Cuando oigo la palabra “arma” echo mano a mi cultura

Un alto jerarca fascista se hizo famoso por acuñar la frase: “Cuando oigo la palabra ‘cultura’ echo mano a mi arma”. Se explica: puesto que la cultura, el cultivo del espíritu, es enemiga de la violencia, y en particular de la violencia armada, los profesionales de la violencia desconfían de ella. En el mejor de los casos la ignoran, y en el peor, intentan combatirla o usarla.

Lo que vale para la cultura viva, la creación de objetos culturales tales como poemas y teoremas, partituras y diseños, pinturas y notas periodísticas, experimentos y expediciones científicas, también vale para los legados culturales, tales como las lenguas, bibliotecas, museos, laboratorios y observatorios. Los amantes de la cultura los preservan, en tanto que sus enemigos los destruyen. La conservación de un legado cultural es parte de la conservación del pueblo que lo produjo.

En 1936, cuando comenzó la guerra civil española, un grupo de intelectuales y artistas procedió a embalar y poner a buen resguardo los tesoros del Museo del Prado. Gracias a ellos, hoy podemos darnos el gusto de visitar ese museo único.

En 1943, cuando los norteamericanos ayudaron a liberar a Europa del fascismo, organizaron una unidad de protección cultural constituida por arqueólogos y otros expertos, que se ocuparon de proteger los museos y otros depósitos culturales una vez terminado el conflicto.

Desgraciadamente, estos protectores de la cultura carecían de facultades para impedir que la aviación aliada incendiara la ciudad de Dresden, cuyo museo albergaba una de las pinacotecas más ricas del mundo (ese episodio es el tema de una novela del gran escritor norteamericano Kurt Vonnegut, quien lo vivió desde abajo, como prisionero de guerra).

 

Sin consuelo

Sesenta años más tarde, cuando las fuerzas norteamericanas invadieron Irak, la unidad de protección fue impedida de acompañarlas. Llegó a Bagdad cuatro días después de terminado el saqueo del famoso Museo Nacional de Antigüedades de Bagdad, que albergaba unas 170.000 piezas únicas de la espléndida civilización sumeria.

Este desastre ocurrió pese a que varias entidades internacionales, en particular la Unesco, habían prevenido con tiempo al Pentágono. Además, la Convención de Ginebra estatuye que la preservación del patrimonio cultural es obligación de toda potencia ocupante.

¿Qué ocurrió? Aún no se sabe con certeza. Hay indicios de que muchos de los dos mil ladrones que saquearon el museo no obraron por cuenta propia. Parecen haber sido asesorados por expertos extranjeros que distinguían originales de copias y que se ensañaron con las piezas que se encontraban en los grandes almacenes subterráneos del museo.

Además, se sabe que intervino el Consejo Americano de Política Cultural, que representa a los coleccionistas, y que ha estado bregando por el derecho a comprar e importar objetos arqueológicos.

También es notorio que en los Estados Unidos hay fanáticos religiosos, cristianos y judíos, que consideran que los objetos arqueológicos de la época del Eclesiastés pertenecen a la tradición judeo-cristiana, no al pueblo iraquí. Asimismo, creen tener el derecho a comprarlos para sus colecciones privadas. ¿Acaso el dinero no es poderoso caballero, como dijera Quevedo?

 

Un bruto invasor

La indignación de los arqueólogos y museólogos de todo el mundo, empezando por los propios expertos norteamericanos y británicos, es grande. Pero no es explicable. ¿Qué esperaban de un ejército invasor? ¿Que respetara el patrimonio cultural de una nación que tiene el privilegio ambivalente de poseer una de las cuencas petrolíferas más ricas del mundo?

Se ha dicho que hubieran bastado un tanque y un puñado de soldados para proteger el museo. Pero se olvida que los tanques y soldados estaban cuidando dos edificios muchísimo más importantes para los ocupantes: los ministerios del Petróleo y del Interior. Se olvida que las guerras no se hacen para preservar o enriquecer la cultura, sino para defender o acrecentar la bolsa.

Yo recuerdo el placer con que, hace cuatro décadas, visitaba a menudo el maravilloso Museo de la Universidad de Pensilvania, donde se exhiben algunos de los tesoros excavados por los arqueólogos de esa universidad durante más de un siglo, en Babilonia, Ur y otras cunas de la civilización. ¿Imagina alguien la emoción estética e intelectual que pueden sentir, al contemplar esos artefactos, gentes encallecidas en el oficio de firmar sentencias de muerte o contratos petrolíferos, de ocultar documentos que consignan estafas multimillonarias, y de fabricar denuncias sobre amenazas imaginarias que justifican agresiones internacionales y mantener al pueblo en estado permanente de alarma?

Cuando oigas la palabra “cultura”, apróntate a gozarla o enriquecerla. Y cuando oigas la palabra “arma”, disponte a defender la cultura, porque es tan vulnerable como la vida.

Por Mario Bunge

Una respuesta to “Cuando oigo la palabra “arma” echo mano a mi cultura”

  1. Jorge González Says:

    Brillante como todo lo escrito por don Mario, un gran intelectual argentino sin reposición

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