El milenio no será un acontecimiento

Por Mario Bunge
 

MONTREAL
No se alarme. No me propongo proclamar que el mundo está por acabarse. Sólo argüiré que el comienzo del próximo milenio no será uno de los cien acontecimientos más importantes del siglo, como lo pretende la revista Life . (Además, no ocurrirá en este siglo sino en el próximo.) El comienzo del nuevo milenio ni siquiera será un acontecimiento. No será más que una fecha. Lo mismo que un centenario o un vulgar cumpleaños. No pasará otra cosa que los actos de celebración. Y uno de éstos sería justificado: tendríamos que festejar el fin del siglo sin tercera guerra mundial.

A propósito, la mayoría de la gente cree que el siglo XXI empezará el 1º de enero de 2000. Se adelantan todo un año. El próximo milenio empezará en 2001, porque contamos la era vulgar a partir del año 1, no del año 0. El motivo es que los inventores del calendario cristiano no conocían el número cero, que fue inventado por un matemático indio recién en el siglo V. (Esta invención aún no llegó a la industria norteamericana de la construcción, que persiste en llamar primer piso a la planta baja o piso cero.) El año 2001 es especial solamente como punto de referencia temporal, como inicio de un nuevo siglo. Por lo demás, sólo es motivo de miles de artículos intrascendentes como éste, e incluso de algunos libros aún más tontos, con los que los editores esperan hacer dinero.

 

Un bicho molesto

¿Por qué se celebra el 2000º cumpleaños de Cristo más que cualquier otro? Debido a la creencia muy difundida, hacia fines del siglo X, de que Dios destruiría el mundo para celebrar el milésimo cumpleaños de su hijo. ¿Por qué no, si la gente es tan mala como lo proclama el Antiguo Testamento? ¿Por qué no, si, según éste, Jehová aniquiló a tribus enteras, ya enviándoles pestilencias o hambrunas, ya azuzando a sus tribus elegidas?

Esta creencia del fin inminente del mundo era tan popular, que se le dio un nombre: milenarismo. Entonces hubo muchos que, por temor al fin del mundo, se suicidaron. Otros se apresuraron a desprenderse de sus bienes terrenales, y después se lamentaron de que la profecía no se hubiera cumplido. (Hay historiadores revisionistas que sostienen que no hubo tal pánico.) No hay peligro de que esto se repita: estamos algo mejor informados, así como más apegados a los bienes terrenales. ¿A quién se le ocurriría malvender todo su portafolio de acciones blue chips en vísperas del nuevo milenio?

Los únicos a los que preocupa, y con fundamento, la próxima “llegada” del año 2000 son los expertos en sistemas automáticos cuyas computadoras tienen programas fechados, ya que éstos no fueron diseñados para aceptar la fecha 2000. En estos casos, la computadora no distinguirá el 2000 del 1900. Es lo que se llama “bicho del milenio”, conocido por la sigla Y2K.

Este problema informático tiene insomnes a decenas de miles de ingenieros, ejecutivos y funcionarios públicos. El motivo es que no hay expertos en número suficiente para hacer a tiempo los cambios necesarios en los centenares de miles de computadoras que controlan la distribución de energía eléctrica, el tráfico aéreo y marítimo, las telecomunicaciones, los robots fabriles, o siquiera los ascensores de los rascacielos.

¡Y todavía hay quienes insisten en que las computadoras son inteligentes y pueden descubrir e inventar cualquier cosa! (Sin embargo, mis alumnos, aunque muy dados a atribuirles humanidad a las computadoras, no me creyeron cuando les anuncié en tono muy serio que una computadora genial acababa de resolver el problema Y2K.) Si el bicho milenario no fuera exterminado a tiempo, todos los países altamente informatizados se despeñarían en el caos. Éste sería el desquite y la gran oportunidad de los países subelectronizados o, como solía decirse, subdesarrollados.

 

Fascinación del cero

La mera posibilidad de que ocurra esta catástrofe debería alertarnos sobre el hecho de que depender excesivamente de la técnica nos hace potentes en algunos respectos pero vulnerables en otros. Un caso sencillo es el de las ventanillas de los automóviles que sólo se mueven por electricidad. Basta que se queme un fusible para que sea imposible subir una de esas ventanillas, lo que puede ser un problema serio a la hora de estacionar el vehículo, como me pasó una vez en pleno centro de Ginebra. Este problema y otros parecidos se resuelven con instalaciones manuales paralelas a las automáticas. Pero, evidentemente, esta solución no es aplicable a grandes maquinarias, tales como los alternadores de las centrales hidroeléctricas o las grandes distribuidoras de corriente eléctrica. (Por las dudas, en casa hemos hecho acopio de velas y leños para la estufa.) Es curiosa la fascinación que sentimos por los centenarios, sesquicentenarios y milenarios. Esto no ocurriría si hubiéramos adoptado el sistema sexagesimal de los mayas. En tal caso, conmemoraríamos los acontecimientos importantes cada 60 o cada 600 años o múltiplos de 60. Napoleón, que se hizo proclamar emperador en 1800, le habría sacado doble jugo a la ocasión (1800 = 3 x 600). Las fábricas de postales harían buen negocio imprimiendo tarjetas para los que están en vísperas de volverse sexagenarios. Y habría que esperar al 2400 para asustarse por el nuevo hito.

En resolución, sólo las computadoras y los que dependemos de ellas tendríamos que advertir el advenimiento del año 2000, y ello, por un motivo meramente técnico. El 2000 no será sino un año más.

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