Del pensamiento a la acción

Por Mario Bunge
Para La Nación
 

MONTREAL. TODOS sabemos que del dicho al hecho hay un buen trecho. Pero ¿de qué está hecho el trecho? Y ¿cuál es el proceso o mecanismo que media entre intención y acción? Por ejemplo, ¿cómo se pasa de la decisión de asir una taza a asirla de hecho? Este es uno de los problemas más "calientes" que investiga la psicología biológica (a diferencia del psicomacaneo).

La solución de este problema no sólo enriquecería nuestra comprensión de la mente y de la acción. También tendría utilidad práctica. En efecto, si averiguamos qué pasa entre ideación y acción, acaso se sabrá qué hacer cuando un accidente interrumpe el circuito, tal como ocurre con los cuadripléjicos. O sea, se podrá diseñar una prótesis que medie entre pensamiento y movimiento, ya sea del propio cuerpo, ya de una mano electromecánica. ¿Se logrará? Ya se está haciendo.

Por supuesto, no se trata de resucitar fantasía de la telequinesia, o movimiento a distancia, de que hablan los parapsicólogos. En particular, no se trata de tocar el piano con la mera fuerza de la mente, sin que nadie ni nada toque las teclas. Se trata, en cambio, de empezar por saber cómo el cerebro del pianista controla sus manos. Esto es sabido, al menos en grandes líneas, desde hace tiempo.

Señales al cerebro

El proceso consta de cuatro etapas. En la primera, una parte de la corteza cerebral imagina el acorde. En la segunda, ese órgano manda un mensaje a los centros de intención, planificación y decisión (la corteza parietal posterior y los lóbulos frontales). En la tercera, esta oficina ejecutiva envía un mensaje a la banda motriz. En la cuarta, ésta envía una señal a la mano. Esta señal va del cerebro a la médula espinal, y de aquí a los nervios periféricos que controlan los músculos de la mano. Si la médula espinal se corta, el mensaje no se transmite y la mano no se mueve: es el drama del pianista paralítico.

El problema técnico consiste en saltar las dos últimas etapas del proceso. Es decir, en pasar directamente del centro planificador y decisor a una mano artificial. En otras palabras, el problema es diseñar una máquina que "lea pensamientos" y los traduzca a acciones ejecutables por una prótesis. En principio, el pianista paralítico tocaría el piano con sólo pensar las notas. Para lograrlo bastaría implantar en su cerebro electrodos conectados con un piano electrónico. Análogamente, el escritor paralítico escribiría con sólo ir pensando las palabras, si se conectara su cerebro con un brazo robótico acoplado a una computadora. Esto no es fantaciencia sino todo un proyecto de investigación en marcha.

Los primeros frutos de este proyecto fueron presentados a la reunión anual de la Sociedad de Neurociencias celebrado en Miami en octubre de 1999. Uno de los resultados más sensacionales fue el dispositivo presentado por John Donoghue y su equipo. Se trata de un brazo robótico conectado con la oficina ejecutiva del cerebro de un mono. El lápiz sostenido por el brazo protético iba trazando un dibujo a medida que el mono lo iba imaginando.

La psiconeuroingeniería ya no es ficción técnica, sino realidad técnica, aunque aún embrionaria. Muy pronto será también realidad industrial altamente rentable. Ya hay por lo menos una empresa, Neural Signals Inc., radicada en Atlanta y dirigida por Philip Kennedy, que fabrica neuroprótesis de un tipo radicalmente nuevo. Estas son electrodos que desprenden compuestos que promueven el crecimiento de nuevas dendritas (ramitas) neuronales.

Al implantarse en un cerebro vivo, este electrodo hace contacto con neuronas del sujeto experimental (o del paciente), y es capaz de recoger los impulsos nerviosos que se generan en su centro ejecutivo. Se sortea así el largo circuito que pasa por la espina dorsal. A un paciente de 53 años de edad, paralizado por una lesión del tallo cerebral, se le implantó uno de estos electrodos. Este está ubicado en su corteza motriz primaria, y está conectado con un cursor que se mueve sobre la pantalla de una computadora. El paciente ha aprendido a mover el cursor a voluntad, de una letra a otra. De esta manera escribe mensajes breves con sólo pensar en el cursor. El procedimiento es aún lento, pero ha sacado al paciente de su jaula motriz.

 Falsedad del dualismo

Estos avances no habrían sido posibles si los científicos involucrados en ellos no se hubieran liberado de dos mitos. El primero es la creencia de que los seres humanos no somos los parientes ricos de los monos. El segundo mito es el de la inmaterialidad de la mente. En efecto, todos esos avances presuponen que lo que vale para el cerebro simiesco quizá valga también para el humano (aunque no viceversa).

También presuponen la inexistencia del alma inmaterial, o sea, la falsedad del dualismo mente-cuerpo o psiconeural. Dicho en modo afirmativo: dichas investigaciones presuponen que los procesos mentales son procesos cerebrales. (Esta es la hipótesis del monismo psiconeural.) Por ser procesos materiales, los pensamientos son captables y controlables por medios materiales, tales como electrodos.

La moraleja es clara: si quieres contribuir al avance del conocimiento de la mente, olvida los mitos sobre ésta, e investiga el cerebro pensante, en lugar de la mente en sí misma e independiente del cuerpo. Este cambio de foco, de la mente inmaterial al cerebro que siente y piensa, explica los extraordinarios logros de la neurociencia cognoscitiva, así como los primeros frutos de la psiconeuroingeniería. Este es uno de los frutos palpables de la filosofía naturalista. ¡Y después dicen que la filosofía no sirve para nada!

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