Hasta la próxima guerra

Por Mario Bunge
Para LA NACION
 

SAMUEL Huntington, el famoso politicólogo de Harvard, se ha animado a profetizar cuál será la causa de los próximos grandes conflictos internacionales. Sostiene que serán choques entre civilizaciones. La idea sería digna de ser explorada si Huntington hubiera propuesto una caracterización adecuada de “civilización”. Pero no lo ha hecho. Ni siquiera ha dado ejemplos razonables. Por ejemplo, habla sobre “la civilización africana”, como si çfrica fuese homogénea. De modo que podemos olvidar al profesor Huntington, al menos hasta la próxima guerra mundial.

Sin embargo, la pregunta sigue en pie: ¿cuál será la causa más posible de los próximos conflictos mundiales? ¿Territorial? ¿Económica? ¿Cultural? Se especula poco sobre este problema, porque existe la convicción generalizada de que, acabado el comunismo, no queda lugar sino para conflictos circunscriptos. Pero se olvida una fuente comparativamente nueva: la escasez creciente de recursos naturales no renovables, que se están agotando rápidamente y que se encuentran hoy en pocos países. Por ejemplo, la mayoría de los grandes depósitos petrolíferos están en países islámicos. Y la mitad del agua dulce está en regiones remotas y gélidas, principalmente en Canadá, Groenlandia y la Antártida.

Tanto el petróleo como el agua dulce se están acabando. Dentro de unos años el petróleo crudo tendrá que venderse de a litro y no de a barril. También el agua potable, que embotellada ya cuesta más que la nafta, podrá alcanzar precios inaccesibles a los pobres.

 

Agotamiento progresivo

¿A qué se debe la escasez creciente del petróleo y el agua? Cualquiera lo sabe: a su consumo desmedido. Baste recordar que en los Estados Unidos las maniobras de la Fuerza Aérea consumen por año tanto combustible como el que usan los transportes públicos en el curso de una década.

Basta ver el número creciente de jeeps y otros monstruos ( sports utility vehicles ) que la gente de clase media usa para movilizarse. Y basta saber que, en promedio, el hogar norteamericano gasta 500.000 litros de agua por año, o sea, diez veces más que Francia, y cien o mil más que Asia o çfrica. Y basta saber que, para regar las enormes huertas californianas, se está usando agua fósil, que se bombea a más de un kilómetro de profundidad. ¿Qué pasará cuando se perfore a mayor profundidad aún y se toque roca? La desecación de otras regiones del mundo es muchísimo peor. Por ejemplo, el desierto mongólico de Gobi ya está llegando a Pekín. El norte de la India se está vaciando desde hace un siglo. Irán e Irak se secaron hace tiempo. España y Grecia se están quedando secas. Lo mismo México y el noroeste del Brasil y de la Argentina.

Mientras tanto, la población mundial sigue creciendo por falta de una política demográfica racional y global. O sea, hay cada vez más consumidores de agua y de petróleo, y se producen alimentos en cantidades crecientes para abastecer esas bocas nuevas, al mismo tiempo que el riego y los hogares consumen cantidades crecientes de agua.

Las proyecciones del consumo de agua y petróleo están a cargo de unos pocos institutos universitarios y privados. Los economistas siguen creyendo, o al menos haciendo creer, que los recursos naturales son infinitos. O que, si no lo son, alguien inventará sustitutos (como si el agua tuviera sustitutos). Ningún gobierno, ni siquiera las Naciones Unidas, está estudiando seriamente el problema ni, por lo tanto, haciendo planes para enfrentarlo.

Unos hablan de construir acueductos de miles de kilómetros de largo, y otros, de remolcar icebergs. También hay quienes proponen embotellar agua traída de las cumbres nevadas, y otros más, instalar plantas de desalinización. Todas estas son fantasías. Es verdad que en algunos países se desaliniza el agua de mar, pero el procedimiento es todavía muy costoso y sólo puede hacerse a orillas del mar.

Pat Buchanan, el político norteamericano de extrema derecha que acaba de apoderarse del Partido de la Reforma, es más realista y al mismo tiempo siniestro. Ha hablado de anexar el Canadá a los Estados Unidos para poder usar las aguas canadienses. Sin quererlo, ha puesto el dedo en la llaga. Temo que, en algún momento, algunos países invadan a otros en busca del elixir de la vida.

Esto ocurrirá cuando incluso los ricos sientan sed: cuando la diferencia entre ricos y pobres sea reemplazada por la diferencia entre aguatenientes y sedientos.

 

Conflictos civiles

Mientras tanto, prosiguen las guerras civiles. Algunas veces son causadas, o al menos atizadas, por conflictos religiosos, por ejemplo entre musulmanes y cristianos, o entre cristianos de iglesias diferentes. Pero otras veces, tal vez las más, las guerras civiles son causadas por el ansia de apoderarse de recursos naturales, los que se vuelven tanto más escasos cuanto más aumenta la población Los diamantes son la principal causa de la guerra civil que vienen sufriendo Angola y Sierra Leona. Estos conflictos no habrían durado si las autoridades belgas le hubieran prohibido a la firma De Beers la compra de diamantes provenientes de esos países.

En cuanto a la tierra, es uno de los recursos naturales más escasos en la mayor parte del mundo. Es ciertamente la principal causa del conflicto palestino-israelí, así como de las horrendas masacres perpetradas en Ruanda y Burundi. Estos dos figuran entre los países con mayor densidad de población y, a la vez, con mayor fertilidad.

Finalmente, está el factor político. Es sabido que la política puede llevar a la guerra. Pero también puede evitarla. En efecto, se ha dicho con razón que una de las pocas leyes politicológicas es la de que entre países democráticos no hay guerras. ¿Por qué? Porque los demócratas acostumbran a dialogar y negociar en busca de un compromiso que, aunque no satisfaga a ninguna de las partes, al menos las salva de la peor ruina y del peor crimen: la guerra. Si quieres la paz prepárate para la democracia, no para la guerra.

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