Las cuatro caras de la política

Por Mario Bunge
Para LA NACION
 

MONTREAL
La política tiene cuatro caras: contenciosa, clientelística, legislativa y administrativa. Los políticos presentan la primera cara cuando luchan por el poder; la segunda, cuando prometen o hacen favores a sus electores; la tercera, cuando redactan, debaten o votan leyes, y la cuarta, cuando gobiernan.

El público sólo ve las aristas de este cuadrado. No ve la labor silenciosa y a veces constructiva de las comisiones parlamentarias. Ni ve la máquina que administra bien o mal los bienes públicos, tales como la infraestructura, las plazas y los hospitales. Tampoco suele meterse en las oficinas donde se hace la alquimia que transforma dinero en papel, y papel en más papel, sólo una mínima parte del cual gatilla acciones.

Curiosamente, tampoco los politicólogos suelen escudriñar las entrañas de la política. En efecto, casi todos ellos sólo se ocupan del aspecto contencioso de la política, o sea, de la lucha por el poder. Pero ésta no se comprende adecuadamente si no se atiende también a los demás aspectos, en particular el clientelístico.

Por ejemplo, en los Estados Unidos las campañas electorales son tan costosas, que un precandidato a cualquier cargo público tiene que comenzar por amasar enormes cantidades de dinero. ¿Y de dónde sale éste? No sale de las cotizaciones y donaciones de los afiliados y simpatizantes del partido. La mayor parte de ese dinero no pasa por la tesorería del partido, sino que va a parar directamente al fondo electoral del precandidato o candidato.

¿De dónde provienen esas gruesas sumas de dinero? De corporaciones, que a menudo dan a los dos grandes partidos por igual, y de gente adinerada. (Recordemos que en los Estados Unidos hay más de un millón de millonarios, y varios millones de aspirantes a serlo.) Es por esto que el conocido comentarista político William Pfaff ha sostenido recientemente, en el prestigioso diario The Washington Post , que el régimen político norteamericano ya no es democrático sino plutocrático. (Dicho sea de paso, Pfaff, ex guerrero frío, es más bien conservador.)

 

El dueño del gobierno

Otros politicólogos se han preguntado abiertamente quién es el dueño del gobierno norteamericano. Éstas son indudablemente exageraciones, porque ningún político puede defender exclusivamente los intereses de corporaciones sin correr el riesgo de perder votos, que al fin y al cabo son lo que más apetecen. Pero la acusación es alarmante, sobre todo cuando se la combina con el dato de que más de la mitad del electorado norteamericano no se toma la molestia de concurrir a los comicios. ¡Qué modelo para imponer al resto del mundo!

A su vez, el aspecto clientelístico de la política ayuda a comprender el legislativo. Por ejemplo, casi todas las iniciativas progresistas del presidente Bill Clinton fueron derrotadas por la oposición de legisladores (de ambos partidos) cuyas cajas electorales dependían de las contribuciones de fabricantes de armas o de cancerillos (vulgarmente llamados cigarrillos), de propietarios de casinos y otros benefactores de la humanidad.

En cambio, algunas de las incoherencias de la política exterior norteamericana se explican por el aspecto contencioso. Por ejemplo, para no enajenar a los votantes judíos, se han tolerado durante decenios las graves y repetidas transgresiones del gobierno israelí a la Carta de las Naciones Unidas.

Otro ejemplo: la política genocida que viene practicando el gobierno turco contra los 20 millones de kurdos y su política agresiva en Chipre se toleran porque se valora la contribución turca a la OTAN.

Si el gobierno norteamericano fuera coherente en política exterior, habría instado a la OTAN a bombardear Tel Aviv y Ankara con el mismo entusiasmo con que bombardeó a la población civil de Belgrado, para obligar a los respectivos gobiernos a respetar las buenas costumbres internacionales.

 

Actos de corrupción

La cara administrativa de la política es la menos atractiva pero la más importante. A casi nadie le importa lo que ocurre en las comisiones parlamentarias, pese a que son los viveros legislativos. Tampoco tiene interés televisivo lo que pasa en las oficinas ministeriales, pese a que allí se cocinan (y a veces queman) los bienes públicos.

Esta maquinaria de la administración pública sólo se escudriña cuando salen a la luz casos de corrupción. Sin embargo, es de enorme interés público y académico. Baste pensar que suele ser más voluminosa y complicada que cualquier empresa privada. Más aún, el gasto público suele aumentar incluso bajo gobiernos neoliberales que, como el de Margaret Thatcher, se propusieron desmantelar el aparato estatal.

Además, la administración pública tiene tanto semejanzas como diferencias con la administración de empresas privadas. En ambos casos debe procurarse maximizar la eficiencia, es decir, la razón del producto al insumo. Pero se supone que los beneficiarios de semejante racionalización son el público en un caso y el empresario en el otro.

Aunque esta diferencia es obvia, no es fácil ponerla en práctica. En primer lugar, el Estado debe mantener servicios que, desde el punto de vista contable, son deficitarios. Ejemplos: educación superior, apoyo a la investigación científica, y museos. Pero el punto de vista contable es necesariamente sectorial y miope. Por consiguiente, debe ser corregido por la óptica del estadista esclarecido que mira la sociedad en su conjunto y a largo plazo.

En segundo lugar, en muchos países el Estado no se limita a proveer servicios, sino que es netamente clientelístico. Es un instrumento del partido político en el poder, que le permite amasar los votos de gentes que carecerían de ingreso de no gozar de sinecuras estatales. (Ejemplos obvios: los gobiernos mexicano y de La Rioja durante la gobernación de Carlos Menem.) Es imposible combatir esta corrupción del Estado sin ofrecer alternativas realistas. Y para concebir tales alternativas hace falta información e imaginación sociológicas, dotes excepcionales en la clase política.

En resumen, políticos y politicólogos tienen mucho camino por hacer para comprender y controlar una de las principales invenciones sociales: la multifacética política.

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