El lugar de Internet en la escuela

Por Mario Bunge
Para La Nación
  MONTREAL
SE dice que Internet desplazará a la escuela. La idea es que, puesto que Internet provee toda la información deseable, ya no harán falta maestros, aulas, bibliotecas, laboratorios, ni talleres. Todo será pantalla y teclado.

¡Qué maravilla! ¡Cómo deben de relamerse los estadistas neoliberales ante la perspectiva de ahorrar en instrucción pública! ¡Y qué cálculos alegres deben de estar haciendo los vendedores de computadoras! Esta curiosa profecía presupone que informar es lo mismo que formar, que se puede aprender sin motivación, que no importa el diálogo cara a cara y que la escuela no es, entre otras cosas, un taller de moral y de civismo. La profecía en cuestión sólo prueba que Internet no enseña lo más importante, que es aprender a aprender, a evaluar y a discutir racionalmente. Internet enseña que A es B, pero no pregunta qué pasaría si A no fuera B. Enseña lo que hay que hacer para lograr una finalidad dada, pero no reemplaza a la acción. Enseña que A vale más que B, pero no enseña a cuestionar el concepto mismo de valor. Nada cuestiona: es dogmática. Tampoco enseña que conviene estudiar y discutir en grupo para poder ayudarse mutuamente: es un medio individualista. Cuando un estudiante internético recurre a otro, es solamente para pedirle ayuda para resolver un problema de máquina o de programa.

Internet es estrictamente racional: apela a la corteza cerebral, y no al sistema límbico, que es el órgano de las emociones. Pero cualquier educador sabe que para aprender algo, y sobre todo para aprenderlo con alegría y no con pena, hay que estar motivado y es preciso tener alguna guía. El estudiante sin motivación ni guía “tragará” sin disfrutar y lo hará al tuntún. Nadie le dirá cómo distinguir las gemas de la basura que encontrará “navegando”, ya que Internet no tiene porteros.

 

La jerga innecesaria

Internet enseña cualquier cosa menos a usar las manos. No puede reemplazar al laboratorio ni al taller, que es donde se aprende el know-how o “saber cómo”. Éste es tan difícil de transmitir que, cuando un fabricante vende una máquina de nuevo tipo, la acompaña de un instructor. Los manuales de operaciones tienen un valor limitado, como lo sabe cualquiera que haya intentado descifrar alguno de los manuales para manejo de computadoras, usualmente escritos por analfabetos que hacen alarde de una jerga innecesariamente esotérica.

Internet no reemplaza al mentor que aconseja de palabra y con su ejemplo. No puede reemplazarlo porque no conoce las aspiraciones ni las posibilidades de su usuario. La Red no puede reemplazar al mentor porque suministra lo que se le pide, y esto no siempre es lo que se necesita. Es complaciente, en tanto que en la vida real a veces necesitamos que se nos corrija. Nos consiente en lugar de prepararnos para la lucha por la vida. Es verdad que, gracias a Internet, podemos dialogar con quienes nos plazca. Pero los elegimos o nos eligen a voluntad. En la vida tenemos que habérnoslas con interlocutores que no elegimos ni nos eligen. Para lidiar con ellos tenemos que aprender las artes del debate racional y de la negociación con individuos que no comparten necesariamente nuestros valores. La información es necesaria, pero insuficiente para estas lides. También hacen falta algo de empatía, de tolerancia y de habilidad. Algo de esto se puede aprender en el hogar, en el aula, en el patio de recreo, en la cancha, en el trabajo y dialogando a solas con uno mismo. Nada de eso se aprende mirando la pantalla.

Tampoco enseña Internet reglas de conducta. Ni siquiera enseña que los hackers son delincuentes que gozan haciendo daño, aunque no sientan otro placer que el de saberse poderosos. Las normas morales se aprenden en el hogar y en la escuela. Se las aprende en grupo, evaluando acciones concretas, y no leyendo textos de ética, en el libro o en la pantalla. En el terreno moral, Internet no reemplaza a la madre ni a la maestra.

 

Limitaciones insuperables

Nada de lo dicho quita que Internet sea un valiosísimo medio de información y comunicación, que está agilizando la búsqueda de información y el trabajo intelectual en todos los niveles, desde la mera transacción comercial hasta la demostración de teoremas. Me he limitado a señalar las limitaciones insuperables de Internet. He estado arguyendo que, si bien tiene un puesto en la escuela, no la reemplaza. La consecuencia para el director de escuela y el ministro de educación pública es obvia: destinen parte del presupuesto escolar a la adquisición de computadoras y a la suscripción a un servidor de Internet. Pero que sea sólo una pequeña parte, porque los sueldos del personal docente y el mantenimiento de edificios, laboratorios, talleres y bibliotecas tienen prioridad. No intenten imitar a las escuelas norteamericanas, que, aunque llenas de computadoras, funcionan en locales que hacen agua, obligan a profesores de educación física enseñar física, impiden a los profesores de biología que enseñen biología evolutiva y, por añadidura, temen que sus alumnos los asesinen o se maten entre sí.

En resumen, la buena escuela no se limita a informar, sino que forma: enseña a pensar y a actuar, a aprender por cuenta propia y a comportarse en sociedad. En otras palabras, transmite no sólo conocimientos sino también valores. Internet es un auxiliar valioso, pero nada más que un auxiliar. No proporciona metas ni adiestra en la evaluación de ellas. La escuela con Internet vale más que la que no la tiene, con la condición de que sus maestros sean competentes, capaces de motivar y guiar, y se los respete hasta el punto de remunerarlos justamente.

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