Mario Bunge ataca de nuevo

Filósofo, epistemólogo y físico, es el hijo rebelde de una familia tradicional. Radicado en Canadá desde hace 40 años, Bunge sigue fiel a su fama de polemista y vuelve a criticar a los psicoanalistas argentinos. “Son unos macaneadores”, dice.


Ana Laura Pérez.
Es Mario Augusto Bunge, el filósofo distinguido por universidades de todo el mundo, el ganador del Premio Príncipe de Asturias, una autoridad académica… Pero su carrera largó en la Química, practicando de contrabando en los laboratorios que la UBA tenía en la calle Perú y al que un amigo le daba acceso. Fue su padre quien disuadió sus aspiraciones de físico con el argumento de que en la incipiente industria nacional los necesitaba más que a los físicos. Al cabo de un año volvió a hablar con él y logró cambiar a la carrera que quería. Tuvo de docente a Ernesto Sabato y luego fue él mismo titular de Física hasta concentrarse en investigaciones nucleares, atómicas y de física cuántica. Pero para enfrentar los problemas que surgían de esos estudios, Bunge se dedicó a la epistemología (la ciencia que estudia los métodos del conocimiento).

Finalmente, esas preocupaciones fueron imponiéndose junto con la filosofía, materia sobre la que (“afortunadamente”, dice) jamás tomó un solo curso regular desde que huyó de las clases a las que entró como oyente siendo un chico. Lo que sabe y enseña lo aprendió leyendo por su cuenta libros y revistas especializadas. Paradójicamente, el autodidacta da cursos regulares como titular de la Cátedra Frothingham de Lógica y Metafísica de McGill University, en Montreal, desde hace décadas. Hijo de una de las familias más tradicionales del país, heredó de su padre médico y diputado socialista la pasión por las ciencias y cierto espíritu rebelde. Dejó el socialismo poco antes de emigrar y en los 90 se desafilió del Partido Liberal canadiense en oposición a la hegemonía de los conservadores neoliberales. “Hoy me declaro partidario de la democracia integral, cuyas reformas políticas, económicas y culturales sean diseñadas en base a los resultados de las investigaciones de las ciencias sociales.”

Aunque es argentino, critica por macaneadores a los exponentes de la más típica especie nativa: los psicoanalistas. Pasó la mitad de su vida en Canadá, pero sigue extrañando a los pocos amigos que le quedan y las caminatas nocturnas con alumnos y colegas después de las clases, un deleite que redescubre cada vez que vuelve a Buenos Aires a visitar a Mario, su segundo hijo, que enseña Matemáticas en la UBA. Su descendencia suma 7 nietos y media docena de bisnietos de pasaportes diversos. El 2005 los encontrará unidos, porque para Año Nuevo todos van a juntarse por primera vez en México, país en el que vive Carlos, su primogénito, un reconocido físico teórico.

Todos incluye a los Bunge canadienses: Eric, arquitecto que vive en Nueva York y tiene allí un estudio junto con su esposa, y Silvia, la menor, neuropsicóloga y docente de Neurociencia Cognitiva en la Universidad de California. Es con la nena con quien lo unen vínculos intelectuales más estrechos: “Me interesa mucho la psicología y así como antes le enseñaba yo a ella, ahora soy yo el que aprende. Porque -y aquí la emprende con uno de sus temas preferidos- en la Argentina la superstición psicoanalítica frena el desarrollo de la Psicología Biológica y las investigaciones neuropsicológicas de los procesos inconscientes.” Para tranquilidad de la comunidad psi, hay más nominados.

Usted desautoriza a los gurúes de un nuevo mundo hipercomunicado, sin utopías ni clases sociales, pero ¿cómo se imagina el futuro?

No soy profeta y esta es una época completamente nueva e inestable. Nunca ha habido como ahora un mundo dominado por una sola potencia al mando de un mesiánico como Bush que se cree designado por Dios. No soy optimista a corto plazo.

¿Cuáles son esos profetas del sistema de ideas a los que critica?

En primer lugar, los llamados neocom (neoconservadores estadounidenses), que ejercen un poder enorme y nefasto al servicio de los poderosos y son además bastante menos inteligentes de lo que ellos mismos creen, porque al concentrar el poder político y económico en pequeños grupos, construyen un mundo no sólo inmoral, sino también inestable. Es algo que la Comisión Mundial sobre la Dimensión Social de la Globalización advierte en su último informe: la globalización está llevando a una sociedad injusta e inestable. Tienen un poder que no se funda en la verdad sino simplemente en la propiedad.

Con dos libros flamantes -Mitos, hechos y razones (Sudamericana) y Emergencia y convergencia (Gedisa)- supera los 40 títulos publicados, algunos ya clásicos académicos, como La ciencia, su método y su filosofía. Sin embargo, se queja de que aquí se lo conoce menos por su obra que por sus opiniones. Pero… aunque se queje, le gusta la polvareda que levanta cada una de sus intervenciones. El gesto suficiente que captan sin error todas sus fotografías delata cuánto disfruta del efecto de sus irreverencias. Al fin y al cabo, él mismo ha escrito que lo que mueve a los científicos a trabajar esclavizadamente es la búsqueda de conocimiento, claro… pero en la misma medida que la fama personal. “Son los dos acicates… la curiosidad, por supuesto, como ya decía Aristóteles, pero desde que se formaron las comunidades científicas, también está el deseo de sobresalir y ganar premios.”

¿La fama no interfiere en la búsqueda del conocimiento?

A veces sí. La búsqueda del conocimiento hace que la gente descuide un poco el cultivo de su imagen pública. Y también la búsqueda de la fama hace que alguna gente, sobre todo en las ciencias biomédicas, cometa fraudes. Es muy común que para conseguir apoyo y prestigio, un investigador ofrezca a sus colegas figurar como coautor de un trabajo al que no ha contribuido. Eso no ocurre en las Matemáticas, la Física, la Biología, la Química, pero sí en las ciencias biomédicas porque ahí va gente interesada no sólo en las ciencias, sino también en el dinero.

¿Qué efectos tiene la fama en usted?

Como en prácticamente todos los casos que he conocido, para mí es un motor, un incentivo. La fama lo pone a uno en contacto con gente interesante de culturas diferentes y le asegura, en una conferencia, un auditorio de 600 personas entre las que se pueden encender unas chispitas aquí y allí. Pero no siento que sea famoso en la Argentina.

Sin embargo, en la Argentina usted es escuchado, publica libros, artículos, se lo entrevista…

Escuchado… obviamente no por los filósofos… pero sí por algunos científicos con los que mantengo relación.

En su reciente Mitos, hechos y razones sostiene que quienes no nadan contra la corriente son arrastrados al océano anónimo: ¿Ese temor explica su personalidad de polemista?

(Bunge se ríe con energía del otro lado de la línea. Se agita un poco porque camina mientras habla por teléfono.)

Es algo temperamental. Soy rebelde, curioso… me molesta la repetición y la falta de creatividad. Sin embargo, a veces siento que pierdo demasiado tiempo polemizando. Eso hace que de mí se conozca en la Argentina solamente un aspecto y no mi faceta más creativa. Por ejemplo, casi nadie ha leído los nueve tomos de mi tratado de filosofía, o mis trabajos de física.

¿Por qué cree que ocurre?

Será porque le he dado particularmente duro al psicoanálisis… Por supuesto, no me ocupo de esto en Canadá, donde los psicoanalistas, con un par de excepciones, están totalmente desacreditados: perdería mi tiempo. Pero en la Argentina, hay mucha gente que vive del psicoanálisis y reacciona violentamente si se siente tocada en sus intereses.

¿No cree que por ser tan duro con los psicoanalistas olvida a otros sectores del pensamiento argentino, como el de los economistas, cuyas intervenciones han sido muy dañinas ?

Sí, estoy completamente de acuerdo. Pero tenga en cuenta que esos economistas han importado su saber económico de los EE.UU… no es culpa de ellos…

Si no es de ellos, ¿de quién es?

Insisto en que las ciencias sociales están muy atrasadas en nuestro país. Lo que falta, sobre todo, es investigación de la realidad, en lugar de… de leer libros importados referidos a otros países. Me cuesta entender cómo en una época en la que el conocimiento es global, los académicos podrían prescindir de lo que se piensa en el resto del mundo. Hay que estar al tanto de lo que pasa en el resto del mundo, pero más importante es estudiar lo que pasa en el propio país. Los norteamericanos tienen el defecto contrario: ignoran la existencia del resto del mundo, pero sí estudian la realidad propia. Hay buenos sociólogos en los EE.UU.

Parece que también aquí, si uno se guía por la última entrega de las becas Gugghenheim, en la que los científicos argentinos lograron muchas más plazas que los del resto de Latinoamérica.

Eso es completamente cierto. Pero en parte se debe a que se presentan a esas becas muchos más argentinos que, por ejemplo, mexicanos, chilenos o brasileños porque estos están bien pagos y tienen buenas bibliotecas. En la Argentina están desesperados por salir a respirar…

Bunge sabe de lo que habla. El mismo dejó el país en el 63 alertado por la violencia política y el poder creciente de los militares. No era nada nuevo para él: el coronel Perón cerró en el 43 la Universidad Obrera que fundó con apenas 18 años y hasta estuvo detenido en el 52 por conspirar contra el Gobierno. Pero la inestabilidad institucional y el endurecimiento de la represión hicieron de él un adelantado del éxodo masivo de universitarios que resultaría de La Noche de los Bastones Largos pocos años después. Aceptó la primera invitación que le hicieron desde la Universidad de Texas y se fue con su segunda esposa, Martha Cavallo, matemática, y el mayor de los dos hijos de su primer matrimonio. Tampoco allí se quedó: le molestaba el ambiente de censura política creado por la Guerra de Vietnam. Por eso, cuando Martha recibió una invitación para dar clases en Montreal se mudaron a Canadá, donde se establecieron.

Ahora, a los 84, describe su estudio como su lugar en el mundo: “Tengo aquí todo lo que necesito. Mi casa queda en la ladera de una pequeña montaña, a pocas cuadras de la universidad, y ahora que se ha ido la nieve empiezan a brotar narcisos silvestres y lilas. Desde esta ventana miro el verde de los parques, los dos puentes que cruzan el río San Lorenzo y, en la lontananza, a los Estados Unidos. Es una vista hermosa, llena de luz.”

Bunge no vio Las invasiones bárbaras, la película de Denis Arcand que trata de… “no la vi, pero conozco el argumento”, interrumpe. Es la historia de un grupo de intelectuales canadienses que vuelve a reunirse cuando uno de ellos enferma gravemente. “A esta edad estoy más convencido que nunca de que la eutanasia es una medida sabia y justa. Si ya no se puede gozar de la vida ni serle útil a otro, la existencia no tiene sentido. Sobre todo si se siente dolor: paraliza, impide pensar, hacer… Por fortuna es una idea que se está abriendo camino en los países más avanzados. Lamentablemente, la Argentina, que hace un siglo fue precursora de los movimientos renovadores, ahora está a la cola por la influencia nefasta de la religión, que ha disminuido en casi todo el mundo, menos allí. Es una sociedad muy conservadora.

Es curioso escuchar esto del hijo de una familia conservadora.

En todas las familias hay siempre alguna oveja negra… •

Diario Clarin

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