Diplomáticos sin fronteras

Desde que ganó el Premio Nobel de la Paz, casi todo el mundo ha oído nombrar a la organización no gubernamental Médicos sin Fronteras. Sus miembros son médicos y médicas que acuden a regiones remotas para ayudar a curar enfermos y heridos, así como contener epidemias. Van adonde los llaman, hacen su trabajo sin cobrar y se vuelven. Sus gastos son mínimos y casi todos ellos son sufragados por donantes de todo el mundo, entre ellos quien esto escribe.

También se ha formado la organización Ingenieros sin Fronteras, la que ofrece sus servicios a gobiernos y grupos de bien público en países “en desarrollo” (o sea, subdesarrollados), con el fin de ayudar a construir obras públicas. Supongo que pronto emergerán otras organizaciones benévolas de ámbito mundial, tales como Maestros sin Fronteras. Yo acabo de inventar una: Diplomáticos sin Fronteras. Permítaseme que me explique.

Dada la frecuencia con que siguen ocurriendo conflictos armados regionales e internacionales, creo que los servicios diplomáticos existentes ya no bastan. Son insuficientes porque los embajadores y sus agregados deben lealtad a sus gobiernos. Por este motivo, no siempre pueden adoptar un punto de vista imparcial que reconozca el derecho ajeno y, sobre todo, que respete escrupulosamente las normas del derecho internacional público (ese que creó Francisco de Vitoria, a principios del siglo XVI, en la Universidad de Salamanca, y que hoy está siendo conculcado desfachatadamente).

Mientras no se reconozca el derecho ajeno ni se pongan en práctica las reglas del derecho internacional, seguirán sin resolverse conflictos que casi siempre perjudican a todas las partes involucradas en ellos, especialmente a los no combatientes y, entre éstos, en especial a los más vulnerables: niños y mujeres.

Es verdad que la violencia armada arrasa con el derecho y que un yacimiento petrolífero o una mina de diamantes son más apreciados que la justicia. Con todo, siempre se puede hacer algo para disminuir la intensidad de los conflictos. Pero con frecuencia nadie se atreve a ponerle el cascabel al gato. Para arbitrar en un conflicto es preciso tener coraje y no tener otro interés en el asunto que el de servir a la humanidad.

 

Una organización benévola

Por estos motivos creo que, además de los ministerios de asuntos exteriores, hace falta una organización benévola, la que podría llamarse Diplomáticos sin Fronteras. Su función sería prestar servicios para resolver conflictos regionales e internacionales, con el fin de hacer respetar el derecho internacional y la justicia, así como promover la cooperación internacional en todos los terrenos: económico, político, cultural, sanitario, etcétera.

La organización de marras sería algo así como una institucionalización del ex-presidente Jimmy Carter, quien de hecho ha funcionado como embajador sin credenciales. Los miembros de Diplomáticos sin Fronteras ostentarían un título más honroso que rumboso: el de embajadores honorarios. Se dirá acaso que la organización que propongo ya existe y se llama Naciones Unidas. No es lo mismo, porque esta gran institución está en plena decadencia debido a presiones políticas y a los intereses privados de sus funcionarios. Se necesita una organización cuyos miembros no teman ser postergados ni destituidos, porque no tendrían cargos que conservar o a que aspirar.

Los embajadores que propongo serían representantes de la humanidad, no de países. Y no actuarían en ninguna región en forma permanente, sino que se moverían de un lugar a otro como viajantes de comercio, con la diferencia de que sus únicas mercancías serían buena voluntad, pericia, experiencia y conexiones útiles.

Compárese la organización que propongo con la que acaban de formar unas empresas transnacionales de cosméticos: Beauticians Without Borders, o sea, Embellecedoras sin Fronteras. ¿A qué se dedican? A organizar salones de belleza en Afganistán. La idea es que las mujeres afganas se liberarán en la medida en que se pintarrajeen. El que no tengan suficiente alimento ni agua para ducharse ni educación ni posibilidad de librarse del sometimiento servil a sus maridos y hermanos, no importaría.

Según los dirigentes de esa organización, lo que importa es que las mujeres afganas compren cosméticos importados, con los que se “embellecerán” para exhibirse en privado. Este no es sino un atisbo de la visión del mundo de Laura Bush, la esposa del presidente George W. Bush, quien, al referirse a los horrores que cometían los fanáticos del Talibán, exclamó: “¡Figúrese que esos bárbaros no permiten que las mujeres se pinten las uñas!” ¡Qué horror!

Hablemos en serio. Los problemas que causan los conflictos de cualquier clase, en particular los armados, no se resuelven en salones de belleza. Sólo se resuelven negociando. Y un árbitro puede iniciar y proseguir una negociación. ¿Quién se anima a fundar Diplomáticos sin Fronteras?

Por Mario Bunge

Una respuesta to “Diplomáticos sin fronteras”

  1. Ganesh Says:

    Lo apoyo

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