¿Se puede avanzar de espaldas?

Por Mario Bunge 
 

MONTREAL.- CUALQUIERA sabe que quien marcha hacia atrás corre el peligro de chocar o despeñarse. Sin embargo, esto es lo que están haciendo los gobiernos y la juventud argentinos al darles las espaldas a la ciencia y a la técnica, los dos motores de la modernidad. Al menos, así lo sugieren las estadísticas.

En la monografía Historia para el futuro (Buenos Aires, Academia Nacional de Educación, 1997), Elida L. de Guenventter ha hecho un estudio longitudinal, de 1971 a 1995, de las valoraciones y actitudes de grupos de jóvenes porteños de diecisiete a veintidós años. Les ha preguntado qué prefieren (valoración) y qué eligen (actitud) a la hora de la acción. (Por ejemplo, fulano prefiere la biología a la medicina, pero elige estudiar esta última porque no cree poder ganarse la vida como biólogo.)

 

La ciencia, desvalorizada

El principal resultado de este estudio es que los jóvenes argentinos están perdiendo la capacidad de razonar y de hacer esfuerzos por entender. Tienden a preferir lo fácil y de rendimiento inmediato a lo difícil y que sólo rinde a la larga. Las consecuencias de estos cambios de valoración y de actitud son tristes, pero no sorprenden. He aquí algunos de ellos:

·  En 1971, la ciencia y la técnica son altamente valoradas por el 52 por ciento de la población. En 1995 el porcentaje baja al 29. La decadencia de la actitud científico-técnica es aún más pronunciada: pasa del 27 al 12 por ciento.

·  La valoración religiosa sube del 10 al 22 por ciento, aunque la actitud religiosa permanece en un 5 por ciento. (Esta discrepancia sugiere un aumento del prestigio de la religión, o acaso de la hipocresía, sin aumento de la fe religiosa.)

·  La valoración económica pasa del 28 al 48 por ciento, y la actitud económica, del 28 al 62 por ciento.

En estas condiciones, ¿cómo pretender modernizar el país, en particular forjar una sociedad del conocimiento? ¿Cómo pretender crear riqueza sin conocimientos?

¿A qué se debe un cambio de valoración y de actitud tan pronunciado que equivale a un rechazo de los valores de la Ilustración? Este es un problema candente de la sociología del conocimiento. Aunque no lo he investigado científicamente, me atrevo a hacer algunas conjeturas compatibles entre sí.

·  Los gobiernos autoritarios, bajo los cuales se formaron casi todos los jóvenes encuestados, no son precisamente promotores de racionalidad ni de libre búsqueda de la verdad. Por consiguiente, no predican precisamente la libre búsqueda de la verdad ni el debate racional.

·  En años recientes, el culto del mercado, o sea, la búsqueda del éxito económico inmediato a toda costa, ha ido reemplazando a los demás valores. Es decir, la ideología mal llamada liberal (o neoliberal) ha desplazado a las ideologías progresistas o auténticamente liberales. Lo que es peor, ha promovido los valores individuales a costa de los sociales.

·  La Argentina siempre ha sido importadora antes que exportadora de ideas: sufre de desequilibrio intelectual crónico. La apertura a ideas ajenas no está mal, sino todo lo contrario. Sólo a retardatarios como Felipe II se les puede ocurrir erigir aduanas intelectuales. Lo malo es que muchas de las ideas que han venido del extranjero en decenios recientes son anticientíficas: charlacanismo (aun peor que las fantasías freudianas), estructuralismo, deconstructivismo, relativismo, New Age y otras macanas posmodernas.

·  La ciencia básica y la filosofía sobria son difíciles de trabajar en medio de una crisis económica.

¿Qué puede hacer el gobierno argentino para corregir esta deformidad? Lo que hacen otros gobiernos: fomentar la investigación y la enseñanza de las ciencias. Los países avanzados dedican alrededor del 2,5 por ciento de su producto bruto interno a la investigación en ciencias básicas y técnicas. Al día siguiente de la catástrofe financiera de 1997, Corea del Sur resolvió dedicarle el 5 por ciento, a fin de poder hacerles frente a sus competidores. En cambio, los países latinoamericanos sólo le dedican la décima parte, pese a que tienen tanto que recuperar.

 

Fomentar la investigación

Por supuesto, el dinero no basta. Sobre todo hacen falta talento y libertad para usarlo bien. Los propios científicos y técnicos deberían planear y decidir cómo gastar el presupuesto de investigación y desarrollo. De lo contrario, los políticos y burócratas lo derrocharán en planes grandiosos, papeleo o incluso cruzadas ideológicas (por ejemplo, contra la biología evolucionista, la psicología biológica o las ciencias sociales).

¿Por dónde empezar? El Banco Mundial ha tenido (¡por fin!) una iniciativa genial: ayudar a fundar centros de excelencia en algunos países del Tercer Mundo, comenzando por la Argentina, Brasil, Colombia y Chile. ƒstos serán centros de investigación básica, llamados Institutos del Milenio, constituidos por los mejores investigadores.

Para evitar el amiguismo y excluir la política, serán científicos extranjeros los que seleccionen los directores de cada instituto y controlen periódicamente su marcha. La iniciativa tiene el apoyo entusiasta no sólo del presidente del Banco Mundial sino también del presidente chileno, Eduardo Frei, y su asesor científico, el físico doctor Claudio Teitelboim.

Esperemos que este ejemplo cunda: que otros centros de investigación comprendan por fin que la organización debe seguir al talento y no al revés. Y, puesto que el talento y el dinero no abundan, hay que empezar las cosas en pequeña escala, emprendiendo proyectos de actualidad, pero realizables con medios modestos. Así comenzaron Bernardo A. Houssay y Luis F. Leloir, y así ganaron sus premios Nobel.

Todavía hay tiempo para hacer el cambio de marcha atrás a primera. Pero no mucho

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