Entre libertarios y comunitarios

Por Mario Bunge
Para La Nación
 

MONTREAL.- Para los libertarios, el valor máximo es la libertad. Para los comunitarios, lo es la solidaridad. Los primeros son individualistas, mientras que los segundos son globalistas.

Los pocos anarquistas que quedan y los neoliberales, que abundan últimamente, son libertarios. Los primeros son, o más bien eran, libertarios de izquierda, mientras que los segundos lo son de derecha.

La diferencia entre una y otra clase de libertarios es que los primeros proponían la emancipación de todo el mundo, mientras que a los segundos sólo les interesa la libertad de empresa. Por lo demás, la consigna de unos y otros es: “¡Viva yo!” Los judíos ortodoxos, católicos, musulmanes y otros son comunitarios, al menos de palabra: ponen la sociedad, o al menos sus propias comunidades, por encima de la persona. (Es verdad que también hay o hubo católicos personalistas, pero siempre fueron una pequeñísima minoría de intelectuales.) Los comunitarios son totalitarios en el sentido original de la palabra: les interesa por sobre todo lograr o conservar la cohesión de alguna totalidad social, aunque sea sacrificando los derechos de la persona. Su consigna es: “¡Viva la sociedad!” ¿Cuál de las dos fracciones tiene razón? Argüiré que ninguna de ellas posee la verdad íntegra.

Los libertarios están errados porque nadie alcanza o conserva su libertad sin ayuda ajena. Y porque no hay libertad para todos cuando algunos son mucho más poderosos que otros. Por ejemplo, al llevar al mercado lo que produzco, cuento con bienes y servicios públicos, tales como calles y fuerzas de seguridad. También cuento con la buena fe, e incluso la buena voluntad, de casi todas las personas con las que he de tratar: no hay mercado sin un mínimo de confianza en el prójimo.

 

Nadie es tan libre

También los comunitarios están equivocados, porque las instituciones se deterioran sin el esfuerzo y la vigilancia de sus componentes individuales. Y para que un individuo pueda actuar en defensa de una institución debe tener algún aliciente. Además, debe gozar de libertad para hacerlo, lo que es imposible en un régimen en el que todo está supeditado a alguna instancia supraindividual.

De hecho, ningún ser humano ha vivido tan libremente como lo sueñan los libertarios y nadie ha logrado un régimen comunitario perfecto, en el que incluso los sueños estén controlados por el patrón o por el Estado. (A propósito, les recomiendo El palacio de los sueños , de Ismail Kadaré.) Incluso bajo gobiernos neoliberales el individuo se sujeta voluntariamente a ciertas restricciones en favor del bien común. Por ejemplo, a todo el mundo le conviene respirar aire puro, beber agua potable, andar por las calles sin temor a ser asesinado, y contener las epidemias. Y para conseguir o conservar estos bienes comunes hay que pagar impuestos y cumplir ciertas leyes.

Análogamente, incluso bajo gobiernos totalitarios queda alguna libertad individual. Aunque sólo sea la de protestar en voz baja, arrastrar los pies, pensar al revés de lo que mandan y tomar la iniciativa en asuntos menores. Si no hubiera un mínimo de libertades individuales, nadie podría gozar de la vida de vez en cuando, ni hacerse responsable de sus actos ni, por lo tanto, servir eficaz y fielmente al Estado.

¿Qué partido tomar si no nos convencen libertarios ni comunitarios? La solución es sencilla, al menos en el papel: consiste en adoptar la ética que llamo “yotuista”, síntesis de egoísmo con altruismo. Su principio máximo es: “Disfruta de la vida y ayuda a vivir”. Este principio implica que no hay derechos sin deberes ni deberes sin derechos.

A su vez, esta ética sugiere una filosofía política equidistante entre el individualismo, que es disolvente, y el comunitarismo, que es aglutinante hasta el punto del ahogo. Esa filosofía política predica tanto la libertad individual como la obligación del individuo de contribuir al bien común.

El valor supremo no es el individuo aislado ni el sistema como un todo, sino la pareja individuo-sistema: el individuo que funciona en un sistema favorable a sus intereses, y el sistema que favorece las aspiraciones legítimas del individuo. La acción individual se juzga a la luz del sistema y éste es juzgado a la luz de los beneficios que acarrea al individuo.

¿Cómo llamar a esta alternativa al libertarismo y al comunitarismo? El nombre filosóficamente adecuado es “sistemismo”, porque, según éste, no hay individuos sueltos ni totalidades que no sean analizables en términos de individuos ligados entre sí. Pero no me hago ilusiones sobre el atractivo popular de este nombre.

¿Y qué orden sociopolítico podría poner en práctica estos principios? No hay que buscar muy lejos: basta con ampliar las democracias conocidas más prósperas y equitativas, que son a la vez las más estables y progresistas. Éstas son las que imperan en los países escandinavos, así como en Holanda y Bélgica y, en menor medida, en Alemania, Francia, Japón y Canadá.

 

Fórmula sociopolítica

¿En qué sentido habría que ampliar estas democracias políticas combinadas con el llamado Estado de bienestar? Habría que incrementar la participación de toda la población en el disfrute de los acervos material y cultural, y habría que reducir aún más la discriminación contra las mujeres.

Mi propuesta no es sino una confirmación y extensión del ideal de la Revolución Francesa de 1789, inscripto en los frontispicios de los edificios estatales franceses, y que los escolares y los políticos vienen repitiendo sin entender ni compartir cabalmente.

Creo que ese viejo ideal sigue en pie, pero necesita ser puesto al día en dos puntos. Primero, hay que reemplazar “fraternidad” por “solidaridad”, para incluir explícitamente al sexo fuerte. Segundo, hay que agregar la competencia técnica, ineludible en el gobierno de sociedades tan complejas como son las actuales. O sea, la fórmula sociopolítica que propongo es: “Libertad, igualdad, solidaridad, idoneidad”.

Preveo numerosas cartas de lectores que sostendrán que mi propuesta es utópica. Concedido. Pero admítase también que más de una utopía fue llevada a la práctica. Y que la vida sin ideales no es noble ni interesante.

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