Quemar las naves

Por Carlos Borches (*)  Tiene fama de ser polémico, irónico y mordaz, a veces maniqueo, pero indiscutiblemente agudo e informado. Ante un concepto que no esté debidamente fundamentado, suele arremeter con una descarga verborrágica que acompaña con sus manos y la fuerza de su mirada. Nadie que no lo conozca acertaría en pensar que Mario Bunge, de él se trata, ya superó los ochenta años.

  En 1963, cuando ya era un físico formado, aunque dedicado de lleno a la filosofía de las ciencias, decidió tomar distancia de la Argentina y quedarse en los Estados Unidos.

Resulta llamativa su decisión de irse ese año, cuando la gran migración de científicos se dio en el 66.

  Yo fui un poco más vivo que algunos de mis colegas. Cuando lo obligaron a renunciar a Frondizi, para mí había suficientes indicios como para pensar que la represión era inevitable. Por ejemplo, yo iba todas las semanas a Uruguay, donde estaba dando clases, y no había vez que en el aeródromo no me revisaran los papeles buscando material subversivo. Le advertí esto a mis amigos pero ellos no me hicieron caso.

¿En esas circunstancias decide viajar a los Estados Unidos?

  Yo conocí los EE.UU. en 1958. Viajaba para un congreso de Física, pero el consulado se negaba a darme la visa por motivos políticos. Gracias a una petición de un grupo de congresistas pude finalmente ingresar y, aunque prácticamente me perdí el congreso, aproveché para viajar por varias universidades, conocer gente. Quedé encantado.

¿Y no se sentía cierta intolerancia política?

  Entrar en los EE.UU. es difícil, pero una vez que uno entra ya no se siente que lo están vigilando, como yo sentía acá. Con todos los acontecimientos políticos que se fueron dando durante 1962 me dije: “Con la primera invitación que me llegue me voy”. En febrero de 1963 me llegó una propuesta para pasar tres meses en la Universidad de Austin, en Texas, y quemé las naves: con mi mujer vendimos todo, alquilamos el departamento y me dije “aquí no vuelvo”.

Pero Ud. se fue sin un puesto en los EE.UU. ¿Cómo vivió esos tiempos de inestabilidad?

  Sentí al principio cierta inquietud, pero también debo decir que eran tiempos muy distintos a los actuales. En los Estados Unidos, por aquellos años, había mucha demanda de gente que pudiera hacerse cargo de un curso universitario de Filosofía o de Física de manera que no me fue muy difícil instalarme en ese medio.

Ante un cambio tan brusco, ¿no extrañaba las cosas que dejaba atrás?

  Yo viví en varios países y siempre me resultó fácil adaptarme. No soy de las personas que extrañan el dulce de leche.

¿Tampoco experimentó dificultades en el trato diario con sus colegas?

  No, eso fue lo mejor: ¡No tenía que soportar a los existencialistas! Recuerdo como una de las buenas cosas de los primeros años el placer que me daba tener acceso a bibliotecas completas y actualizadas.

Ya instalado en la Universidad de McGill, siguiendo los acontecimientos políticos desde lejos, ¿nunca tuvo deseos de volver?

  Es muy difícil regresar después de conocer un ambiente totalmente diferente, donde a uno lo respetan, donde no se teme que entre la policía en medio de la noche, donde hay salarios decentes, bibliotecas completísimas y revistas al día.

¿Pero mantenía contactos con la gente que estaba en la Argentina?

  Mantenía relación epistolar con amigos, colegas y ex alumnos, pero nada más que eso. Recién volví de visita en el 85, cuando el gobierno democrático ya tenía dos años. Desde Canadá la visión que se tiene de la Argentina es muy borrosa.

Ahora vuelve con cierta frecuencia por la Argentina donde tiene un público interesado que lo sigue en sus conferencias y cursos. ¿Está satisfecho con el vínculo que pudo establecer con el país?

  Sí, pero no crea que mantengo una excelente vinculación con todo el mundo académico. Hay mucha resistencia a mis ideas. Fíjese que suelo ir a Ciencias Exactas o a Ciencias Económicas, pero en el ámbito de la Filosofía hay mucha resistencia a mis ideas, allí no me invitan

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