Enanos y gigantes del saber

MONTREAL
CUANDO George Bush padre aceptó la candidatura a la presidencia de los Estados Unidos, anunció que su visión era más clara porque había montado sobre los hombros de gigantes como Ronald Reagan. No discutamos ahora la estatura política ni moral de esos profundos pensadores. Preguntémonos en cambio de dónde un hombre sin visión, como Bush, sacó el símil del enano y el gigante.

Los físicos solemos atribuírselo a Isaac Newton, que al final de sus Principia declaró que había visto más lejos que sus predecesores por haber estado parado sobre los hombros de gigantes (tales como Arquímedes, Stevin, Galileo, Kepler, Huyghens).

Pero Newton no inventó el aforismo en cuestión. Se cree que lo aprendió en un best seller de su tiempo, la Anatomía de la melancolía (1651) de su cuasi contemporáneo, el erudito Robert Burton. (En aquella época tendía a creerse que los pensadores profundos son “melancólicos”, o sea, depresivos, como decimos hoy. Naturalmente, esta creencia resultó de una inducción apresurada.) A su vez, Burton atribuyó el aforismo en cuestión a un tal Didacus Stella, o sea, Diego Estella (1524-1588), un oscuro estudioso nacido en el pueblo español de Estella y muerto en Salamanca. ¡Qué lindo sería que un miembro del abortado Renacimiento español hubiese inspirado a Burton! Desgraciadamente, no ocurrió tal cosa.

El primero en pensar ese famoso aforismo fue Bernard de Chartres, en el siglo XII. Lo sabemos porque lo cuenta su discípulo John of Salisbury. (Éste, dicho sea de paso, fue testigo presencial del asesinato de Thomas Becket en su catedral. Afortunadamente para nosotros, John no tenía vocación de mártir: se salvó agazapándose bajo un altar.)

Esto y más lo sabemos gracias a Raymond Klibansky, el distinguido filósofo franco-germano-anglo-canadiense, que publicó su descubrimiento en 1936. (A propósito, Klibansky, que escapó justo a tiempo de la Alemania nazi a Inglaterra y luego emigró a Canadá, fue el que me invitó en 1966 a incorporarme en la Universidad McGill, donde he enseñado desde entonces.) El mismo erudito descubrió el gigante sobre cuyos hombros se habría encaramado a su vez Bernard. Fue Prisciano, el humanista y especialista en unidades de medida del siglo VI. Prisciano floreció en Constantinopla y sus textos de gramática latina fueron canónicos durante siete siglos.

Tan apreciados eran los textos de Prisciano, que en el siglo XI el obispo de Barcelona pagó una casa y un terreno por dos de ellos. Para adquirir una biblioteca como la que hoy tiene cualquier intelectual, el obispo tendría que haber vendido todo el condado de Barcelona. Pero volvamos a la idea en cuestión. Prisciano sólo había dicho que los gramáticos son tanto más perspicaces cuanto más recientes. Como sostiene Robert K. Merton, el fundador de la moderna sociología del conocimiento y otro amigo mío, Prisciano no tuvo la idea moderna de progreso cumulativo del conocimiento.

No podría haberla tenido, porque en su época era dogma el que la humanidad había rodado barranca abajo desde que había sido expulsada del Edén. La idea entonces dominante en el Occidente cristiano era que no puede haber nada nuevo bajo el Sol, a menos que sea malo. Esto no sólo lo decía la Biblia: todo parecía confirmar este dogma a partir de la decadencia del Imperio Romano.

 

A través de épocas y fronteras

La idea moderna le pertenece a Bernard, uno de los personajes de lo que se ha llamado el Renacimiento francés del siglo XII, que culminó un siglo después con Tomás de Aquino. (Pero no se crea que Bernard fue comparable a un renacentista florentino: era un fanático.) Merton rastrea estas ideas y otras emparentadas con ellas en un libro que ha sido llamado “una obra maestra de la comedia intelectual”, por combinar la erudición con un humor de estilo británico-borgiano. Este libro, On the Shoulders of Giants (“Sobre los hombros de gigantes”), es fascinante por las conexiones inesperadas que pone a la luz. Al mismo tiempo es irritante, para quien no sea un ratón de archivo, por la superabundancia de citas y metacitas.

Esta obra fue publicada originariamente en 1965, y reeditada en 1993 con un prefacio de Umberto Eco, y epílogos de Denis Donoghue y del propio Merton. (A propósito de nada, Merton cumplió noventa años, y Klibansky, noventa y cinco, y ambos, en pleno uso de sus facultades. En febrero pasado Klibansky nos reunió a un grupo de colegas en su departamento para conmemorar el cuarto centenario de la ejecución del filósofo renacentista Giordano Bruno. En cuanto a Merton, hubo semanas, este año, en que intercambié con él un fax diario. Ambos casos confirman que el trabajo intelectual mantiene joven el cerebro.) ¿A qué vienen tantos datos? A recordar que hoy, como ayer, los estudiosos productivos no son solitarios, sino que forman parte de una comunidad, la que solía llamarse República de las Letras. Este nombre no es casual: aunque sus miembros sean de estaturas diferentes, todos se tratan por igual. Y lo hacen precisamente en virtud del aforismo de Bernard: porque saben que aun el enano puede descubrir o inventar algo que no sabía el gigante.

Además, la comunidad de estudiosos atraviesa no sólo fronteras sino también épocas. Al avanzar, el conocimiento lo hace a veces a saltos y casi siempre de a poco, pero nunca en un vacío social y jamás sin raíz alguna en el pasado. De aquí la pertinencia de la historia y la sociología del conocimiento.

Es claro que cualquiera tiene derecho a ignorar estas disciplinas. Pero no por ejercerlo deja de pertenecer a una compleja red de buscadores de conocimientos que abarca períodos y regiones diferentes, y que no reconoce las diferencias de clase que dividen a la sociedad mundana. La W. W. W nacida en el curso de la última década no ha hecho sino ampliar la ya existente desde la Antigüedad

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