El financista que se metió con la filosofía

Por Mario Bunge
Para La Nación

LOS financistas no suelen interesarse por la filosofía, la que a su vez tiene poco bueno que decir sobre finanzas. La gran excepción es el billonario contemporáneo George Soros, al que The Wall Street Journal ha llamado "el administrador de dinero más exitoso de nuestro tiempo". En efecto, buena parte de su reciente libro The Crisis of Global Capitalism (Open Society Endangered) está dedicada a la filosofía y, en particular, a la filosofía de la ciencia.

¿A qué se debe el interés de Soros por la filosofía? ¿Se trata de un mero entretenimiento, como lo fueron las artes para otros magnates? No. Soros atribuye su éxito crematístico a la filosofía que aprendió de Karl Popper mientras estudiaba economía en la famosa London School of Economics durante la década del 50.

Un alquimista singular

¿Cómo es esto posible? Fácil. La idea central de Popper es el falibilismo, es decir, la tesis de que todo lo humano, sea idea o institución, es falible. En otras palabras, Popper perteneció a la corriente escéptica y, por lo tanto, opuesta a todos los fundamentalismos. Uno de éstos (según Soros, no Popper) es la teoría económica dominante, o del mercado en equilibrio. Quien crea en ella no aprovechará los desequilibrios para enriquecerse como Soros.

Los financistas son alquimistas singulares: transmutan dinero en dinero. Pero, ¿cómo transmutar la filosofía, en particular el falibilismo, en dinero? Según Soros, esto se logra vigilando los actos propios y ajenos para detectar en qué fallan. Veamos.

Si descubro un error en una inversión, mía o ajena, lo corrijo, vendiendo inmediatamente las acciones correspondientes o absteniéndome de comprarlas. De este modo no sólo evito una pérdida, sino que provoco la baja de dichas acciones, las que quizá bajen por debajo de su valor real. Si esto ocurre, me apresuro a recomprarlas a bajo precio. Análogamente, si analizo una moneda y descubro que está sobrevaluada, vuelco en el mercado todo mi activo en esa moneda, y provoco su baja inmediata. Es así como Soros ha ganado (mejor dicho, hecho) miles de millones de dólares. En resumen, el error puede costar dinero, pero su detección a tiempo puede hacer una fortuna. Soros adopta también el realismo en materia de conocimiento, es decir, la tesis de que el mundo exterior al sujeto existe autónomamente. (Esta tesis se opone a los subjetivismos de todo tipo inventados por los filósofos y recalentados por los llamados posmodernos, que en realidad son premodernos.) Pero Soros también sostiene que la sociedad, a diferencia de la naturaleza, es hecha y rehecha por los seres humanos, de modo que no existe independientemente de éstos. Cada vez que hago algo deliberadamente, cambio en algo mi entorno, lo que a su vez me transforma a mí mismo. Y lo que hago depende de lo que creo, así como de los efectos que anticipo que mi acto puede tener sobre los demás. Esto es lo que Soros llama la naturaleza reflexiva de la acción humana.

La verdad de hecho consiste en la adecuación de las ideas a los hechos. Pero si éstos son actos humanos, puede ocurrir que la adecuación sea menos apropiada que el contraste. Por ejemplo, si advierto una injusticia que puedo reparar, no la tolero, sino que hago algo por rectificarla. Como dice Soros (págs. 60-61), "el efecto recíproco de lo material y de lo ideal es interesante precisamente porque no se corresponden o no se determinan entre sí. La falta de correspondencia hace que la parcialidad del participante sea una fuerza en la historia".

Cosas, no doctrinas

Ahora bien, nuestros actos pueden ser rutinarios (repetitivos) o históricos (únicos). Los primeros tienen efectos previsibles, los segundos tienen consecuencias imprevistas, a veces perversas, o sea, contrarias a las deseadas. De aquí la imperfección de todo plan a largo plazo. En asuntos sociales no se puede montar una maquinaria y esperar que funcione automáticamente con el resultado deseado.

Hay que montar maquinarias sociales (empresas privadas y públicas), pero hay que repararlas e incluso rediseñarlas en cuanto se advierta que fallan. Y esto siempre se puede hacer si se estudia la cosa en lugar de aceptar alguna doctrina de una vez por todas, como lo hacen los "fundamentalistas económicos", o teóricos del mercado en equilibrio.

La globalización de la economía ha puesto agudamente de manifiesto algo que los biólogos y médicos han sabido desde hace siglos: que la función de cada componente o aspecto de un todo depende del funcionamiento de otros componentes o aspectos de la misma totalidad. Por ejemplo, la productividad de un empleado depende de su estado de salud, y éste de la primera, ya que su salario, del que depende su nivel de vida, es función de su productividad.

Las reformas sociales

Si se reconoce la existencia de sistemas sociales, se advierte la ocurrencia de problemas sistémicos. Estos son paquetes de problemas que, precisamente por ser interdependientes, no pueden resolverse de a uno. Por este motivo, Soros critica la tesis de su maestro, Karl Popper, que preconizaba la "ingeniería social por partes" ( piecemeal ). Soros propone en cambio reformas radicales. En este punto estoy en desacuerdo: creo que las reformas sociales deberían ser graduales, aunque al mismo tiempo sistémicas. Es decir, evolución total (sistémica) en lugar de revolución parcial (por ejemplo, puramente económica, política o cultural).

Gracias, señor Soros, por meterse con la filosofía y por defender el realismo y el sistemismo. Ya no me quedan escrúpulos para seguir metiéndome con la economía

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