Utopía cientificista

SER, SABER, HACER
Por Mario Bunge

En tiempos en que el mundo académico aparece atestado de sospechas respecto de las intenciones y las cargas ideológicas que oculta toda empresa de conocimiento y los sociologistas saturan el mercado editorial con argumentos que hacen de la ciencia un dispositivo de poder político, Mario Bunge afirma con pavorosa sencillez: “Los vertebrados somos naturalmente curiosos y exploradores”. Necesitamos saber para sobrevivir, pero también hay “saberes desinteresados: hay ciencia pura, así como hay filosofía y arte por el arte”.

El filósofo argentino, profesor en el Departamento de Filosofía de la McGill University (Montréal), sostiene en Ser, saber, hacer que la filosofía está en crisis y agrega, con cierta irritación, que alrededor de este fenómeno se ha montado “toda una industria de la muerte de la filosofía”. A este panorama opone un recorrido por algunos de los aspectos centrales del sistema filosófico que ha desarrollado en los ocho tomos de su célebre Treatise on Basic Philosophy (1974-1989).

El libro reúne los textos ampliados de ocho conferencias y muestra una retórica más apacible que lo habitual en Bunge. La premisa de partida para cualquier intento de hacer filosofía, sostiene, puede sintetizarse en una afirmación: “quien pretenda hacer ontología o gnoseología modernas no podrá ignorar el A-B-C de la ciencia y de la técnica”. Quien haga, por ejemplo, filosofía de la mente no podrá ignorar la neurociencia cognoscitiva.

En la primera parte, el autor argumenta a favor de su visión del mundo, que define como materialista, dinamicista, emergentista, sistemista, cientificista y exacta, caracterización que opone “a las metafísicas más populares, que son inexactas, acientíficas, holistas o individualistas, e idealistas o dualistas”. Al respecto, en su panteón de aberraciones tienen un lugar destacado Heidegger, Kuhn, Feyerabend y la borrosa multitud de los sociologistas.

Bunge afirma que “las diferencias más obvias entre la investigación básica y la técnica son morales y sociales”. Mientras que la ciencia básica presenta las características morales que R. K. Merton expuso a comienzos de los cuarenta (universalismo, comunismo epistémico, desinterés y escepticismo organizado), en la técnica “sólo vale lo que tiene utilidad”y por esto “es necesario que la técnica sea sometida al control democrático”. Esta caracterización se extiende a las disciplinas que estudian los hechos sociales, que el autor clasifica en ciencias sociales (economía, politología o historia), “ética y políticamente neutrales”, y las disciplinas sociotécnicas (pedagogía, derecho o urbanismo), a las que les interesa controlar o reformar la sociedad y, por lo tanto, están ética y políticamente comprometidas.

Fijada la taxonomía disciplinaria, Bunge se dedica a la axiología o teoría de los valores y a la ética, entendida como filosofía moral. Entre la norma máxima de la ética kantiana, “Cumple con tu deber”, y de la ética utilitarista, “Maximiza tu utilidad”, propone una síntesis: “Goza de la vida y ayuda a vivir”. A partir de esa máxima, sumada a la consigna de la Revolución Francesa (“Libertad, igualdad, fraternidad”) y a los conocimientos de las ciencias y técnicas sociales, Bunge propone “diseñar un nuevo proyecto de sociedad”, cuyo resultado sería “un régimen de democracia integral informado por la sociotécnica”.

El libro dedica un par de secciones a discusiones ya clásicas del autor: el estatus científico de la psicología y su relación con la filosofía y la interpretación realista de la física cuántica en oposición a la interpretación de Copenhague.

Por encima de la diversidad de temas, la apuesta apasionada que Bunge sostiene desde su juventud y marca su originalidad, su obstinación y su parcial ceguera (cualidades necesarias para todo constructor de sistemas), aparece en lo que el autor llama “exactificación” de conceptos, término con el que se refiere a la tarea abrumadora de ajustar una ontología a las capacidades expresivas de los lenguajes formales. Esto implica nada menos que alcanzar definiciones satisfactorias de conceptos como los de existencia o materialidad, formalizar tesis del tipo de “todo cuanto acontece satisface por lo menos una ley (o sea, no hay milagros)” e, incluso, demostrar teoremas del estilo “Teorema 1: Todo derecho implica un deber”. En esta empresa desmesurada, donde lógica, álgebra, teoría de conjuntos y funciones se integran a la ética o la teoría de los valores, aparece la destreza deslumbrante de Bunge.

Las utopías, por definición, son realidades imaginarias. No se cumplen, al menos en un futuro cercano, pero guían, marcan un norte. El cientificismo de Bunge apunta a una sociedad utópica “que es justa y sostenible, por proteger los derechos básicos y los deberes concomitantes, por estimular el progreso en la calidad de vida, gobernarse a sí misma y ser cohesiva”. En este lugar imaginario se asume que las palabras tienen referentes inequívocos y que, por lo tanto, la hermenéutica es una patología. Como toda ficción poderosa, la filosofía de Bunge devela un aspecto crucial de la cultura occidental al mostrar con rigor y transparencia las potencialidades y los límites de la razón científica.

 

Diego H. de Mendoza

Una respuesta to “Utopía cientificista”

  1. Camilo Campana Says:

    Muy interesante el post. Por mi parte, provengo del campo de las ciencias humanas, y quizás por ello me cueste comprender algunas de los postulados que realiza Bunge. En concreto, por lo que he leído aquí y lo que he escuchado en conferencias, me cuesta comprender la distinción tajante entre ciencia y tecnología. Comparto la aseveración de Bunge, según la cual “Los vertebrados somos naturalmente curiosos y exploradores”. A ello añadarìa que una especie como la nuestra, que depende casi completamente del desarrollo cultural para adaptarse al entorno, tiene aún motivos más fuertes que la curiosidad para desear conocer el ambiente y controlarlo: es una cuestión de supervivencia. La ciencia, sin lugar a dudas, es uno de los productos más refinados (y útiles) de la cultura humana. Los comportamientos que posibilitan el desarrollo de la ciencia (digamos, por ejemplo, la curiosidad, la cooperación, la capacidad de transmitir conocimientos a través de medios exo-somáticos, y todas las habilidades sociocognitivas que posibilitan la comprensión) se encuentran presentes en nosotros porque han sido seleccionados por el ambiente; y han sido seleccionados porque han constituido ventajas adaptativas. Por supuesto que alguien, desde un punto de vista individual, podrá decir que realiza ciencia o arte como un fin en sí mismo: esto es, porque lo encuentra intrínsecamente reforzante. Pero desde un punto de vista ambiental esta explicación es incompleta. Personalmente, dudo que tanto a nivel del organismo individual (que realiza un gran gasto de energías para poder mantener un cerebro grande, capaz de hacer ciencia), como a nivel de la especie (que depende de la adaptación cultural) y a nivel de la cultura (hacer ciencia es tan complicado que no todas las culturas hacen o han hecho ciencia), pudiese sostenerse la ciencia si no es porque es considerada como un producto cultural útil y por tanto valioso. Con ello quiero señalar, simplemente, mi opinión de que la ciencia o el conocimiento poseen un fin intrínsecamente pragmático. Resulta ser que los homo sapiens somos organismos heteròtrofos que han evolucionado en el seno del ecosistema terrestre. (En un proceso de co-evolución genético/cultural). No somos seres angelicales o intelectos puros dedicados a la contemplación gozosa del espectáculo del cosmos. Es por ello que, al menos desde un punto de vista ambiental y motivacional, me cuesta creer que el científico y el técnico sean tan fácilmente distinguibles.
    Por último, me gustaría señalar que desde hace tiempo Burrhus Frederick Skinner viene insistiendo en la necesidad de derivar tecnologías del conocimiento científico, para la organización de las culturas humanas. En este sentido, Skinner llega a comparar al diseño cultural con el diseño experimental, postulando que ambos están relacionados con el control de variables. Por mi parte, considero que la utopía cientificista es al menos idealmente posible. Pero su concreción requeriría primero de un cambio en muchas de nuestras coceptualizaciones, y en los sesgos desde los cuales elaboramos nuestros constructos teóricos. Concretamente, pienso que nociones como las de sujeto cognoscente, objeto, representación y realidad, deberían estar subsumidas a nuevos conceptos tales como los de organismo, situación, aprendizaje, ambiente, respuesta adaptativa. Y, por supuesto, deberíamos ser capaces de abandonar los formalismos en ética, que nada dicen acerca del comportamiento real de la gente.

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