas hacen lo mismo y sobreviven. La originalidad es inimitable. Por esto es tan rara. Pero puede hacerse más frecuente. Esto se logra premiándola y, sobre todo, cambiando el tipo de enseñanza: cambiando la escuela autoritaria, memorista y copista por la escuela que promueve la crítica, la exploración y la puesta al día permanente

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