¿Me escucha, doctor?

Por Mario Bunge
Para La Nación
 

MONTREAL
UNA voz porteña me pregunta por teléfono a 10.000 kilómetros de distancia:

_¿Me escucha, doctor?
_Sí. No sólo lo escucho, sino que lo oigo.

Siento el desconcierto de mi interlocutor, transo y lo tranquilizo: _Sí, lo escucho.

Pero no me resigno a creer que los argentinos de hoy, aunque atentos escuchas, son sordos. En efecto, el verbo oír ha desaparecido del vocabulario argentino. Tal vez esto explique mucho de lo que ocurre en el país y, sobre todo, mucho de lo que no ocurre pese a que debería ocurrir.

La diferencia semántica entre los dos verbos es tan obvia como la diferencia entre los pares homólogos ver/mirar y oler / olfatear . Es la diferencia entre paciente y agente, entre no poner atención y ponerla, entre recibir información y buscarla.


Quien escucha se propone oír aunque no lo logre. Quien mira espera ver aunque no lo consiga. Quien olfatea desea oler aunque no lo alcance. Además, ocurre a veces que se oye sin haber escuchado, se ve sin haber mirado y se huele sin haber olfateado. Estas diferencias tienen raíces neurofisiológicas. En efecto, la percepción activa y la pasiva ocurren en lugares diferentes de la corteza cerebral.

Por ejemplo, el laboratorio del profesor John Gabrieli, de la Universidad de Stanford, ha localizado la pareja "oler-olfatear" mediante el método de visualización por resonancia magnética funcional ( fMRI imaging ). Resulta que se huele mediante una porción del lóbulo frontal, mientras que se olfatea mediante este mismo órgano en conjunción con una porción del lóbulo temporal.

La disociación anatómica entre las funciones pasiva y activa hace que una lesión cerebral pueda afectar una de ellas y no la otra. También puede ocurrir, paradójicamente, que quien no pueda lo más no pueda lo menos. Por ejemplo, el mencionado profesor Gabrieli y sus colaboradores sospechan que el déficit olfativo de los enfermos de Parkinson puede deberse a que son anatómicamente incapaces de olfatear. El motivo es que el acto de olfatear induce oscilaciones en el lóbulo olfatorio, las que predisponen a oler.

Este resultado demuestra una vez más la falsedad de la hipótesis tradicional de que la percepción es pasiva. Digo que una vez más porque ya se sabía que el ojo inmóvil apenas ve, como se comprueba inmovilizándolo experimentalmente.

Pero volvamos a la lengua (o idioma, como solemos decir quienes no somos lingüistas). ¿Qué sucede con el habla de los porteños? Nada que no supiéramos antes. La lengua argentina sigue evolucionando, al igual que las demás lenguas. Descarta anacronismos e incorpora neologismos. Esto está muy bien.

Lo que no está bien es utilizar impropiamente las palabras, es decir, forzarlas a denotar ideas o cosas diferentes de las convencionales. No es que los significados de las palabras sean naturales y que, por consiguiente, su uso impropio sea un acto contra natura. La asociación palabra-denotado es convencional y, precisamente por serlo, no tenemos derecho de romper arbitrariamente tal contrato implícito. (Dicho sea de paso, el conjunto de las convenciones lingüísticas es el único contrato social auténtico que conozco, aunque no lo hayamos firmado en una línea punteada.)

 

Como se cuida un jardín

Así como hay guardabosques, guardaespaldas y guardasellos, también hay guardalenguas. Estos últimos son todos los obreros de la palabra: los maestros, escritores, periodistas, correctores de pruebas y lexicógrafos. Estos son los que tienen la responsabilidad de cuidar la lengua: de corregir errores del habla y estimular su enriquecimiento, de denunciar los barbarismos y examinar las credenciales de los neologismos.

Todas las lenguas evolucionan junto con las culturas de las que forman parte, ya que el lenguaje es primordialmente un vínculo social y, en particular, un vehículo de ideas. Por lo tanto, es tan difícil impedir los cambios lingüísticos como los sociales. Incluso la Real Academia Española, antes tan conservadora, debió reconocerlo y abandonó su función de carcelera de la lengua para convertirse en su registro pasivo, lo que es necesario pero insuficiente.

La lengua no se puede legislar pero se debe cuidar como se cuida un jardín. En particular, hay que proteger las lenguas de la maleza, y muy especialmente de los neologismos innecesarios, feos o groseros. Ejemplos de anglicismos innecesarios y feos leídos recientemente en la mejor prensa escrita en español: nominado (por propuesto ), esnifado (por aspirado u olfateado ), editor (por director de diario) y esponsoreado (por auspiciado o patrocinado ). En cambio, algunos neologismos recientes son indispensables. Ejemplos: software y on line .

Por si sirve de consuelo, recordemos que incluso la lengua francesa ha sido invadida por anglicismos innecesarios. Ya el general De Gaulle tuvo que protestar por el uso de frases tales como building de grand standing (cuando lo que correspondía era b‰timent de grande catégorie ).

 

El correcto vivir

¿Y qué decir del "ameringlés", que ha reemplazado el subjuntivo por el pasado? En efecto, ya no suele decirse: If I were the President, I would do that " ("si yo fuera el presidente, haría eso"), sino If I was the President, I would do that , o sea, "si yo fui el presidente, haría eso", lo que no tiene sentido. La "mcdonaldización" (también llamada globalización) ha llegado al punto de que incluso prestigiosos escritores ingleses de Inglaterra asesinan el subjuntivo. Así se les escapa nada menos que la diferencia entre actualidad y posibilidad, entre el enunciado factual y el contrafactual.

En los aviones de pasajeros que se dirigen a los países latinoamericanos no se ofrecen cenas sino servicios de cena . Los argentinos, que desde Sarmiento tanto se precian de haber superado la barbarie, llaman ahora bárbaro lo que es inteligente, hermoso, útil o barato: en suma, lo que en mis tiempos se llamaba fenómeno . ¡Qué barbaridad! Y el porteño medio ya no tiene problemas : sólo tiene temas . ¡Qué suertudo! ¿O será resultado de un afán de suavizar los rigores de la realidad?

Se dirá que las faltas que he mencionado son menudas, sobre todo comparadas con los monstruos inventados por la propaganda bélica, tales como daño colateral (por masacre de civiles ) e insurgencia (por contraataque al invasor extranjero ). Es verdad. Pero una montaña de pecados veniales puede equivaler a un pecado mortal o, mejor dicho, mortífero.

Una lengua es un tesoro común que hemos recibido en legado y no deberíamos derrochar. Además, el hablar y escribir lo mejor que se pueda es parte de la disciplina del correcto vivir. Lo mismo que mantenerse limpio, comer sin dar asco, hablar sin ensordecer ni acaparar, ceder el asiento a las mujeres (en mis tiempos) o conducir por el lado que manda la convención.

Respetar las convenciones lingüísticas es una señal de respeto al prójimo y a uno mismo. Es una manera tácita de decir que queremos que se nos escuche y, más aún, que se nos oiga

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