La nobleza, hoy

  Por Mario Bunge
Para La Nación
 

 MONTREAL.- NOBLE o aristócrata solía ser el que vivía de rentas, casi siempre provenientes del cultivo o arriendo de tierras, o de botín militar. Si trabajaba era porque le gustaba, o porque le atraía el poder político, o porque quería brillar en sociedad. Pero su trabajo, a diferencia del de su siervo, arrendatario o soldado, no era manual. Más aún, el trabajo manual le estaba prohibido, a menos que se tratase de manejar el arma o de un entretenimiento improductivo. Por ejemplo, el hidalgo español de la época de Felipe II perdía sus credenciales de nobleza si, para no morirse de hambre, hacía algo útil con sus manos. Y los príncipes vietnamitas de antes dejaban que las uñas de las manos les crecieran hasta alcanzar medio metro o más, para mostrar que nada hacían con sus propias manos, ni siquiera asearse.

En mis tiempos, los únicos nobles o aristócratas que conocíamos eran terratenientes o estancieros. Se consideraban a sí mismos aristócratas aunque descendieran de pobres inmigrantes, y aunque se hubieran arruinado por desidia o derroche. En cambio, los descendientes de inmigrantes italianos, rusos o libaneses no tenían posibilidad de ser considerados caballeros o damas, por cuantiosas que fueran las fortunas que hubieran amasado. Solo contaban los apellidos llamados tradicionales.

 

Del Cid al fraude patriótico

Cuando se pedía un favor para un inútil de apellido se aclaraba que, aunque carecía de oficio y no tenía dónde caerse muerto, era "todo un caballero". Es decir, alternaba sólo entre iguales, se vestía bien aunque fuera con ropas deshilachadas, tenía buenos modales y hablaba sin usar italianismos. Si acaso había estafado, solo lo había hecho a algún proveedor "ruso" (judío) o "turco" (sirio o libanés). Tenía como atenuante un precedente famoso: la estafa del Cid Campeador al prestamista judío que había financiado sus mesnadas. (En mi colegio se comentaba este episodio como una broma propia de un gran ingenio.) Si el caballero hacía política, posiblemente se complicaba con lo que el presidente general Agustín P. Justo llamaba "fraude patriótico", que se perpetraba para asegurar la continuidad del gobierno conservador. Si para cometer fraude había que negociar la complicidad de delincuentes notorios, paciencia: no se puede engañar a la chusma sin el concurso de canallas. Todo sea por la Patria.

(Antonio Santamarina, el poderoso hacendado y político conservador, se presentó una vez en mi casa acompañado de Antonio Barceló, dueño de los votos y bajos fondos de Avellaneda. Venían a proponerle un negocio electoral a mi padre, parlamentario socialista independiente. Afortunadamente, el negocio no se hizo. Mi padre, sin fortuna ni votos cautivos, era hombre de principios.) Todo eso cambió con el peronismo. De la noche a la mañana, los aristócratas con olor a bosta, como los llamó Sarmiento, perdieron el poder político, aunque no sus privilegios económicos. Por primera vez en la historia del país hubo parlamentarios de apellidos árabes o judíos. Por primera vez valió más la astucia que el abolengo. (Pero no era la astucia del self-made man , sino del protegido por las Fuerzas Armadas.) La nueva clase política era mucho menos culta que la vieja, pero estaba cerca del pueblo, aunque lo traicionara con igual intensidad y frecuencia. Así como el conservadorismo fue sustituido por el populismo, el fraude electoral fue reemplazado por el fraude ideológico.

Pero volvamos a nuestros carneros, como se dice en gabacho. El hecho es que hoy en día la nobleza de la sangre, la que no cuesta, ya no cuenta en ninguna parte del mundo. Solo cuenta la nobleza moral. Y esta se encuentra, aunque no frecuentemente, en todas las clases sociales. Cuando la encontramos renace en uno la confianza en la humanidad.

Este fue el caso de Hernán, entrañable amigo de más de medio siglo que murió hace poco, expatriado. Este porteño era hijo de inmigrantes asturianos sin plata ni títulos, pero laboriosos y con mucha honra.

Hernán, con vocación de filósofo y sociólogo, se ganó la vida trabajando de intérprete y traductor en organizaciones internacionales. ¿Cómo describir con un solo adjetivo a quien tenía tal cúmulo de buenas cualidades? Era inteligente, curioso y culto. Pero muchas otras personas son inteligentes, curiosas y cultas. Era trabajador, prolijo y cumplidor. Pero también lo son muchos otros. Era afectuoso, solícito y comprometido. Todas esas cualidades son accesibles: se pueden adquirir o perfeccionar. Aunque admirables, no son extraordinarias. Y Hernán fue extraordinario.

 

Lo que no se hereda

Hernán no solo era inteligente, curioso y culto, trabajador, prolijo y cumplidor, afectuoso y solícito. Hernán también era íntegro y justo, leal y generoso. Era íntegro, esto es, limpio y consecuente con sus principios. Era justo: procuraba que cada cual tuviera lo suyo y despreciaba el privilegio.

Era leal, o sea, fiel para con sus parientes, amigos y empleadores, así como para con las causas que abrazaba. Y era generoso, es decir, hacía cosas por los demás: donaba su tiempo, que es el bien más valioso por ser el más escaso.

Una persona íntegra, justa, leal y generosa es digna de ser llamada noble. No se trata de nobleza de la sangre, la que no cuesta ni cuenta. La persona íntegra, justa, leal y generosa es moralmente noble. Hernán era moralmente noble, como lo era don Quijote. Y esta sí es una cualidad exaltada y extraordinaria en cualquier medio y en cualquier época.

La nobleza moral no se hereda ni se compra. Se va forjando a lo largo de la vida con un tanto de bondad natural y otro de bondad aprendida. Sí, aprendida, porque la intención no basta. Para hacer el bien hay que saber hacerlo, y esto se aprende. Pero se aprende sólo si se está dispuesto a ser útil a alguien: noblesse oblige . Que en esto, en servir sin esperar recompensa, consiste el ser buena persona. Lo que no es meramente ser incapaz de matar una mosca, condición que cumple cualquier mosca

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