Mucho gusto, extrasolar

Por Mario Bunge
Para La Nación
  

MONTREAL
El problema de si estamos solos en el universo es antiguo. Lo consideraron muchos filósofos, astrónomos, biólogos, y escritores de ficción. Pero recién en el curso del último medio siglo se ha transformado en un problema científico viable.

Es decir, ahora el problema en cuestión puede investigarse con ayuda de medios científicos. Más aún, su solución se espera dentro del nuevo siglo. Quienes no somos expertos en génesis de planetas ni en emergencia de organismos a partir de materia abiótica solo podemos admirar y aplaudir desde el gallinero.

¿Por qué hubo que esperar tanto para poder tratar en forma científica el problema de si hay seres inteligentes fuera de nuestro sistema solar? Creo que principalmente por tres motivos. El primero es que la concepción del mundo naturalista y evolucionista se formó recién a partir de mediados de la Ilustración. Antes privaban el creacionismo y el fijismo concomitante.

En la concepción científica, la formación de nuevos cuerpos celestes y de materia viva no son milagros, sino hechos compatibles con las leyes naturales. En particular, ya no rige el mito vitalista según el cual los organismos se distinguen de la materia "inanimada" por poseer un "impulso vital" o "entelequia" espiritual.

El segundo motivo de la tardanza en comenzar la investigación es la dificultad de detectar cuerpos celestes carentes de luz propia y situados fuera del sistema solar. Tanto es así, que el primer planeta extrasolar fue descubierto recién en 1995. Hoy hay una cuarentena de planetas certificados, y pocos dudan de que sigan ingresando socios en el club planetario. Hay poca duda porque se conoce el mecanismo básico de la formación de planetas, que es la acreción de polvo cósmico por atracción gravitatoria. Y porque hay dos maneras de detectarlos: observando la sombra que echan sobre sus estrellas, y los movimientos de vaivén de estas.

Síntesis de células vivas

El tercer motivo de la lentitud del programa de búsqueda de vida fuera del sistema solar es que solo hacia 1930 empezaron a formularse teorías científicas plausibles sobre el origen de la vida, y solo a comienzos de la década de 1950 comenzó a explorarse la posibilidad de fabricar vida en el laboratorio por medios fisicoquímicos.

El nacimiento de la biología molecular, en 1953, le dio un fuerte empujón al programa. Desde 1970 se sabe que, dados los ingredientes básicos y las condiciones físicas necesarias, las moléculas de ácido desoxirribonucleico (ADN) y ribonucleico (ARN) se forman espontáneamente en un recipiente cualquiera. Es más, se han encontrado trazas de material hereditario de ambas clases en meteoritos y asteroides.

Estos descubrimientos han reforzado la confianza en que algún día no muy lejano puedan sintetizarse células vivas en el laboratorio. De hecho, se está trabajando activamente en este campo. Por ejemplo, la NASA tiene un departamento dedicado a este problema. Uno de sus astros es el famoso biólogo molecular catalán Juan Oró. También hay una revista científica dedicada especialmente al problema: Origin of Life .

En resumen, la cuestión de la existencia de seres inteligentes fuera de nuestro sistema solar ha dejado de ser tema de libre especulación para convertirse en un problema científico en el que están trabajando tanto astrónomos como biólogos.

Puesto que este problema todavía no ha sido resuelto, un lego como yo no tiene fundamentos para creer en la existencia de esos seres ni descreer de ella. Además, ¿qué importancia tiene el que crea o no en ella? Tal creencia solo es importante para quienes están trabajando activamente en el tema. Si no creyeran, acaso los astrónomos no habrían buscado planetas extrasolares con tanto ahínco. Ni los biólogos hubieran puesto tanta imaginación ni tantas horas de trabajo en la difícil empresa de diseñar y crear células en el laboratorio.

¿Qué puede hacer un mero filósofo frente a esta magna empresa multidisciplinaria? Tres cosas. Lo primero es no ponerle obstáculos: no afirmar dogmáticamente que la empresa es descabellada. Ni que va a triunfar necesariamente.

Escepticismo optimista

Lo segundo es ser crítico de proyectos descabellados, como el del Instituto Santa Fe, en Arizona, de crear vida artificial en seco, con programas y chips de computadora en lugar de agua, carbono, nitrógeno, etcétera. Queremos organismos auténticos, no simulacros de organismos.

Y lo tercero es no alentar un optimismo ingenuo: este es infundado, ya que, aun cuando haya seres inteligentes extrasolares, tal vez se tarde miles de años en detectarlos. Mantengamos un optimismo cauto o, si se prefiere, un escepticismo optimista.

En resumen, aún no se sabe si estamos solos en el universo. Pero algún día se sabrá. Se sabrá, a menos que se corten los subsidios necesarios para seguir investigando el problema. O a menos que se establezca un tribunal eclesiástico como el que en 1600 torturó y quemó vivo a Giordano Bruno. Este fue el filósofo renacentista que afirmó la existencia de una infinidad de mundos habitados, algunos de ellos posiblemente con sociedades más justas que las nuestras.

Ciertamente, Bruno no tenía pruebas. Pero tenía curiosidad e imaginación, sin las cuales nada se busca ni estudia. En todo caso, no le arrancaron la lengua ni lo asaron por carecer de pruebas, sino por atreverse a desafiar algunos dogmas teológicos. La astronomía y la biología lo están reivindicando.

Y aprestémonos a responder el primer mensaje inteligente proveniente de algún planeta extrasolar. Tal vez convendrá adoptar un tono humilde: "Señor/señora extrasolar: Mucho gusto. Esta es su casa. Disculpe el desorden. Todavía no nos hemos repuesto de los estragos causados por los últimos gobiernos. Si pueden darnos una ayudita sin que pase por el Fondo Monetario Internacional, se lo agradeceremos. Respetuosamente, sus servidores terráqueos.

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