El ajedrez y las industrias académicas

Por Mario Bunge
Para La Nación
 MONTREAL- EN la ex Yugoslavia, en plena guerra civil, se celebró en 1992 un torneo de ajedrez. En él participaron los dos máximos campeones de ese juego, Bobby Fischer y Boris Spassky. Entre ambos ganaron cinco millones de dólares. Esa cantidad era más que suficiente para comprar los anestésicos que faltaban en los hospitales del frente El evento no fue organizado por la Cruz Roja sino por un negociante que, al parecer, hizo un pingüe negocio.

Una cosa es jugar al ajedrez para entretenerse y otra es dar el espectáculo de jugarlo por dinero, frente a cámaras de televisión que lo llevan a centenares de millones de hogares y, para peor, a poca distancia de un campo de batalla. Esto se parece más a una macabra profanación de tumbas que al sano ejercicio de un deporte.

El ajedrez es, por cierto, un juego inocente. Sirve para pasar el rato, sobre todo en la trinchera, el hospital, el asilo de ancianos o la cárcel. (Yo lo aprendí en una cárcel peronista y lo olvidé al salir en libertad.) Los entusiastas del ajedrez suelen llamarlo “el juego-ciencia”. Sostienen que afila la mente. Pero el hecho es que ningún campeón de ajedrez parece haber hecho contribuciones notables a ninguna rama del conocimiento. Más bien, el ajedrez puede distraer del trabajo intelectual. Esto nos lo asegura en su autobiografía el gran sabio español Santiago Ramón y Cajal, que abandonó el juego al comprobar que lo estaba distrayendo de sus estudios neurocientíficos, enormemente más difíciles. Ciencias de juguete

Por cierto que el ajedrez no es la única manera agradable y pacífica de perder el tiempo. Otras son las industrias académicas, es decir, las teorías o prácticas que, aunque exigen inteligencia, no rinden conocimientos interesantes. Si el ajedrez es el juego ciencia, los ejercicios científicos intrascendentes son ciencias de juguete. Veamos algunos ejemplos.

Desde hace tres décadas todo un ejército de físicos teóricos juega a la teoría de las cuerdas, sin que hasta ahora hayan obtenido otros resultados que un cúmulo de fórmulas matemáticas complicadas que no explican ni predicen nada. El motivo de esta esterilidad es que la teoría postula que el espacio-tiempo tiene diez dimensiones en lugar de cuatro. Las seis dimensiones excedentes serían reales pero inaccesibles: estaríamos inmersos en un mundo decadimensional del que sólo veríamos una pequeña parte. O sea, nos ocurriría lo que al gusano, que, al no poder erguirse ni levantar vuelo, obra como si el mundo sólo tuviera dos dimensiones, como la superficie de una pelota.

Esta teoría impresiona porque usa una matemática potente. Pero es seudocientífica, porque postula la existencia de algo incomprobable. No es sino un juego o industria académica. Pero, a diferencia del ajedrez, que no cuesta, la teoría de cuerdas es costosa, porque a ella juegan miles de profesores, generalmente bien pagados.

En los estudios sociales campea la teoría de juegos, mediante la cual se pretende explicar cuanto ocurre y también cuanto no ocurre en la sociedad: competencia y cooperación, guerra y paz, gobierno y negocios, etcétera. En el caso más simple, la teoría consiste en suponer la existencia de dos agentes, la suerte de cada uno de los cuales depende de los actos propios y los del otro agente. Esto es bien razonable, por ser realista. La que no es realista es la suposición adicional de que el juego es simétrico, en el sentido de que ambos agentes tienen completa libertad de decisión. En el juego, cada cual puede decidir por sí mismo si ha de cooperar con el otro, o si ha de clavarlo. Esta hipótesis vale sólo entre iguales. No vale en los casos en que uno de los agentes tiene más poder que el otro, como ocurre con las parejas marido-esposa tradicional, patrón-obrero, proveedor-comerciante minorista y gran potencia-pequeña potencia. En estos casos, el agente más débil carece de libertad de elección: su contrato, si existe, es asimétrico. La vida real es otra cosa

La fantasía desborda cuando se agregan las ganancias o pérdidas esperadas de los jugadores. Este procedimiento es realista en el caso de los juegos de azar. Pero los “juegos” de la vida real no son de azar, ni podemos contabilizar hasta no haber finiquitado el negocio. Por ejemplo, en el siglo XX, en la mayoría de los casos no se ha podido predecir correctamente el resultado de las guerras. En particular, los que iniciaron las dos guerras mundiales las perdieron.

Los asuntos sociales son demasiado complicados para poder representarlos mediante una teoría tan simple como es la teoría de juegos. Ésta no es sino una industria académica. Pero también cuesta más que el ajedrez, no sólo porque en ella trabajan profesores y analistas bien pagados, sino también porque las estrategias que se elaboran a su luz (o sombra) pueden tener resultados desastrosos, incluso trágicos, en vidas y bienes.

En resumen, el ajedrez es un entretenimiento interesante e inofensivo. ¿No basta esto para admitirlo? ¿Por qué pretender que es una ciencia y que forma geniales estrategas militares, comerciales o incluso científicos, cuando de hecho quita tiempo a la reflexión sobre problemas serios? ¿Y por qué, finalmente, pervertirlo convertiéndolo en negocio? Lo mismo vale, con las debidas diferencias, para la teoría de juegos y otras industrias académicas. ¿Por qué pretender que son productivas, cuando de hecho no son sino jeux d´esprit ? ¿Y por qué pretender cobrar un salario por ejercerlas, mientras que tantos escritores, músicos y pintores pasan hambre aun cuando embellezcan la vida?

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