Tres pensadores en uno

Por Mario Bunge
Para La Nación
 

MONTREAL
Todos los universitarios han oído hablar de Thomas S. Kuhn (1922-1996). Parecería que no se puede pasar por culto sin citarlo. De hecho, Kuhn es el más citado, aunque no necesariamente el más ieído, de todos los autores no literarios. Hasta la fecha su libro más conocido ha vendido más de un millón de ejemplares en veinte lenguas.

Sin embargo, pocos saben que Kuhn no fue uno sino trino, como diría un teólogo cristiano. Y lo peor es que el más influyente de los tres no es el que el propio Thomas hubiera querido ser, o sea, un historiador de la ciencia venerado por sus pares como lo fue, por ejemplo, George Sarton en su tiempo.

En efecto, el Kuhn popular es el de los paradigmas y desplazamientos de tales, o revoluciones científicas. Estas eran las ideas centrales (aunque oscuras) de su libro La estructura de las revoluciones científicas , que en 1962 le ganó fama de la noche al día.

Un año después lo vi ocupar el centro de la primera reunión de historiadores de la ciencia, en Filadelfia. En 1965, en Londres, volvió a atraer la atención en el simposio dedicado a Popper, y ello por dos motivos.

Uno de éstos fue que Margaret Masterman, una filósofa desconocida, expuso una ponencia clara y combativa en la que mostraba que Kuhn había metido por lo menos dos docenas de conceptos distintos en la bolsa "paradigma". Entre ellos figuraban los de cosmovisión, modelo a imitar y programa de investigación.

Kuhn aprendió esta lección. Unos años después, cuando vino a hablar a mi universidad sobre los orígenes de la teoría cuántica, un asistente le preguntó algo sobre los paradigmas, y él lo paró en seco: "Estoy harto de eso. Ahora estoy en otra cosa".

 

Controversia con Karl Popper

Al terminar su conferencia le pregunté cuál sería su próximo proyecto y me contestó que pensaba estudiar la tesis de Mary Hesse, de que las teorías científicas son modelos visualizables, como el modelo atómico de Rutherford-Bohr. Tom no tenía idea de que las teorías son sistemas de hipótesis, ni de que la teoría cuántica moderna no alienta los modelos visuales, porque se ocupa de cosas que carecen de forma propia.

El otro motivo por el cual Kuhn descolló en aquel memorable simposio de 1965 fue la resonante controversia que sostuvo con Karl Popper. El contraste entre ambos era físico, psicológico y filosófico. Kuhn era un gigantón, hablaba fuerte y fumaba un enorme habano. En cambio, Popper era menudo, hablaba bajito y odiaba el tabaco.

La incompatibilidad filosófica entre ambos no era menos obvia, pese a que Karl intentó minimizarla. Mientras Popper era racionalista, Kuhn sostenía la tesis irracionalista de que los cambios de teoría son tan irracionales como las conversiones religiosas. Sin embargo, paradójicamente, ambos concordaban en que no hace falta justificar la adopción de una teoría; en particular, los datos favorables no serían importantes. Pero volvamos a mi tesis.

Mi tesis es que hubo tres Thomas S. Kuhn en una misma persona: el historiador, el filósofo y el sociólogo de la ciencia. El primero fue ignorado o fuertemente criticado por sus colegas y no formó escuela. El segundo logró la popularidad que sabemos. Y el tercero, aunque igualmente popular, sólo existió en la imaginación de ciertos sociólogos de la ciencia: que lo consideran, junto con su amigo Paul K. Feyerabend, como el cofundador o al menos padrino de la nueva escuela en ese campo Esta escuela niega la existencia de verdades objetivas y afirma que las ideas, e incluso los hechos, son construcciones o convenciones de grupos o comunidades de investigadores. Se llaman a sí mismos constructivistas (por oposición a realistas) y relativistas (por negar la existencia de verdades universales, independientes de las circunstancias sociales).

Lo curioso es que, aunque Kuhn sostuviera que la sociedad cambia de teorías científicas como de modas sartoriales, sus trabajos históricos son tan internalistas como los tradicionales. O sea, no practicó como profesional lo que predicó en su libro más popular.

No menos curioso es que este libro fuera publicado originariamente como el último fascículo de la Encyclopedia of Unified Science , de orientación positivista. Esto es curioso porque Kuhn era netamente antipositivista. En efecto, no concedía mayor valor a los datos empíricos y creía más en la analogía que en la inducción (generalización a partir de datos empíricos).

Pero volvamos al constructivismo-relativismo.

 

Contradicciones reveladoras

Hace unos años, un periodista de Scientific American entrevistó a Kuhn y le preguntó si creía que, cada vez que cambia la cosmovisión dominante, también cambia el propio mundo. "¡Por supuesto!", contestó Tom con su vozarrón. Segunda pregunta: "¿Cree que el mundo que lo rodea existe independientemente de usted?" Respuesta: "¡Por supuesto!". Esta contradicción muestra a las claras la ingenuidad filosófica de Tom.

Hacia el final de su vida, particularmente en una conferencia que pronunció en Harvard en 1991, Kuhn se distanció explícitamente de los constructivistas, que niegan la existencia autónoma del mundo. Aunque siguió admitiendo (como toda persona razonable) que la política desempeña un rol en la vida científica, negó que éste fuese el principal.

Desgraciadamente, Tom no dijo cuáles son las motivaciones de los investigadores básicos. El gran Robert K. Merton lo dijo y con razón: son la curiosidad y el deseo de ganar prestigio. Quienes buscan poder se dedican a los negocios o a la política.

Consejo a los admiradores del triple Kuhn: decídanse a cuál de ellos venerar, porque no sólo son diferentes, sino que no armonizan entre sí. A menos, claro está, que estén dispuestos a reconocer que tampoco esta trinidad es inteligible

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