Desarrollo, ¿sin ciencia, técnica ni universidad innovadoras?

Por Mario Bunge
Para La Nación

 

UN país rural con una economía de subsistencia no puede darse el lujo de sostener universidades.

En cambio, un país rural que pretenda competir en el mercado internacional necesita agrónomos y veterinarios, tanto o más que abogados y contadores. Pero, puesto que la biología usa matemática, física, química y bioquímica, semejante país necesita facultades de ciencias básicas además de facultades profesionales.

Y ¿qué decir de un país que pretenda ingresar en el siglo XXI, cuya economía suele caracterizarse como la economía del conocimiento? Es sabido que la industria contemporánea usa ingenieros y expertos en múltiples especialidades: no sólo en las ingenierías clásicas (civil y militar), sino también en metalurgia, electrotecnia, electrónica, computación, biotécnica, ingeniería humana, etcétera.

Para formar estos técnicos se necesitan no sólo otros técnicos, sino también profesores de ciencias básicas. (Por ejemplo, para obtener genes útiles hay que saber biología molecular.) Igualmente, para poder formar buenos técnicos sociales, como, por ejemplo, expertos en macroeconomía normativa, management , gestión de recursos, o derecho, se necesitan especialistas en ciencias sociales básicas, como antropología, sociología, economía, politicología e historia. Y los buenos profesores no se forman tomando cursos y acumulando diplomas profesionales, sino haciendo investigaciones originales.

Todo esto es archisabido desde hace dos siglos en los países del Primer Mundo. Por ejemplo, las llamadas grandes escuelas de Francia, dos de las cuales fueron creadas por Napoleón, forman y albergan a la mayoría de los mejores investigadores franceses en ciencias básicas y técnicas.

Desprecio por la cultura

El propio Banco Mundial reconoció en 1999 que su política cultural había sido errada por ignorar la ciencia, y prometió procurar la fundación de centros científicos de excelencia en Chile, la Argentina y Brasil. Pero, ¿de dónde habrán de salir los cerebros para poblar esos centros de investigación, si no es de universidades donde se haga investigación, es decir, universidades auténticas y no meras fábricas de diplomas? Es verdad que las universidades argentinas son de nivel modesto (para decirlo púdicamente), sobre todo desde 1966. Esto se debe en parte al desprecio de los mandalluvias por la cultura universitaria y, en particular, por las ciencias y las humanidades. Si las universidades argentinas fueran centros de investigación original, retendrían y atraerían algunos de los mejores cerebros del mundo.

Pero las universidades criollas pagan sueldos ridículos, casi todos sus laboratorios son museos de aparatos caducos o descompuestos, y sus bibliotecas dejaron de renovarse hace cuatro décadas. La mayoría de los investigadores argentinos no tiene acceso a las revistas científicas más importantes, muchas de las cuales cuestan veinte mil dólares por año. ¿Cómo asombrarse de todas estas carencias, si hace sólo pocos años un superministro de economía declaró que los científicos deberían ir a lavar platos?

Todos saben que una economía capitalista necesita innovar los productos y servicios a fin de sobrevivir a la competencia internacional. ¿Se han vuelto anticapitalistas los gobiernos argentinos? No. Simplemente, pocos políticos y economistas se han enterado del papel que desempeña el conocimiento en la economía moderna.

Los economistas que hacen economía de la información, y los expertos en management que hacen gestión de técnicas, aseguran que la economía es, en medida creciente, una economía del conocimiento, en la que la inteligencia es más valiosa que las materias primas. Esto no les interesa a los mandamás. Se conforman con una economía de la ignorancia.

La universidad argentina no se arreglará recortándole el presupuesto sino, por el contrario, aumentando sustancialmente sus recursos, para que pueda contratar cerebros creadores, becar estudiantes ansiosos por aprender, y equipar sus bibliotecas, talleres y gabinetes.

Pero esto no bastará para sacarla del estancamiento. También será necesario que aparezcan líderes culturales que, como los de principios del siglo XX, tengan una idea clara de lo que es la cultura moderna, y que sepan qué hacer con los recursos disponibles.

En particular, esos líderes tendrán que estar dispuestos a apoyar a los pocos investigadores en actividad, reemplazar gradualmente a los improductivos, y descartar a los macaneadores.

Divisiones partidarias

Para lograr todo esto es preciso multiplicar los puestos de dedicación exclusiva pagados decorosamente y concursar las cátedras. Pero para lograr concursos auténticos será preciso formar jurados en los que participen investigadores extranjeros, que no pertenezcan a "trenza" alguna. Hay un valioso precedente nacional: lo que se hizo entre 1955 y 1958 para limpiar y jerarquizar las universidades que habían sido degradadas por el primer peronismo. El resultado fue que hubo un auténtico renacimiento universitario entre 1955 y el golpe militar de 1966. Mejoró la calidad de profesores y estudiantes y hubo entusiasmo por la tarea de generar y aprender conocimiento, el combustible de la sociedad moderna. Todo eso terminó bruscamente en la "Noche de los bastones largos".

Ya no parece haber peligro de golpe militar. Lo que hay es algo no menos negativo: pasividad frente al estancamiento de lo que debería ser una catarata. Esto continuará mientras la comunidad universitaria siga dividida en partidos políticos, en lugar de dividirse en dos campos: el de los que aprenden y el de los que no.

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