Ciencias Sociales

Carina Cortassa Amadio
carinacortassa@hotmail.com
Máster CTS – Universidad de Salamanca

Mario Bunge Poco más de una hora había transcurrido desde el momento en que comenzaron a arribar los primeros participantes de "La Ciencia ante el Público", cuando el Paraninfo de la Universidad de Salamanca se vio literalmente colmado por la gran cantidad de público reunida para asistir a la Conferencia Inaugural. Manuel Calvo Hernando -una de las autoridades más sobresalientes de la comunicación pública de la ciencia en Iberoamérica y el mundo- presentó al encargado de "abrir el fuego" de esos cuatro días de reflexión e intercambio de ideas: el filósofo Mario Bunge. Autor de decenas de libros y cientos de artículos sobre fisica teórica, matemáticas aplicadas, teoría de sistemas, epistemología, semántica, ontología, axiología, ética, política de la ciencia, sería difícil resumir con precisión en estas breves líneas la trayectoria de "uno de los filósofos contemporáneos más relevantes", en palabras de Calvo Hernando.

Su disertación "Las ciencias sociales entre la hermenéutica y el economismo" ha sido, como buena parte de su pensamiento, "controvertida" en la más acendrada referencia etimológica del término: objeto de discusión y opiniones contrapuestas. (En todo caso cabría preguntarnos cuál si no ése, el señalar problemas relevantes y promover su examen racional, es uno de los cometidos de la filosofía).

Algunos de los conceptos vertidos durante su transcurso retomamos en esta conversación.

C.C: Usted se refiere a dos perspectivas en apariencia contrapuestas que durante mucho tiempo fueron hegemónicas en el campo de las ciencias sociales, la hermenéutica y el economicismo, y señaló las razones por las cuales considera que ambas comparten más de lo que sus respectivos partidarios estarían dispuestos a admitir. ¿Cómo ha afectado esta polarización teórica a la constitución y consolidación del campo de las ciencias sociales?

M.B: Bastante. De hecho ha paralizado el espíritu crítico;: los estudiantes "tragan" todo eso de forma acrítica. Pero, también lo dije, cuando se trata de hacer una investigación empírica nada de eso se usa: actualmente ambas escuelas resultan marginales, lo que puede comprobarse mediante un examen somero de las principales revista en ciencias sociales. El economicismo, la teoría de la elección racional, aparece solamente en modelos seudomatemáticos; digo "seudomatemáticos" porque las funciones de utilidad y las probabilidades subjetivas habitualmente no están bien definidas, y esto para mí es un ejemplo de seudociencia. Pero, insisto, ninguna de estas vertientes aparece de forma prominente en las principales publicaciones en ciencias sociales, con excepción de la politología.

C.C: También ha mencionado insistentemente la vaguedad, la indefinición de conceptos, la imprecisión. ¿Considera que estos problemas resultan inherentes a las ciencias sociales, o se trata de obstáculos que pueden ser superados a medida que las disciplinas sociales se consoliden? En ese caso, ¿cuál sería una posible vía de superación?

M.B: La matematización auténtica, que no consiste simplemente en escribir símbolos: esto no sirve si los símbolos no están bien definidos. Y, además, la crítica. La imprecisión conceptual es típica de los comienzos de una disciplina, pero ocurre que, por ejemplo, la microeconomía neoclásica ya tiene una existencia de 130 años y no se desarrolló…

C.C: En ese caso no podría aducirse como justificación que sea una disciplina aún en proceso de constitución…

M.B: Ha existido algún progreso matemático, pero se han olvidado de que a los modelos matemáticos hay que convalidarlos, confrontarlos con los datos empíricos, con la estadística por ejemplo; eso no ha ocurrido. Ninguno de estos teóricos parece haber tomado en cuenta trabajos experimentales como los de Kahneman y su discípulo Tversky, o muchos otros. La comprobación empírica no les interesa. Gerard Debreu, Premio Nobel de Economía hace algunos años, consideraba que la economía es una ciencia a priori simplemente porque ha sido matematizada. Entonces, puesto que ha sido matematizada, es a priori, y como tal no tendría por qué ser afectada por los datos empíricos. ¿Pero es que no sabe que la física teórica también es matemática y, sin embargo, si una teoría física no concuerda con los datos experimentales es abandonada?

C.C: Frente a esta situación, su conferencia concluyó con un alegato por una alternativa científica para las ciencias sociales. ¿En qué aspectos, epistémicos y prácticos, sería superadora la perspectiva sistémica respecto de las anteriores?

M.B: Ante todo, permite abordar problemas más interesantes, problemas que afectan a sistemas íntegros, no de manera sectorial, sino sistémica. Por ejemplo, la macroeconomía no puede concebirse desligada de la política: quienes toman decisiones macroeconómicas son políticos y lo hacen en función no solamente de la economía o de intereses de tal o cual sector económico, sino en función del partido gobernante. En segundo lugar, desde una concepción superadora, los modelos deben ser lo más precisos posibles, bien matemáticos. Y en tercer lugar, tienen que ser confrontados con la experiencia. Eso está haciéndose, aunque muy lentamente debido a obstáculos ideológicos, y filosóficos. En este momento un obstáculo muy grande es el constructivismo, el relativismo, que no cree en la existencia de una verdad objetiva. Desde luego la difusión de la hermenéutica no hace sino abonar esa perspectiva…

C.C: ¿Cuáles serían las consecuencias de políticas públicas fundadas en teorías que, desde su criterio, fracasan en captar lo social como totalidad? Es decir, ¿es posible plantear políticas para un colectivo partiendo de una base individualista metodológica?

M.B: Es que a ninguna de esas escuelas les interesan los problemas macrosociales, entonces resultan totalmente irrelevantes para el diseño de políticas económicas o sociales. Por esa razón hay que recurrir a otras, hay que cientifizar las ciencias sociales. Y alertar a la gente sobre el hecho de que, cuando se formulan políticas económicas, se lo hace casi siempre sobre la base de teorías económicas perimidas. Por ejemplo, durante muchos años la guía fue el monetarismo; yo creo que efectivamente hay que volver a Keynes como fundador de la macroeconomía científica del siglo XX, una economía que pretendía atenerse a los hechos… Hay que volver a él, pero remozarlo. De todos modos, hay algo que también debe quedar muy claro: cuando se diseñan políticas no basta el conocimiento, no bastan las ciencias sociales, hacen falta principios morales. El más básico entre ellos, el principio según el cual las políticas debieran ser justas, que procuraran disminuir la desigualdad de ingresos, dar a todo el mundo la oportunidad de trabajar. Esos no son imperativos científicos: son imperativos morales.

C.C: ¿Qué posibilidades hay de que, alguna vez, una moral racional guíe a la política?

M.B: No sé cuales son las posibilidades reales. ¿Conceptualmente es posible? Sí, desde luego…

C.C: Y prácticamente es deseable…

M.B: Sin dudas. Como se dijo esta mañana, hay que educar al político, pero no sólo en la ciencia: también hay que educarlo moralmente. Y la ciudadanía debe tener más conciencia. La política no debe ser solamente defensa de intereses creados, sino también y fundamentalmente, defensa de principios humanistas, de principios generales que propendan al bienestar común, a la protección de los valores, de la riqueza común.

C.C: Una última cuestión respecto de otro de sus temas recurrentes. Finalizado el desarrollo de la Sesión Invitada "La ciencia abierta al público", propuso a los panelistas reflexionar sobre los cursos de acción que pueden encararse desde el ámbito de la enseñanza universitaria para combatir la proliferación de la seudociencia. ¿Qué respuesta daría usted a esa pregunta?

M.B: Creo que pueden hacerse tres cosas. En primer lugar, referirnos a ellas en nuestras propias clases, porque dada una ciencia cualquiera siempre hay una seudociencia paralela: sea en economía, sociología, e incluso en física o astronomía. Hacer referencia a eso, y comparar las dos. En segundo lugar, cada vez que los Consejos Universitarios traten la posible incorporación de una asignatura seudocientífica o anticientífica hay que oponerse, dar argumentos, mostrar que eso es posmodernismo, new age, charlatanismo… Y en tercer se podrían organizar cursos especiales dedicados a la seudociencia; en la mía organizamos un curso en el que participamos 20 profesores universitarios de distintos departamentos. Cada cual expuso su "seudociencia favorita" y yo, como filósofo, me ocupé de las características comunes a todas ellas. También se puede fomentar la formación de grupos escépticos entre los estudiantes; como por ejemplo el que se acaba de constituir en McGill University por iniciativa de un estudiante de biología. De modo que sí se pueden y se deben hacer varias cosas al mismo tiempo; y, sobre todo, debemos ser mucho más activos en relación con esto.

18/11/2002

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