La obsesión racional

  ELOGIO A LA CURIOSIDAD
Por Mario Bunge
 

EN armonía con el escenario bélico europeo, en los primeros años de la década de 1940, ya se lo puede ver a Mario Bunge, con apenas veinticinco años, "combatiendo por la razón y contra el irracionalismo". Ya pueden leerse en las páginas de la revista Minerva (1944-1945), por él fundada y dirigida, una extensa colección de improperios dirigidos tanto contra filósofos como Nietzsche o Hegel como contra el positivismo comtiano o el Círculo de Viena. Cuarenta años más tarde -con más de 500 artículos y de 35 libros publicados, y con diez doctorados honoris causa-, quien lee a Bunge comprende que la tenacidad es, tal vez, su principal virtud: habiendo perfeccionado sus armas, su guerra, sin embargo, es la misma.

En su último libro, Elogio de la curiosidad , Bunge incursiona en el género periodístico, a lo largo de 35 ensayos sobre los tópicos más heterogéneos. Las impresiones de sus viajes por la India o por Turquía, su enfoque y juicio acerca del problema del feminismo o del relativismo en el conocimiento, las deficiencias en la reforma de Gorbachev, son una pequeña muestra. Pero no importa el tema, Bunge siempre encuentra la forma de ser tajante y de mostrar fidelidad incondicional a su obsesión de racionalidad científico-tecnológica. Su exigencia de claridad a cualquier precio, una virtud indudable de sus escritos, es también un magnífico indicador de los alcances del modelo de racionalidad propuesto. Simplificaciones notorias y ausencia de matices son sus resultados frecuentes.

Un correlato de la concepción bungeana del conocimiento es la apuesta por los métodos cuantitativos. Bunge sostiene que el único límite al proceso de cuantificación del conocimiento es la imaginación de los científicos. Si bien aún no han sido cuantificadas "la sensibilidad artística, la creatividad, el respeto por el prójimo, el desenfado, el honor, la vergüenza y la libertad", afirma a continuación que "es posible que estos imponderables sólo lo sean por un tiempo más". Y concluye de esta forma: "En definitiva, los románticos han perdido la batalla contra la cuantificación. Los científicos y los burócratas nos están midiendo una característica tras otra. Casi siempre para bien".

Característico del estilo polémico del filósofo argentino, en muchos de los artículos de Elogio de la curiosidad , los razonamientos son acompañados con diatribas de toda especie. Las ideas que no responden a los patrones de racionalidad de su autor son lisa y llanamente descartadas con argumentaciones que van desde la filosa ironía hasta la sugerencia de algún delito ético en los prontuarios de sus rivales. Así, puede leerse que la "oscura retórica Ôdesconstructivista´ de moda" es "una construcción del crítico literario y sedicente filósofo Jacques Derrida", o que los aforismos de Wittgenstein "son triviales". Pero sus blancos predilectos, son Heidegger, "famoso por su oscuridad, su odio a la razón y su militancia nazi", y el psicoanálisis, cuya "tarea es mucho más sencilla que la de los astrólogos, quienes tienen una visión mucho más rica de la variedad de personalidades y deben hacer uso de algunos datos astronómicos".

En el artículo dedicado al relativismo y al subjetivismo cognitivos, Bunge concede que "el relativismo tiene un grano de verdad" pues "distintos grupos sociales suelen adoptar ideologías diferentes, y éstas cambian más o menos rápidamente en el curso del tiempo", si bien "el conocimiento científico es diferente: la ciencia es universal". Aquí también, sus prolijos argumentos vienen acompañados de airadas protestas: "El subjetivismo y el relativismo obstaculizan la exploración de la realidad"; "Ojalá no sean sino modas pasajeras alentadas por la difusión del oscurantismo filosófico"; o bien, "¿Por qué no promover activamente la decadencia de la cultura moderna?".

Contrastando con el tono belicoso y polémico, en algunos artículos de la sección titulada "Gente", Bunge rememora su amistad con hombres que se destacaron en diversos campos de la cultura: el físico teórico austríaco Guido Beck -director de la tesis doctoral de Bunge- y su papel en los inicios de la física en Argentina; la carrera científica del prestigioso biólogo argentino Osvaldo Reig, quien a pesar de (o justamente por) dedicarse a la ciencia no pudo, evocando a Borges, escapar de su destino latinoamericano; o el "filósofo sereno y sonriente" José Ferrater Mora. Estos relatos no sólo aportan anécdotas y valoraciones sugerentes, también resultan claves para conocer a la persona que se oculta detrás del riguroso filósofo que las relata.

Elogio de la curiosidad es un libro inusual por la variedad y la índole de los temas abordados por Bunge. Como él mismo señala en el prólogo, puesto que "todos estos ensayos salen de la computadora de un viejo profesor, cada uno de ellos pretende enseñar algo, además de informar o divertir". En definitiva, de acuerdo o no con sus planteos, Bunge es un filósofo consecuente y con una sólida trayectoria académica, virtudes suficientes para justificar la lectura de sus obras.

Diego H. de Mendoza

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