La idea de proyecto nacional

Por Mario Bunge
Para La Nación

 

CUANDO alguien menciona la expresión “proyecto nacional”, los fanáticos de la libre empresa y del librecambio lo acusan de socialismo. Les parece bien que los individuos y las empresas hagan planes, pero no que los hagan los gobiernos. Creen que las naciones debieran ir a la deriva, a lo sumo guiadas por la Providencia, o al menos por la Mano Invisible. Pero, dado que tanto la una como la otra son inescrutables, en realidad esos doctrinarios nos invitan tácitamente a que nos pongamos en sus manos. “No te preocupés, pibe. Yo te lo arreglo todo.”

Sin embargo, no todos los defensores del capitalismo son fundamentalistas. También los hay inteligentes y que se preocupan por los problemas sociales. Por ejemplo, en febrero, cuando el presidente George W. Bush anunció su plan de rebajar las tasas de impuestos a los réditos de los ricos, hubo vigorosas protestas de una pléyade de multimillonarios. Entre ellos figuraban David Rockefeller, George Soros y el padre de Bill Gates, el hombre más rico del mundo.

Todos ellos adujeron que la medida propuesta por Bush es socialmente injusta y fiscalmente irresponsable. Lo primero, porque da más al que ya tiene mucho, en lugar de usar la recaudación de impuestos para paliar la desigualdad social. Y lo segundo, porque, al disminuir los impuestos, también disminuirá la recaudación fiscal, lo que obligará al gobierno a inventar nuevos impuestos para equilibrar el presupuesto, lo que a su vez empeorará las desigualdades sociales.

Pero el presidente W., que se denomina a sí mismo “conservador compasivo”, desoye los consejos de gente que, además de saber hacer dinero, sabe qué hacer con él, y que, por añadidura, ve más lejos que un provinciano codicioso. También desoye las consultas de opinión, que revelan que solo el 22 por ciento del pueblo norteamericano está de acuerdo con su propuesta.

Pocos días después habló Charles Baillie, presidente del Toronto Dominion Bank, el banco más rico de Canadá. Su discurso fue motivo de un editorial de The Globe and Mail , vocero de la comunidad empresarial canadiense. Esta nota empieza diciendo: “También los banqueros sueñan, y no solo con utilidades y fusiones. Sueñan con hacer del Canadá un lugar mejor para vivir”.

Baillie habló sobre lo que más interesa a los canadienses, que no son los impuestos, pese a que se cuentan entre los más elevados del mundo. Son los problemas sociales, tales como los de la educación, la salud pública y el desamparo. Todos estos son minúsculos comparados con los problemas del Tercer Mundo, e incluso menos graves que los de los Estados Unidos. Aun así, se han agravado en el curso de la última década. Por ejemplo, el nivel de vida bajó del cuarto puesto al séptimo, el ingreso disponible se estancó y la desigualdad de ingresos aumentó.

Nuestro banquero no se contentó con deplorar los problemas sociales que aún aquejan a los canadienses. Tuvo la osadía de proponer un plan nacional de quince años que se proponga sobrepasar el nivel de vida de los Estados Unidos. Y sostuvo que, si lo ha logrado Luxemburgo, también puede lograrlo el Canadá, ya que su presupuesto tiene un enorme superávit. El banquero propone dedicar este superávit a gastos sociales en lugar de regalárselo a los ricos.

Según el señor Baillie, la prioridad debería tenerla la educación superior. Hay que gastar más en universidades, para renovar su infraestructura deteriorada y aumentar el número de profesores por alumno. (Aclaración para los lectores que no estén al tanto de la calidad de las cinco docenas de universidades canadienses: aunque las hay mediocres, ninguna de ellas es mala, ninguna es una fábrica de diplomas, ninguna es una empresa comercial, y en todas ellas se hace investigación original en ciencias, técnicas y humanidades.)

 

La conveniencia de planear

¿Cómo pueden ayudar los bancos? Según Baillie, pueden hacerlo detectando mejor lo que llama el capital intelectual, o sea, el conjunto de personas cuyo principal trabajo consiste en pensar. Y pueden usar su conocimiento para estimular el crecimiento de las empresas en las que el conocimiento es un insumo importante (la llamada economía del conocimiento).

De modo, pues, que el señor Baillie quiere que el gobierno, lejos de ser espectador de este proceso, intervenga en él. De hecho ya lo está haciendo, porque las principales fuentes de recursos de las universidades canadienses son el gobierno federal y los gobiernos provinciales. Pero nuestro banquero quiere que el apoyo oficial aumente considerablemente.

¿Qué dirán los fanáticos del laissez-faire y del Estado mínimo? ¿Acusarán al banquero Baillie de ser un criptocomunista o un idiota útil? Hasta ahora no han abierto la boca. Parecería que la mayor concentración de los llamados capitalistas “salvajes” no se da en la comunidad empresarial sino en las clases política e intelectual.

Los grandes capitalistas saben que hoy día los capitales financiero, comercial e industrial nada pueden sin el capital intelectual. En particular, saben que el mercado de capital está lleno de venture capitalists ansiosos de detectar individuos con ideas brillantes, capaces de iniciar empresas que produzcan productos vendibles.

Ya no suele darse el caso del inventor de la xerografía, un físico que tuvo que esperar casi veinte años hasta encontrar un capitalista que lo financiara. Ahora hay que correr para poder quedarse en el mismo lugar. Hoy, bancable ya no significa meramente aceptable, sino intelectualmente excitante y por lo tanto con gran potencial (y el correspondiente riesgo) comercial.

Pero volvamos al tema central, que era la conveniencia de planear. Hay que planear no solo en pequeño sino también, y sobre todo, en grande. Hay que proponerse metas ambiciosas pero alcanzables. Hay que diseñar proyectos en todas las escalas: “micro”, “meso” y “macro”.

Quien no planea es víctima de algún planificador. Si esto se sabe en países tan diferentes como Luxemburgo y Canadá, ¿llegará a saberse en la Argentina?

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