“Más importante que apoyar a la ciencia es combatir la pobreza”

Es raro que un hombre de 81 años que ostenta el título de epistemólogo, es decir un investigador de las leyes del pensamiento científico, sea reconocido como uno de los intelectuales argentinos más coherentes a la hora de opinar sobre los problemas que afectan al país. Es raro, también, que ese hombre viva, desde hace 38 años, a más de 10 mil kilómetros de la Argentina, y que tenga una visión tan definida de lo que sucede en estas tierras. Es mucho más raro aún que ese hombre pertenezca a una familia poderosa del Río de la Plata y se declare socialista.

Pero todo lo que en otra persona sería una contradicción, en Mario Bunge es simplemente una convicción. Desde mucho antes de emigrar, estaba convencido de que la única vía hacia la libertad era el conocimiento. A los 18 años, fundó la primera universidad obrera del país, que fue cerrada cuando asumió Juan Domigo Perón como presidente. De ese episodio nació su sentimiento antiperonista, aunque tiempo después afirmó que era un error asimilar el movimiento justicialista al fascismo internacional.

Pese a tener una formación eminentemente científica, nunca dejó de ser un activista social. Su lucha contra toda forma de oscurantismo le ha suscitado más enemigos que amigos. Es que si algo no tolera Bunge es la irracionalidad. Sus críticas al psicoanálisis, a las religiones, al capitalismo y a otros pensadores contemporáneos como Jürgen Habermas, Martin Heidegger o Michel Foucault son terminantes y descarnadas. Al psicoanálisis, por ejemplo, lo llama psicología descerebrada, porque no se ocupa de los procesos neuropsíquicos que determinan la actividad cerebral.

Como miles de intelectuales argentinos, Bunge también abandonó el país. Por dos razones: comprendió que no tenía posibilidades de desarrollar sus investigaciones aquí y se cansó de los límites que le imponían burócratas y funcionarios. Se fue en 1963. Primero, a Estados Unidos, y después –cuando vio la censura que existía en las universidad en torno a la guerra de Vietnam– a Canadá, donde vive actualmente y es profesor en la Universidad McGuill de Montreal.

Tiene publicados más de 40 libros. Entre ellos, un clásico de las universidades argentinas: La ciencia, su método y su filosofía. Fue consagrado Doctor Honoris Causa de varias universidades del mundo (en Córdoba, se lo nombró en 1995) y recibió en 1982 el Premio Principe de Asturias de Comunicación y Humanidades. A su edad, sigue escribiendo, dictando clases, ofreciendo conferencias, y cargando sus propias valijas en los aeropuertos. Durante su breve estadía en Córdoba, le concedió una entrevista a LA VOZ DEL INTERIOR.

Actualmente, son muchos los argentinos que se van al exterior, ¿emigrar es reconocer que ya no existen posibilidades de mejorar el país?

—Sí, seguro. Pero hay que recordarles a los aspirantes a emigrar que ya no es tan fácil como antes. Porque hay mucha desocupación. Por ejemplo, en Canadá, la tasa de desocupación es del siete por ciento. En Estados Unidos, hay matemáticos con publicaciones que están desocupados. Yo conozco a dos matemáticos muy capaces, uno de 60 años, otro, de 45, que no consiguen trabajo.

—Usted se fue del país por falta de incentivo a la investigación. ¿Piensa que aún es posible constituir una ciencia en la Argentina?

—Sí, por supuesto, todavía quedan cerebros, todavía queda gente que sabe que la ciencia, la técnica y la biología son los motores de la civilización moderna. Pero, para poder reconstituir la comunidad científica, es necesario hacer algo mucho más vasto. No se pueden tomar medidas exclusivamente para la comunidad científica y privilegiarla. Hoy, más importante que apoyar a la ciencia, es combatir la pobreza. Hay chicos que se mueren de hambre, chicos que no pueden asistir a la escuela, hay problemas mucho más graves todavía. Yo creo que hay que abordarlos a todos: los económicos, los culturales, y los políticos.

—¿Cuáles son los problemas políticos más importantes?

—Uno de ellos es la poca participación de la gente en política. El otro, vinculado al primero, es el desencanto que ha sufrido la política. Un desencanto que es muy peligroso. Los partidos no fomentan adecuada e intensamente la participación activa. En otros tiempos, había comités donde la gente se reunía varias veces por semana para discutir o conseguir más afiliados. Yo no creo que eso exista hoy día. En segundo lugar, la gente está desilusionada de los políticos, porque no cumplen lo que prometen, porque los han engañado, en particular, con el famoso “modelo”. Un modelo importado que no funcionó en ninguna parte del mundo. Ya que en todas partes, empezando por Estados Unidos, hay proteccionismo. Hay empresas estatales muy poderosas en Francia, Alemania, Suiza. Ninguna industria en el planeta se ha construido sin el apoyo decidido del Estado.

—¿En qué medida el escenario de esa vida pública se ha trasladado a la esfera privada, a partir del ingreso masivo de radios, televisores y computadoras en los hogares?

—Hay una cierta tendencia al individualismo y es lógico que cuando la gente no se siente amparada, sobre todo en las grandes ciudades, la soledad se vuelva un vicio. Pero esto no ocurre en todos lados. Estuve varias veces en Barcelona y he comprobado que hay muchas fiestas. Incluso, fiestas religiosas a la que asisten mayoritariamente ateos y agnósticos. Lo cierto es que proporciona una ocasión para hacer algo en común. En la Argentina, había muchísimas sociedades y organizaciones no gubernamentales hasta el gobierno de Perón. Muchísimas. La gente de barrio solía participar de forma más o menos intensa en sociedades de fomento, bibliotecas populares, clubes barriales de fútbol o de gimnasia. Todo eso desapareció casi de la noche a la mañana.

—Si tuviera 18 años, ¿en lugar de fundar una universidad obrera, crearía una página de Internet?

—No. Porque Internet llega sólo a una pequeña minoría y, desgraciadamente, como muchos otros avances técnicos, ha creado una nueva división social entre los que están on-line y los que están off-line. Si volviera a ser joven, no crearía una página de Internet, sino que volvería a fundar la universidad obrera. Es mucho más necesario, porque la mayor parte de la gente no tiene un oficio. El problema es si la industria está capacitada para recibir mano de obra calificada.

—Alguna vez afirmó que el desarrollo de la ciencia es, además, un camino hacia la libertad. ¿Sigue pensando lo mismo?

—Sí. Para conseguir y ejercitar la libertad hace falta pensar, tomar decisiones propias. En lugar de seguir los dictados, sea de un líder carismático, sea de una religión o una ideología secular, es preciso pensar por cuenta propia, pensar de manera crítica. Pero, por supuesto, eso sólo no es suficiente para ejercitar la libertad, también son necesarias condiciones externas, hacen falta los medios. Por eso, yo siempre digo cuán sabia es la consigna de la Revolución Francesa, libertad, igualdad y fraternidad. Las tres van juntas. No puede haber libertad si no hay igualdad. El credo libertario, actualmente, en Estados Unidos, es una posición de extrema derecha que sostiene que el valor máximo es la libertad. Eso es egoísmo.

—¿De modo que la libertad no es todo, en su opinión?

—Hace falta libertad, pero con los derechos no basta, son necesario los deberes. El derecho al voto implica el deber de informarse seriamente cuáles son los programas de los partidos políticos y cuáles son las trayectorias de los candidatos, para saber si son capaces o no. En este país, como en otros, se han defendido mucho, y con razón, los derechos, pero lamentablemente se han descuidado los deberes.

—En un ensayo, señala que los responsables de la pobreza en los países subdesarrollados fueron el Ejercito y la Iglesia. ¿Aún son tan determinantes?

—Son importantes, pero han cambiado mucho. Los militares, gracias a Alfonsín y a Menem, tienen mucho menos poder que antes. Ambos han disminuido el presupuesto de las Fuerzas Armadas. Creo que el único mérito de Menem es haber continuado la política de Alfonsín, tanto con los militares como con el Mercosur. En cuanto a la Iglesia, también ha cambiado mucho en los últimos años. Ya se sabe el papel que tuvo la Iglesia en sostener al fascismo, no sólo en Europa, sino también en América latina, pero afortunadamente en los últimos años, en la Argentina, se ha puesto a tono con el Concilio, y cardenales y obispos han realizado declaraciones muy fuertes sobre la pobreza y el desamparo. No sé qué efecto sigue teniendo la Iglesia en la educación. Supongo que malo. Hay muchas escuelas religiosas. En la época de Sarmiento había una sola escuela religiosa, la del Salvador, adonde asistió mi padre y adonde se hizo ateo.

Disfrutar de la vida

—Nunca creyó en Dios, ¿cómo afronta el tema de la muerte?

—No tengo tiempo de pensar en la muerte. No tengo ni siquiera tiempo para escribir mis memorias. Me han pedido que las escriba antes de que me vuelva senil, antes de que pierda definitivamente los recuerdos, pero me resulta imposible. Siempre estoy en medio de proyectos y viajes.

—Sin embargo, se ha pronunciado a favor de la eutanasia…

—Sí, por supuesto. Mi máxima es: disfruta de la vida y ayuda a vivir. Si no se puede ni ayudar a nadie a vivir, ni disfrutar, para qué seguir viviendo. Uno se transforma en una carga. Una carga que, en el caso del mal de Alzheimer, es muy pesada. El Alzheimer arruina la vida de la gente que cuida al enfermo. Yo no quiero ser una carga de ese tipo. Usted sabe que en Holanda, país muy avanzado, hay una ley que permite la eutanasia. También, en Oregón, Estados Unidos. De hecho, médicos y enfermeras vienen practicando la eutanasia desde hace años, lo que pasa es que lo hacen ilegalmente y se exponen a juicios.

—¿También aprueba el aborto?

—En primer lugar, hay que tratar de impedir el embarazo cuando no se lo quiere, usar píldoras, condones, etcétera. Cosas que la Iglesia rechaza. ¿Por qué hay que tratar de impedir el embarazo no querido? Porque hace desgraciada a la mujer, hace desgraciado al chico. Un chico no querido es un chico desgraciado, un chico descuidado que va a terminar en la calle el día de mañana. Permitir un embarazo no querido es una actitud criminal. En segundo lugar, si, a pesar de todo, ocurre el embarazo y el hijo no es querido, por supuesto que se debe abortar. Por el mismo motivo, porque no hay ningún derecho a lanzar al mundo chicos que no van a ser queridos. Los chicos indefensos, como usted sabe, necesitan cariño, necesitan apoyo de todo tipo. La progenitura no es un derecho. Si alguien procrea a un chico, tiene el deber de criarlo, y si no lo puede criar, que no lo tenga, que aborte.

Contra el capitalismo

—Alguna vez intervino en una discusión sobre si los países del Tercer Mundo eran subdesarrollados por ser dependientes o eran dependientes por ser subdesarrollados. ¿Sigue sosteniendo la segunda opción?

—Sí, es la misma, o más pronunciada aún, porque la Argentina ha resuelto entregarse en manos del llamado Washington consense. Es una estrategia elaborada por el Fondo Monetario Internacional que consiste en apretarse los cinturones, disminuir los gastos sociales, en educación, salud, privatizar y monetizar todo, y endeudarse lo más posible. Así nos dejan atados de pies y manos. Es lo que consiguieron Menem y Cavallo. Han endeudado al país. Cuando tomaron el poder, la deuda externa era de 35 mil millones de dólares, hoy es de 150 mil millones. La cuadriplicaron. Y justamente ése es el premio que ha conseguido Cavallo: lo volvieron a llamar por haber endeudado al país.

—Desde la caída del Muro de Berlín, el mundo ha quedado en manos del capitalismo. Dentro de este orden, ¿qué alternativas existen?

—Ante todo aclaremos una cosa. Yo no creo que haya existido un bloque verdaderamente socialista. Era estatismo puro. Pero tuvo una virtud y es que la desigualdad social era la menor de todo el mundo, ahora es terrible. Que quede claro que el socialismo nunca se ensayó, fue estatismo. Del mismo modo que el cristianismo nunca se puso en práctica. Segundo, hay alternativas: las cooperativas. La gente que no posee capital, no tiene por qué trabajar para terceros, puede crear su propia empresa asociándose entre sí. Hay miles de formas de cooperativas. Sobre todo, en países del Tercer Mundo. Por ejemplo, con 50 dólares, se puede iniciar una pequeña empresa en Blangadesh. En todo el mundo existen empresas cooperativas. El banco más importante de la provincia de Quebec es una cooperativa. En Suiza, hay dos grandes cadenas de supermercados que son cooperativas, y tienen sus propias publicaciones, sus propias escuelas, y sus propios bancos.

—Además del cooperativismo, existen varias tendencias anarquistas en el mundo.

—Sí, pero son puramente destructivas. Además, coincide el individualismo con lo peor del capitalismo. Los dos son egoístas, quieren reducir al Estado a su mínima expresión. El anarquismo no es compatible con la sociedad moderna, porque en esta sociedad hacen falta grandes empresas, que no tienen que ser necesariamente ni estatales ni privadas, pueden ser mixtas o cooperativas. Un anarquista no podría funcionar en ese marco. Se ha visto en la guerra española que los anarquistas conducen al desastre. Solían ser muy exaltados. Los grupos anarquistas contribuyeron al descrédito de la República, mataban monjas, mataban curas, mataban a señoritas. Se habían convertido en pistoleros, en asesinos. No lo hacían por cierto, por perversión, sino porque creían que era el modo de imponer su ideal. Pero es un ideal muy primitivo. Mi padre solía decir que un anarquista es un burgués con la barriga vacía.

La voz del interior

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