Las industrias del sexo

Por Mario Bunge
Para La Nación
 

MONTREAL
CUANDO se menciona la industria del sexo, suele pensarse sólo en la prostitución. Pero ésta no constituye sino uno de los sectores de la industria del sexo. Hemos progresado tanto, que hoy día el movimiento de capital de la prostitución se estima en apenas poco más de 20.000 millones de dólares, aun contando el sexo por teléfono y por Internet.

Este movimiento es inferior al de las industrias de la pornografía impresa, los espectáculos pornográficos (bataclán, strip tease y filmes osados) y el turismo sexual. A su vez, éstas son industrias de poca monta en comparación con el machismo, la sexofobia y la sexomanía. Me explicaré.

El machismo es y ha sido durante milenios la principal industria del sexo, ya que consiste en la explotación de todo el sexo femenino, no tan sólo de unas pocas prostitutas. Consiste en relegar el trabajo de la mujer a lo cotidiano, a las tareas que no requieren gran acumen ni lucha por el poder. También consiste en menospreciar el trabajo doméstico, considerándolo como improductivo porque no figura en la contabilidad nacional.

El machismo no existiría sin el apoyo de las escuelas, ideologías y literaturas que proclaman dogmáticamente la inferioridad intelectual de la mujer. Gracias a ellas, las niñas son educadas como esclavas domésticas o industriales. Son víctimas de la ideología que los alemanes llaman de las tres K: Kirche, Kinder, Küche (“iglesia, niños, cocina”).

Suele desalentarse a las niñas desde temprano, a punto tal que casi todas terminan por creer que son inferiores a los varones y no se atreven a emprender tareas que tradicionalmente han sido asignadas a los hombres.

Es verdad que unas pocas mujeres resisten estas presiones familiares y sociales, y se destacan tanto o más que los varones. Pero para lograrlo deben trabajar y luchar mucho más duramente que ellos. Incluso deben desafiar la sospecha de que, para subir la escalera, se han acostado en cama ajena.

Aunque el movimiento feminista ha ganado mucho en el curso del siglo que se termina, aún no ha logrado realizar el ideal de “a igual trabajo igual salario”. En casi todas partes, incluso en las universidades de los países avanzados, los varones ascienden más rápidamente y ganan más que las mujeres.

 

Discriminación salarial

Cuando una catedrática que conozco se quejó de ser objeto de discriminación salarial, su universidad nombró una comisión para investigar su denuncia. Los tres miembros de la comisión eran varones. No es necesario preguntar cómo falló.

Es verdad que todavía hay algunas sociedades matrilineales, las que por cierto se desenvuelven bastante bien. Pero no se conoce más de media docena de ellas, y están en regiones remotas de la India y de China. Además, no deberían tomarse como modelos, porque son el reverso de las patrilineales: en efecto, en ellas los varones son oprimidos. En una sociedad justa, ambos sexos pesan por igual.

La opresión femenina ha provocado dos movimientos feministas. Uno es el clásico movimiento político que lucha por extender los derechos del varón a la mujer. Es un movimiento admirable y bastante exitoso.

El otro movimiento feminista está confinado a los claustros universitarios. Las que lo componen no son valientes militantes de una causa noble, sino profesoras fracasadas que se han labrado un confortable nicho propio. Allí practican una industria menor del sexo, consistente en denunciar toda la cultura superior, en particular la científica, como una siniestra maniobra masculina para oprimir a las mujeres.

Créase o no, estas feministas profesionales sostienen que la razón y, en particular, la lógica y la ciencia son “androcéntricas” e incluso “falocéntricas”. Algunas de ellas han inventado la filosofía feminista, industria que atrae a las jóvenes que buscan pretextos para no abordar temas difíciles. El único resultado es, desde luego, desalentar a las mujeres de que estudien ciencias y técnicas, dejándoles el campo libre a los varones. O sea, el feminismo académico tiene un efecto bumerán.

Ya se está por acabar el espacio que me han asignado y todavía no he denostado otras dos industrias del sexo: la sexofobia y la sexomanía. Aunque se oponen entre sí, ambas son manifestaciones de la obsesión por el sexo. Las iglesias cristianas y el psicoanálisis se odian, pero coinciden en que el sexo es la raíz de todos los males, como ya lo cuenta el libro del Génesis.

 

Caninos y humanos

Sería interesante hacer un estudio científico de ambas obsesiones, empezando por averiguar si se dan naturalmente en algunos individuos o sólo se manifiestan cuando entran en contacto con los textos respectivos. Supongo que, puesto que el centro del placer sexual está ubicado en el cerebro, debe de ser susceptible a alteraciones químicas que disminuyan o exacerben su actividad.

Yo no soy competente para emprender tales estudios, de modo que me limitaré a contar dos casos de parientes bastante cercanos: el ovejero alemán de un amigo y mi perro salchicha favorito. El primero era un ejemplar tan hermoso, que un vecino lo pidió prestado para que se aparease con su perra. Al cabo de pasar unas horas inactivo en el recinto nupcial, el perro, que era virgen, quedó tan disgustado, que vomitó. Un caso claro de sexofobia.

Mi perro salchicha era todo lo contrario: un donjuán que no dejaba perra sin cortejar ni rival sin desafiar. Murió entre las quijadas de mi gran danés, con el que se había disputado la posesión de una perrita encantadora. Un caso claro de sexomanía.

La única diferencia que veo entre estos casos caninos y los humanos es ésta: los perros no transformaron sus trastornos en doctrinas ni, por lo tanto, cobraron por propagarlas. ¡Y pensar que todavía hay gente que persiste en afirmar que los humanos somos superiores en todo a los perros!

Moraleja: todos tenemos derecho a una modesta cuota de defectos y obsesiones, pero nadie tiene derecho a transformarlas en ideología o en negocio.

2 comentarios to “Las industrias del sexo”

  1. nayra Says:

    No se permite insultar y escribir barbarismos

  2. nayra Says:

    Los comentarios son una herramienta para el intercambio racional de ideas y no para insultar o escribir sinsentidos

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