La fuente de todos los males

Por Mario Bunge
Para La Nación
 

MONTREAL.- “MARUCHO, no me esperen esta noche. Estoy en Campo de Mayo. He venido junto con otros cien civiles para arengar a las tropas. Hemos tumbado al Peludo. Los militares han prometido llamar a elecciones dentro de los tres meses. Veremos si cumplen. Hasta mañana.”

Eso me telefoneó mi padre, casi afónico como cuando volvía de una sesión agitada de la Cámara de Diputados o del comité ejecutivo de su partido. Recuerdo textualmente ese mensaje, porque el 6 de septiembre de 1930 marcó a fuego al país. Ese fue el primero de una sucesión de golpes dados desde 1890, y el primer atropello masivo de la Ley Sáenz Peña. Fue el comienzo del fin de medio siglo de progreso casi ininterrumpido.

Y, sin que lo sospechara la mayoría de sus participantes, este golpe fue también la primera tentativa de instaurar el fascismo en el continente americano. ¿Cómo podían sospecharlo, si quienes se levantaron contra el gobierno constitucional presidido por Hipólito Yrigoyen (a) El Peludo, invocaban el restablecimiento de la democracia? En efecto, el gobierno radical, elegido dos años antes, había intervenido cinco provincias, boicoteado al Congreso, concentrado poderes excesivos en el Ejecutivo, detenido ilegalmente a muchos opositores y tolerado al Klan Radical, constituido por matones. (George Gaylord Simpson, el gran paleontólogo norteamericano, cuenta en sus memorias que, recién desembarcado en Buenos Aires con rumbo a la Patagonia, fue testigo de una balacera en la Plaza del Congreso.) Pero los golpistas parecían ignorar que un levantamiento es una trasgresión muchísimo más grave de la Constitución que las que había cometido el gobierno constitucional. El único partido que condenó el golpe y reiteró su fe en la Ley Sáenz Peña fue el socialista. Los radicales antipersonalistas, o alvearistas, no se pronunciaron, con lo cual apoyaron tácitamente el golpe.

Los golpistas constituían una alianza increíblemente heterogénea, como cuadra a toda alianza forjada sobre el falso principio de que el enemigo de mi enemigo es mi amigo. Además de algunos militares y del diario democrático Crítica , se destacaban entre ellos conservadores como Antonio Santamarina y Rodolfo Moreno y socialistas independientes como Antonio de Tomaso y mi padre, Augusto Bunge.

Los socialistas independientes se habían separado del viejo tronco socialista en 1927. Esta división decapitó literalmente al PS: casi todos los intelectuales se fueron con el nuevo partido. Quedaron los sindicalistas y los funcionarios del partido.

Nunca supe el motivo real de esta escisión. Al parecer, cada cual tuvo su motivo. Mi padre, que había ingresado en el partido en 1897, a los veinte años de edad, parece haber sido motivado principalmente por diferencias de estilo de conducción con Nicolás Repetto, sucesor del fundador Juan B. Justo en el liderazgo del partido.

Entre los dos partidos socialistas no había diferencias programáticas. La única divergencia aparente entre ellos era táctica: la oposición de los socialistas independientes a los “peludistas” era tan visceral, que no titubearon en aliarse con sus peores enemigos naturales, los conservadores fraudulentos.

El Partido Socialista Independiente ascendió meteóricamente entre su fundación, en 1927, y las elecciones de marzo de 1931, en las que ganó la mayoría en la Capital Federal gracias en parte al voto de los radicales antipersonalistas. A partir de entonces decayó, hasta desaparecer en 1936. El electorado castigó su “Concordancia” con los conservadores.

Liquidado el PSI, algunos de sus dirigentes, en particular Federico Pinedo y Héctor González Iramain, se pasaron abiertamente al conservadorismo. Otros, como mi padre y Roberto F. Giusti, dieron marcha atrás (o, mejor dicho, adelante) y se agruparon efímeramente en Acción Socialista. Horacio Sanguinetti documenta todo esto en detalle y con objetividad y perspicacia en Los socialistas independientes .

 

El “fraude patriótico”

Uno de los conservadores participantes en el golpe fue el caudillo Alberto Barceló, dueño de los votos de Avellaneda y patrón de garitos y prostíbulos. Otros, en particular Manuel A. Fresco y Matías Sánchez Sorondo, resultaron fascistas. En sus memorias, el famoso caricaturista político Ramón Columba cuenta que en casa de este último vio fotos autografiadas de Hitler y Mussolini. En cuanto a Fresco, impuso el “voto cantado” cuando asumió la gobernación de la provincia de Buenos Aires.

El gobierno de facto constituido al caer el gobierno constitucional fue presidido por el general José Félix Uriburu, admirador del fascismo italiano. Su dictadura se distinguió por cerrar escuelas, amordazar diarios (incluso Crítica y Libertad , el órgano del PSI), exiliar a ex ministros y exonerar a miles de empleados públicos radicales.

Otra de las hazañas de esa dictadura fue fusilar a siete anarquistas inofensivos, cuyo único delito había sido actuar en pequeños sindicatos y escribir en La Protesta . Nadie condenó ese crimen, pese que tres años antes la opinión pública mundial, incluso la argentina, había repudiado la ejecución en los Estados Unidos de Sacco y Vanzetti, anarquistas italianos igualmente inocentes. Todo cambió en nuestro país ese 6 de septiembre, incluso la sensibilidad.

Los comicios fraudulentos de 1932 llevaron a la presidencia de la Nación al general Agustín P. Justo, un manipulador hábil y simpático, acusado de lucrar con la construcción de carreteras. Su único hijo, el ingeniero Liborio Justo, era trotskista y se hizo famoso por gritar: “¡Abajo la dictadura!”, desde la barra de la Cámara de Diputados.

El gobierno de Justo fue menos duro que el de su predecesor. Pero instauró el “fraude patriótico” en escala grotesca, reprimió al movimiento obrero, favoreció escandalosamente a los ricos y al capital extranjero, y fue muchísimo más corrupto que el irigoyenista.

El gobierno fraudulento que lo siguió fue presidido brevemente por Roberto M. Ortiz. Este fue cesanteado en favor de su vice, el conservador pronazi Ramón S. Castillo, que metió preso a mi padre por presidir la Confederación Argentina de Ayuda a los Pueblos Aliados. Castillo fue depuesto por el golpe militar de 1943.

Así, con otro golpe, terminó el régimen nacido el nefasto 6 de septiembre de 1930, fuente de todos los males argentinos del siglo XX.

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