Sorpresas del voto popular

Por Mario Bunge
Para La Nación

MONTREAL.- Hace pocas semanas hubo elecciones nacionales en los tres países firmantes del Tratado Norteamericano de Libre Comercio, o Nafta: México, los Estados Unidos y Canadá. Puede ser instructivo compararlas.

Empecemos por la elección canadiense, la más aburrida. Tanto, que votó sólo el 64 por ciento del electorado, proporción bastante inferior a la habitual, que oscila entre el 75 y el 85 por ciento. (En el referéndum sobre la independencia de Quebec, realizado en 1995, votó el 95 por ciento.) La campaña electoral duró sólo cinco semanas y costó en promedio tres dólares por voto, un décimo del costo promedio de los votos norteamericanos. Se presentaron cinco partidos importantes y varios marginales, entre ellos el Partido Marxista-Leninista, el Partido Marihuana (por la legalización del yuyo) y el Partido Ley Natural (la levitación resolvería todos los problemas). No hubo irregularidades.

Ganaron de lejos los liberales, que hoy día hablan por la izquierda y actúan por la derecha. El principal partido de oposición sacó el 22 por ciento de los votos. Es un partido de extrema derecha, encabezado por un protestante fundamentalista que no conoce otros libros que la guía telefónica y la Biblia, que cree que el mundo fue creado hace 6000 años y que los hombres alternaron con los dinosaurios, y que se propone desmantelar el Estado de bienestar, subvencionar las escuelas religiosas con fondos públicos, favorecer la enseñanza del creacionismo, prohibir el aborto y reimplantar la pena de muerte. Perdió pese a las enormes donaciones que consiguió y al apoyo que tuvo de la prensa dominada por un poderoso capitán de industria.

Las elecciones mexicanas fueron sorprendentes por ser excepcionalmente limpias y por acabar con setenta y un años de reinado priista. Muchos temíamos que el PRI no se resignase a la derrota y organizase un golpe de estilo Fujimori. Nos equivocamos. Los mexicanos son más maduros de lo que habíamos creído.

El nuevo presidente mexicano, pese a encabezar un partido netamente reaccionario, ha empezado bien: en tono conciliador, en busca de ministros capaces fuera de su partido y, al parecer, decidido a terminar con la corrupción y a achicar un Estado excesivo. Ojalá tenga éxito en este empeño. Pero nadie se hace ilusiones: el Estado providencial y la corrupción son herramientas de control social en un país que se caracteriza por una desigualdad de ingresos que figura entre las mayores del mundo.

También las elecciones norteamericanas fueron sorprendentes. Dada la pequeña diferencia ideológica entre los dos partidos tradicionales, todos habían anticipado que la lucha sería reñida. Pero nadie esperó que la decisión final dependiera de 500 votos sobre un total de 100 millones. Ni se esperó que Hillary Clinton, acusada de inteligente, paracaidista y simpatizante de la causa palestina, ganara tan fácilmente su banca de senadora por el estado de Nueva York. Tampoco se anticiparon las formas sutiles de fraude que se cometieron en el escrutinio del estado de Florida.

En los demás aspectos, la campaña electoral fue clásica. Duró casi un año, abrumó a los ciudadanos y costó 3000 millones de dólares. El dinero que ingresó en la caja electoral republicana provino principalmente de grandes corporaciones, de la Coalición Cristiana y de la Asociación Nacional del Rifle. Poderoso caballero es Don Dinero, sobre todo cuando se alía con la cruz y la escopeta.

 

Apatía cívica

En estas elecciones votó, como de costumbre, sólo la mitad del electorado. Esta apatía cívica se explicó de muchas maneras: cualquiera que ganara haría un buen gobierno, o ambos eran bandidos; la gente estaba satisfecha, o la gente estaba desilusionada; uno de los candidatos era demasiado inteligente, y el otro era un hijo mimado que se dedicó a beber hasta la edad de cuarenta años; uno carecía de experiencia y el otro tenía demasiada, etcétera. En todo caso, el nuevo presidente resultó electo por el 25 por ciento de la ciudadanía, lo que no lo hace muy representativo.

La reacción de Wall Street al primer anuncio de la victoria de George W. Bush y su compañero de fórmula, ex ejecutivo de una firma petrolera, fue visceral: subieron fuertemente las accciones de las compañías tabacaleras y de fármacos, así como las de Microsoft. Los corredores de bolsa sabían que el gobernador de Texas protegería esos intereses. Los votantes no sabrán por quién han votado, pero los financistas lo saben muy bien.

Sin embargo, también estos estuvieron divididos. Hubo quienes desearon la victoria de Bush por ser, como dijo Ralph Nader, “una corporación disfrazada de hombre”. Pero también hubo financistas responsables que objetaron su candidatura porque había prometido disminuir los impuestos a la renta en lugar de pagar la enorme deuda exterior, rémora que impide rebajar las tasas de interés.

En resumen, de las tres elecciones, la única que creó un período de incertidumbre fue la norteamericana. Del Canadá se espera que prosiga su política liberal (en ambos sentidos de la palabra) y que el movimiento independendista de Quebec siga debilitándose. De México esperamos que cambien algunos malos hábitos, se formen nuevas alianzas políticas y se resuelva el conflicto de Chiapas. Y de los Estados Unidos se espera que al nuevo presidente-emperador se le bajen los humos.

Por lo pronto, el nuevo mandatario norteamericano tendrá que hacer frente a la recesión económica que, inevitablemente, seguirá a una prosperidad incomparable. Esto hará más difícil su camino hacia la reelección. Además, el mundo ha empezado a ver al Mandalluvias del Planeta como un producto de Disneyworld, algo así como el ganador de una pelea entre el Pato Donald y Goofy.

Hemos mirado tres elecciones muy diferentes. Lo único que tienen en común es que han sido bastante limpias y que sus resultados no fueron previstos correctamente por ningún periodista ni politicólogo. ¿Cuándo aprenderán los politicólogos que las predicciones ponen a prueba las hipótesis y, con ello, la calidad de la disciplina en cuestión?

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