“Lo importante es el conocimiento, no la información”

La entrevista que a continuación se transcribe fue elaborada por Martha Paz(**). Mario Bunge, como se sabe, es uno de los pensadores más relevantes en las últimas décadas que emigró desde la argentina en la década del 60 durante la dictadura de Ongania. Bunge sostiene que "es importante enseñar a estudiar por cuenta propia, a buscar por cuenta propia, a asombrarse. Decía Aristóteles que el origen de la ciencia está en el asombro, en la curiosidad. El que no se asombra por nada, nada va a investigar". Con este material queremos desde la redacción del FEMEBA Digital, contribuir al debate que abrimos durante la semana pasada con la entrevista al decano de la Facultad de Ciencias Médicas de la Universidad Nacional de La Plata, Rodolfo Hernández.

Filósofo nacido en Argentina, autor de cuarenta libros y casi quinientos artículos en una docena de lenguas, Mario Bunge estuvo en Salamanca, en mayo de este año, para ser investido como doctor Honoris Causa por la misma universidad que acogió hace cientos de años a Fray Luis de León y Francisco de Vitoria, pensadores como él por quienes, dijo, sentir mucha admiración.

Era su 15º doctorado honorario pero eso no impidió que, vestido con el tradicional traje académico, participara emocionado de la ancestral ceremonia en la que el rector y los doctores de Salamanca le impusieron el grado de doctor en Filosofía y, en latín, él jurara 'guardar los derechos y privilegios y el honor de esta Universidad y siempre ayudar, prestar apoyo y consejo, en las obras y asuntos de la misma, cuantas veces fuese requerido'.

Su discurso, sobre el cual algunos ya han dicho que debería ser lectura obligada en los gobiernos y las administraciones públicas, enfatizó en la importancia de que los países hagan inversiones en investigación básica porque, de lo contrario, 'la gallina no pondrá huevos de oro'. Advirtió que la cosecha de frutos no es inmediata pero sí determinante para una sociedad.

Crítico y contundente en sus argumentos, Mario Bunge conversó luego con nosotros. ¿El tema? Uno de moda: la sociedad de la información versus la sociedad del conocimiento. ¿El enfoque? Uno fuera de moda, es decir, a la manera de Mario Bunge, como a él le gusta, resistiéndose a todas las modas. Finalmente, él no es un filósofo a la moda.

– Pensadores y filósofos contemporáneos coinciden en decir que estamos viviendo la sociedad de la información. Otros ya hablan de la sociedad del conocimiento. ¿Cuál es la diferencia?

 

– La información en sí misma no vale nada, hay que descifrarla. Hay que transformar las señales y los mensajes auditivos, visuales o como fueren, en ideas y procesos cerebrales, lo que supone entenderlos y evaluarlos. No basta poseer un cúmulo de información. Es preciso saber si las fuentes de información son puras o contaminadas, si la información como tal es fidedigna, nueva y original, pertinente o impertinente a nuestros intereses, si es verdadera o falsa, si suscita nuevas investigaciones o es tediosa y no sirve para nada, si es puramente conceptual o artística, si nos permite diseñar actos y ejecutarlos o si nos lo impide. Mientras no se sepa todo eso, la información no es conocimiento.
Y lo que importa es el conocimiento. No tiene interés, creo yo, insistir en la información. Hay que insistir más bien en la relación que ésta tiene con el conocimiento y el poder económico y político. Hay que averiguar quiénes son los dueños de las fuentes de información y de los medios de difusión. Si la información está distribuida equitativamente, puede beneficiar a todo el mundo. Si, en cambio, está concentrada en pocas manos, va a beneficiar primordialmente, sino exclusivamente, a los dueños de esas fábricas de información.
Lamentablemente, lo que existe ahora en el mundo industrializado es una concentración creciente de los medios de información. Urge luchar contra eso. Así como en algunos países hay leyes contra el monopolio industrial y comercial, es preciso trabajar también por una legislación contra el monopolio informativo. Las leyes actuales están favoreciendo la concentración de los medios de difusión. Y eso es un peligro muy grande para la democracia porque implica alimentar a la gente con información unilateral, ocultándole la verdad, distrayéndola para mostrarle aspectos poco importantes de lo que en verdad sucede en el mundo.
Por ejemplo, se le da mayor relevancia a actos terroristas en los que mueren una o dos personas que al terrorismo constante al que se ve sujeta la gente que no tiene agua para beber. Todos los años fallecen por lo menos setenta millones de personas porque no tienen acceso a agua potable y beben agua contaminada. Hay niños que no llegan al año de edad debido a que mueren de diarrea causada por el agua contaminada. Es que el agua potable está mal distribuida, en manos de poca gente.
En general, el problema principal del mundo contemporáneo -también lo fue del antiguo- es la concentración de la riqueza y de los bienes en pocas manos. La desigualdad, un problema de siempre, un problema que sólo se podría resolver tomando medidas económicas, culturales y políticas. Hay que distribuir el poder. Y esa mejor distribución debe abarcar, entre otros aspectos, a los medios de comunicación.

– Hablar de la nueva sociedad nos lleva necesariamente a hablar de las llamadas nuevas tecnologías o tecnologías de la información. ¿Cómo han cambiado a la sociedad?

 

– Han cambiado a sólo una parte de la sociedad, a una sexta parte de la humanidad. Las cinco sextas partes restantes casi no han sido afectadas. Pero ese cambio ha sido muy profundo. La cantidad de información accesible es mucho mayor y la velocidad con que se la puede conseguir ha aumentado enormemente. Antes la gente pasaba horas o días buscando una información. Ahora puede encontrarla muy rápidamente a través de Internet.
Pero esa mayor facilidad tiene un lado negativo, que es la sobrecarga de información. Debemos ahora protegernos contra esa sobrecarga, crear filtros para que no nos llegue tanta información mala o impertinente.
Necesitamos más tiempo para reflexionar y menos para buscar información. La gente gasta demasiado tiempo mandando y leyendo 'emilios', sin necesitarlos para trabajar y sólo por seguir perteneciendo a comunidades y redes culturales.
Por eso es que yo no estoy enchufado. Me desenchufé hace muchos años. Hubo una época, hace treinta años, en que yo pasaba dos días por semana respondiendo correspondencia común y ordinaria.
Si bien uno está contento de pertenecer a una red cultural, llega un momento en que se necesita más tiempo para la reflexión. De lo contrario, ésta es superficial, demasiado rápida, sin tiempo para asimilar, criticar, sopesar. Hace falta más tiempo para ensimismarse, para reflexionar en silencio y soledad.

– ¿Lo mismo se puede decir de la sociedad de la imagen en la que estamos inmersos?

 

– Eso es mucho peor. La imagen, demasiado rápida, reemplaza al pensamiento. Y aunque se dice que una imagen vale por mil palabras, lo cierto es que queda muy poco de ella, se la olvida con facilidad. La imagen no tiene contenido conceptual. Puede suscitar ideas en algunos casos, pero es muy superficial. Porque lo que podemos ver es apenas la piel de las cosas. La mayor parte del mundo está oculta a la vista, hay que conseguirla, hay que imaginarla, hay que conjeturarla. Y la imagen nos restringe a las apariencias. La palabra puede trasmitir conceptos, algo que la imagen no puede. Y solamente con conceptos se accede a lo invisible, que es la mayor parte del universo.

– Ahora se ve a la hiperconectividad como algo positivo, como un fruto saludable de la sociedad de la información y del conocimiento. ¿Qué dice al respecto?

 

Muchas veces nos conectamos con sectores que no nos interesan. O, por lo contrario, se refuerza la relación con especialistas de la misma especialidad, lo cual cierra la posibilidad o el aliciente para conectarse con grupos que se ocupan de otras cosas. Por ejemplo, en los viejos tiempos, uno iba a la biblioteca a buscar un libro o una revista que se ocupaba de la especialidad de uno y, a los costados, se veía, sin querer, material de disciplinas anexas. Esa búsqueda o mirada a lo aledaño enriquecía la investigación propia, favorecía la formación de interdisciplinas.
Hoy día, la hiperconexión o la facilidad con que uno se conecta con los especialistas de la misma especialidad hace que uno se aísle de las demás especialidades -valga la redundancia-. Eso es lo que se ha llamado la 'balcanización de la ciencia', algo que no es bueno. Es justamente en los intersticios entre ciencias diferentes donde se encuentran novedades. La división entre disciplinas es arbitraria. Por ejemplo, ¿quiénes se ocupan de la distribución de la riqueza? Los economistas dicen: 'Eso es cuestión de los sociólogos'. Los sociólogos dicen: 'No. Puesto que se trata de riqueza, son los economistas los encargados'. Entonces, nadie se ocupaba de eso, hasta que, finalmente, algunos socioeconomistas se dieron cuenta del problema y lo estudiaron. Ahora existe la socioeconomía como nueva interdisciplina, con su propia sociedad, su propio órgano. Lo mismo pasa con la psicología y la neurociencia. Durante muchos siglos estuvieron separadas. Hoy día existe una interdisciplina llamada neurociencia cognitiva, que es la que se ocupa de investigar en el cerebro los procesos mentales, cosa que antes hacían solamente los psicólogos.
Hay que fomentar la interdisciplinariedad. Y a eso no siempre contribuye Internet. Al contrario, muchas veces dificulta la formación de interdisciplinas.

– La sociedad de la vigilancia es otra consecuencia de la tecnología de la información.

 

– Claro. Ahora pueden vigilar nuestra manera de pensar, nuestra manera de comunicarnos con otros. La información electrónica se puede captar, es accesible a la Policía. Y eso es un peligro. Coarta las libertades individuales y la formación de grupos simplemente disidentes, que no están conformes con el orden social actual.

 

– ¿Y qué opina sobre la obsolescencia de las tecnologías, que año tras año, mes a mes, e incluso día a día, cambian tanto? ¿Eso es ético? ¿Es ambiental?

 

– Hay cambios necesarios y otros que son puramente cosméticos, provocados por la industria para obligar al consumidor a comprar nuevos productos. Hace ya mucho tiempo que los automóviles tienen las mismas características. Es cierto que hubo un gran adelanto hace unos veinte años, cuando aumentó su rendimiento y disminuyó el consumo de gasolina, lo cual está bien. Pero muchas veces, los fabricantes de computadoras, por ejemplo, introducen pequeños cambios que no son esenciales. Primero, hay que comprarlos, son caros. En segundo lugar, hay que aprenderlos y el aprendizaje se vuelve costoso también. Se trata de pequeñas mejoras técnicas que no son precisamente favorables al consumidor. Lo mismo ha pasado siempre con la moda. Son adelantos cosméticos no esenciales.

– Una vez hecha esta caracterización de las tecnologías de la información y de la sociedad del conocimiento, ¿cuáles piensa usted que son los retos culturales como para que el hombre sobrelleve todo esto sin convertirse en esclavo?

 

– Principalmente, facilitar el acceso a la cultura. La enorme mayoría de la humanidad no tiene acceso a la cultura moderna, en particular a la cultura científica y técnica. No solamente no tiene, sino que en muchos países está disminuyendo el porcentaje de los jóvenes que se interesa por la ciencia y por la técnica. Las facultades de ciencia y técnica se están vaciando. Hay universidades, por ejemplo en Canadá, cuyos departamentos de física han cerrado. Siguen teniendo escuelas de ingeniería, pero no de física, lo que es ridículo porque no hay ingeniería moderna sin física y los grandes avances en ingeniería suelen ir precedidos por los grandes avances en física. A veces, eso se debe a la miopía de los administradores y otras, a la falta de vocaciones. Hay poca gente joven que se interese por la física o por la matemática. Todos quieren ganar dinero y creen que hay más porvenir en Ciencias de la Computación, Finanzas o Administración de Empresas que en Matemáticas o Física. Es un error. No hay suficientes egresados en física básica, química básica, matemáticas. Ése es el desafío.

– Le he escuchado decir que antes que formar tecnócratas debemos formar cerebros.

 

– Hay que formar cerebros porque solamente el cerebro bien formado puede, no solamente usar la técnica existente, sino mejorarla con ideas nuevas y originales gracias a su curiosidad y a que está investigando. Si se insiste con la misma información a la gente, en lugar de cultivar su curiosidad, terminará por aburrirse.
Es importante enseñar a estudiar por cuenta propia, a buscar por cuenta propia, a asombrarse. Decía Aristóteles que el origen de la ciencia está en el asombro, en la curiosidad. El que no se asombra por nada, nada va a investigar.

– ¿Qué le sugiere el analfabetismo tecnológico, es decir, aquellas personas que se resisten a…?

 

Sí, sí. Aquellas personas como yo, por ejemplo. Hace treinta años yo sabía desarmar un carburador de automóvil y arreglarlo. Eran mucho más sencillas las cosas. Hoy día, las unidades de los vehículos suelen estar selladas y no se pueden desarmar con destornillador para repararlas. Hay que llevarlas a un taller donde dicen que utilizan computadoras para diagnosticar los defectos y ubicarlos. Hace falta ser todo un ingeniero para desarmar un automóvil. Antes eso no era preciso. Entonces, los que no tenemos esa habilidad ni disponemos de tiempo necesario o, simplemente, nos aburrimos con ello, quedamos al margen y a la merced de los especialistas, lo que es bueno pero también malo porque, para corregir defectos mínimos, uno depende de expertos que nos explotan, resultando todo muy caro.

– ¿Cómo enseñar y transmitir representaciones, reglas y valores en pro de la cultura tecnológica y de la reflexión al respecto?

 

– A mí me preocupan las cinco sextas partes de la humanidad que no tienen acceso a la técnica básica. Esa gente tiene que aprender a cavar, tiene que aprender elementos de carpintería, de mecánica, de electricidad, todas las cosas que se sabía hace uno o dos siglos. Hay que empezar por ahí. Mucho después, se plantearán las nuevas tecnologías. Lo que la enorme mayoría de la gente necesita ahora es saber cosas más básicas, por ejemplo, que en cada aldea debería haber letrinas públicas. En gran parte de los países del Tercer Mundo no hay letrinas, la gente defeca al aire libre y las amebas corren entonces por el aire, la gente se infecta con sólo respirar. En muchas partes, se cree que para beber agua hay que ir a un charco o a un pequeño arroyo, cuando ya están contaminados. Hay que enseñar a la gente que hay que cavar pozos y poner bombas, no bombas eléctricas porque no hay centrales eléctricas en esos lugares, sino manuales como las que había en Argentina hace cien o menos años. Molinos, hace falta multiplicar los molinos.
Se cree que cuando hay un avance técnico, las técnicas anteriores ya no sirven y eso no es cierto, las técnicas anteriores pueden seguir sirviendo. Allí donde hay una caída de agua, se puede instalar un pequeño motor eléctrico que sirva para iluminar la casa o incluso un villorio. No hay que desechar lo viejo porque sea viejo, lo viejo puede seguir siendo útil.
Hay experimentos muy interesantes en Bangladesh. En lugar de separar a mano el grano de la paja, se puede hacer con una pequeña máquina que se acopla a una bicicleta sin ruedas y que no tiene nada más que el engranaje. Hay un banco que presta dinero, cincuenta dólares a cada cual, para instalar esos aparatos. Se trata de una técnica bancaria interesante. Préstamos a pequeña escala, respaldados por la aldea. Se hace responsable de él, no solamente quien lo contrae sino toda la aldea. Si falla esa pequeña empresa familiar, se hace cargo de la deuda el resto. Entonces, todo el mundo está interesado en que tenga éxito.
Así, las técnicas no sólo son de ingeniería, sino también sociales. No abarcan únicamente la ingeniería, sino también la administración de empresas, el derecho, la educación, el trabajo social, muchos sectores de la sociedad.

– ¿La ciencia y la tecnología son válidas para el Tercer Mundo?

 

– Claro que sí. La verdad científica no tiene fronteras, no tiene nacionalidad ni tiene sexo. Están, naturalmente, los relativistas culturales que sostienen que el conocimiento es siempre local, lo cual es absurdo. El conocimiento local es el conocimiento específico, por ejemplo, el conocimiento de ciertas peculiaridades de Salamanca, que no tienen aplicación en Bangladesh.

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