Religión y novedad

Es sabido que las religiones son esencialmente conservadoras, porque se fundan en dogmas. Sin embargo, cada tanto ocurren novedades religiosas. En la actualidad, la más importante de ellas es el renacimiento del Islam y, en particular, de su rama radical.

Esta se llama integrista, o fundamentalista, porque se atiene a la letra del libro sagrado de los musulmanes, el Corán. Pero esta novedad se limita a una intensificación de fervor y militancia, no a la doctrina. Una religión en la que cambia algún dogma básico se convierte en una religión diferente, como ocurrió con la reforma protestante.

Las religiones, a diferencia de las ciencias y de las técnicas, son básicamente conservadoras. Cuando la gente pierde la fe en alguna religión determinada, tiene varias opciones: cambiar de religión, adoptar una vaga creencia deísta que no imponga obligaciones rituales, hacerse agnóstico o ateo, o inventar una nueva religión. Los norteamericanos, que producen de todo, fabrican nuevas religiones todos los años. Hace un siglo se conformaban con media docena, hoy ya tienen unas nueve mil registradas oficialmente.

Entretenimiento y aventuras

No se puede afirmar que este crecimiento del producto bruto religioso indique un aumento de espiritualidad, porque muchas de las nuevas iglesias son meros negocios, otras son formas de entretenimiento, y otras más son aventuras.

Entre éstas figuran los rahelitas y los devotos del Templo Solar. Los primeros afirman haber clonado a un ser humano. Pero nadie ha visto a este presunto prodigio, y en todo caso sería un producto de la biología, no algo sobrenatural. Y el Templo Solar, cuyos devotos se reunían en una casa situada a corta distancia de mi rancho en los montes Laurentides, terminaron mal. Convencidos de que, al morir, un plato volador se los llevaría a un mundo mejor se vistieron a imitación de los astronautas y se suicidaron en masa. Por supuesto que el vehículo jamás llegó.

Además de los nuevos cultos que se fabrican de tanto en tanto, a veces se registran algunos cambios en las religiones imperantes. Los católicos se han vuelto más tolerantes, al tiempo que los protestantes norteamericanos, los musulmanes, los judíos y los hinduistas se han vuelto más intolerantes, militantes y violentos. Hoy día un ateo puede dialogar con un católico esclarecido, pero no con un fanático de otras religiones.

Hace unos años tuve una experiencia interesante en una universidad de El Cairo. En medio de mi conferencia, a la que asistían 400 personas, un profesor se levantó, gritó airadamente algo en árabe, y se fue seguido por un tercio de los asistentes.

Se había enojado porque yo había afirmado que la investigación científica busca verdades nuevas, mientras que la religión se aferra a dogmas. Mi anfitrión convenció a su colega de que regresara y discutiera sus diferencias conmigo.

Mi crítico regresó el día siguiente y sostuvo que el Corán ya contiene todo lo que vale la pena saber. Al preguntarle si también contiene la física atómica, respondió que sí, pero que había que saber interpretar las suras. Nótese, de pasada, que el truco de la “interpretación” arbitraria de cualquier texto está de moda entre los llamados posmodernos.

Ciencia y religión

La relación entre la religión y la ciencia no ha cambiado: ambas siguen mirándose de reojo. Y esto porque la ciencia niega la existencia de seres sobrenaturales, de almas inmateriales e inmortales, y de ritos esotéricos para curar la salud, enderezar la conducta propia o ajena, o hacerse rico.

Sin embargo, el antiguo conflicto entre la ciencia y la religión no tiene por qué degenerar en guerra santa. De hecho, en las sociedades modernas, donde existe la separación entre Iglesia y Estado que consagra la Constitución de los Estados Unidos, la ciencia y la religión suelen ignorarse mutuamente. Además, se puede ser al mismo tiempo buen científico y creyente sincero.

Pero este compromiso se puede cumplir a condición de que no se investigue problemas tales como el origen de la vida, la naturaleza de la psiquis, o el origen y la función social de las religiones. Si se investiga cualquiera de estos problemas, hay que optar por el dogma inmutable o por la búsqueda de nuevas verdades con ajuste al método científico, el que exige pruebas empíricas.

¿Se puede ser una persona con moral sin religión? Los religiosos lo niegan, en tanto que los humanistas seculares lo afirman. Estos arguyen que los códigos morales razonables y eficaces para la vida moderna consagran valores básicos comunes a toda la gente decente hoy día: bienestar, honestidad, lealtad, solidaridad, equidad, ayuda mutua, benevolencia, convivencia, seguridad, paz, justicia, libertad, democracia, trabajo, búsqueda y difusión de la verdad, y belleza.

Nuevos y viejos valores

Algunos de estos valores fueron inventados en la antigüedad clásica; otros, los más, son modernos. La mayoría de estos últimos no figuran en las morales religiosas, las que fueron concebidas en tiempos ya idos, muy anteriores a las armas de destrucción masiva, la desocupación masiva y las corporaciones todopoderosas. Baste recordar que ninguna de las escrituras sagradas condena la guerra, la pena de muerte, la tortura, la esclavitud, la servidumbre, ni la privación de la libertad de conciencia o de palabra.

Sin embargo, aun cuando la moral secular contemporánea difiere bastante de las morales religiosas, todas ellas tienen algo en común. Este es el precepto llamado “Regla de Oro”. En forma negativa esta norma moral dice: No hagas a los demás lo que no quieres que te hagan a tí. Y en forma positiva afirma: Haz a los demás lo que quieres que te hagan a ti.

Se cuenta de un famoso rabino que, cuando un colega le pidió que resumiera su credo parado en una sola pierna, se puso de pie en una pierna y dijo: “La Regla de Oro. Lo demás es comentario”. Amén.

En definitiva, en materia de religión solemos ser de opiniones variadas e inflexibles. Pero cuando se trata de nuestra conducta para con el prójimo, todas las personas de buena voluntad están de acuerdo en que hay que vivir y ayudar a vivir.

Por Mario Bunge

4 comentarios to “Religión y novedad”

  1. xuaco Says:

    todas las religiones hablan de dios y del amor de dios y del amor a dios. Pero sólo una, que yo conozca habla del amor al enemigo,y eso lo hace un tal Jesús. Por supuesto que condena la violencia,en el momento más violento de su vida, cuando Pedro, que era, un aguerrido Zelote ,es frenado con la frase ,el que a hierro mata a hierro muere
    Respecto a la esclavitud, el cristianismo primitivo desestabiliza al imperio romano,por la fraternidad que va tejiendo donde la esclavitud va siendo erradicada. Finalmente Jesús tiene discípulas,cosa que no hace ningún otro líder religioso y para colmo son las testigos,sin testículos, de la resurrección , para que parezca más difícil tdavía el creer, pues la mujer no puede ser testigo creible ante nadie ,ni de nada. No se aferra a nada dogmático por eso lo asesinan.

  2. Enrique Campitelli Says:

    No hay conflicto entre LA ciencia y LA religión. La ciencia es una religión más, entre tantas. Su credo es el de los Jonios: Todo lo que ocurre y todo lo que existe tiene una explicación. Si no se la conoce ahora, algún día se la conocerá, esfuerzo mediante. Para decir esto es necesaria la fe, que es la característica de una religión.

  3. Fermín Huerta Says:

    Enrique:

    Veo que el enlace de tu nombre lleva a un curso sobre óptica astronómica, ¿en que esta basado, en la Biblia o en la Física actual? ¿Cuándo diste el curso mezclaste citas al evangelio de San Juan con referencias a la óptica cuántica? ¿A quien rezas, a Santa Lucia o a San Fotón?
    Un saludo.

  4. Camilo Campana Says:

    Las prácticas religiosas llevan siglos de ventaja sobre otros modos de organización y regulación social, y es lógico suponer que ciertos estados anímicos y emociones relacionados a la religiosidad hayan sido seleccionados por el ambiente. En este sentido, considero que los humanistas seculares son a veces un poco ingenuos: porque descuidan sistemáticamente los medios a través de los cuales las religiones inducen a sus feligreses a comportarse del modo en que lo hacen, o al menos a adoptar determinados criterios éticos, y estrategias de resolución de problemas. A veces me parece que los humanistas seculares apelan demasiado a la obscura noción de buena voluntad, sin dar mucha consideración a los motivos que pueden llevar a una persona a comportarse de determinado modo. Por ejemplo, podemos críticamente preguntarnos: las instituciones laicas, ¿fomentan realmente la regla de oro? ¿Y recompensan debidamente a los individuos que se muestran propensos a comportarse según este precepto? ¿Enseñan a los niños historias donde paradigmáticamente alguien aplica los preceptos de la regla de oro a circunstancias especificas, pero lo suficientemente maleables como para ser guías en otras circunstancias? ¿Proveen de códigos morales sensatos y comprensibles, para simples y para doctos, a sus adherentes? ¿Logran, aunque más no sea una vez por semana durante una hora, reunir a un número importante de sus practicantes, para celebrar rituales relacionados con la regla de oro? ¿Proveen de algún servicio para que aquél que ha obrado en contra del precepto, pueda no obstante arrepentirse y recibir alguna forma de compensación? Huelga decir que esto, al menos, no es una es una practica generalizada. Tal vez los científicos, y las personas que consideramos que la ciencia es la más importante forma de conocimiento, deberíamos ser más humildes, y mirar con otra perspectiva la historia y desarrollo de las religiones, de la mentalidad religiosa, y de las experiencias religiosas, y de sus consecuencias comportamentales en diversos ámbitos. Está claro que el gran error de las religiones es la imagen no científica del mundo y del hombre que sustentan, lo cual las ha llevado frecuentemente a paradojas, y contradicciones internas y externas. Sin embargo, pienso que las religiones tienen mucho para enseñarnos. Tal vez para que ello sea posible sea necesario que vayamos desechando la vieja creencia en el sujeto razonable y autónomo, que vive habita en un platónico mundo de fines en sí, merced al hecho de poseer racionalidad.

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