Francisco Romero

Por Mario Bunge

Desde la muerte de Alejandro Korn en 1936 hasta la suya propia, acaecida inesperadamente en 1962, Francisco Romero fue unánimemente considerado como el filósofo universitario argentino más importante de su tiempo. (José Ingenieros había sido mucho más influyente, y aún no ha sido completamente olvidado, pero no ejerció la cátedra universitaria. Además, había pertenecido al bando de enfrente, el de los  “positivistas” o cientificistas.)

Romero se destacó por alentar entusiasta y generosamente los estudios filosóficos en Latinoamérica, independientemente de las escuelas en que se encerraran. Lo hizo no sólo en el Instituto Superior del Profesorado Secundario y en las Universidades de Buenos Aires y La Plata, anque el peronismo lo obligara a renunciar en 1946. También lo hizo en el Colegio Libre de Estudios Superiores y desde la Biblioteca Filosófica que fundó y dirigió en la editorial Losada.

(A propósito, la acumulación de cargos, o multichambismo, como se la llama en mexicano, es característica de los países subdesarrollados. Ella es inadmisible en los desarrollados, por considerarse que la investigación original, a diferencia de la difusión, exige dedicación exclusiva. Pero en la Argentina de esa época sólo algunos científicos, y en primera línea Bernardo A. Houssay Enrique Gaviola y Félix Cernuschi, lo comprendieron. Yo fui el primer profesor de filosofía de tiempo completo en la UBA. No sé si después hubo otros.)

Además de ejercer una considerable influencia intelectual, Romero dio un ejemplo moral que, por cierto, no siguieron sus colaboradores más próximos. En efecto, se rehusó a acatar a las autoridades universitarias impuestas por el gobierno peronista, a consecuencia de lo cual renunció a sus cátedras universitarias. Además, pocos años después fue encarcelado a causa de sus opiniones políticas. (Creo que él y yo fuimos los  únicos filósofos argentinos que tuvimos esa experiencia.)

Romero ejerció su magisterio tanto en la cátedra como desde la editorial y desde su casa, al mantener una nutrida correspondencia con mu­chísimos estudiosos de la filosofia de toda Latinoamérica. Recuerdo ví­vidamente sus esquelas, escritas en hojitas con membrete de la Biblioteca Filosófica de la editorial Losada. Eran claras, breves e iban al grano. ¡Qué contraste con sus divagaciones filosóficas!

En efecto, Romero fue prisionero de la filosofía idealista alemana a caballo entre los siglos XIX y XX. Y esa filosofía no se caracterizó precisa­mente por su claridad ni por su cercanía a los demás campos del saber. En particular, se mantuvo distante de la ciencia, excepto que ejerció una influencia negativa sobre los estudios sociales, al sostener que no podían realizarse de manera científica, y que eran totalmente disyuntos de las cien­cias naturales (pese a la existencia de ciencias biosociales tales como la antropología, la psicología, la lingüística a incluso la geografía.) Además, esa filosofía ignoró la nueva lógica matemática y, a fortiori, su uso como herramienta analítica.

Parte de la germanofilia filosófica de Romero era su menosprecio por la filosofía anglosajona, a la que consideraba superficial, quizá por no ocuparse sino marginalmente de metafísica y por ser clara. Una vez me dijo que los filósofos ingleses sólo escribían ensayos, en tanto que los germánicos escribían gruesos tratados. Obviamente, nunca vio los dos grue­sos tomos de Principia mathematica, de Russell y Whitehead.

Romero tampoco apreciaba la filosofía del Iluminismo francés. Creía que era mero periodismo. Y alguna vez repitió la opinión de Ortega, de que “el siglo XIX había sido estúpido”, pese a que fuera el siglo de Marx, Dar­win, y del nacimiento de numerosas ciencias nuevas, tales como la lógi­ca matemática, la física de campos, la genética, la psicología experimental y la antropología. Sin embargo, Ortega y Romero no eran excepciones: la enorme mayoría de los filósofos vive aun hoy sin interesarse por lo que sucede en la ciencia y en la técnica, como si no tuvieran el privilegio y el deber de ser generalistas.

En mi opinión, Francisco Romero no fue un pensador original. Se limitó a difundir, exponer, comentar y bordar obras de sus pensadores fa­voritos, todos ellos filósofos del ámbito germánico: Franz Brentano,Wilhelm Dilthey, Edmund Husserl, Max Scheler y Nicolai Hartmann. Al igual que Korn, compartía sus concepciones idealistas, su lenguaje im­preciso, y su oposición al cientificismo, que en nuestro medio anticuado se llamó «positivismo». Pero, igual que Ortega y a diferencia de sus mo­delos filosóficos, Romero respetaba la ciencia, aunque tal como se res­peta a un personaje remoto.

Me encontré por primera vez con Romero una tarde de 1943, en el Colegio Libre de Estudios Superiores, modelo de organización volun­taria de bien público. Fue a la salida de una de sus conferencias en la Cátedra  Alejandro Korn, que él había fundado en homenaje a quien consi­deraba su maestro y el gran filósofo argentino. Romero tenía entonces 52 años, y yo 24.

Al enterarse de que yo estudiaba física, Romero me preguntó qué pensaba sobre las (mal) llamadas relaciones de incertidumbre, de Heisen­berg. Al responderle que se trataba de un seudoproblema, me respondió: «Eso es lo que dicen los neopositivistas» . Aquí terminó nuestro primer diálogo.

Después volvimos a vernos algunas veces, casi siempre en el Colegio Libre, y en relación con la revista filosófica Minerva, que fundé y dirigí entre 1944 y 1945. Romero me ayudó entusiasta y eficazmente a for­marla, dándome los nombres y domicilios de muchos filósofos de todo el continente. También colaboró en la revista, con un artículo sobre las concepciones del mundo. Fue uno de sus pocos artículos. Romero era hombre de libros, no de revistas. No le interesaba mantenerse al día con la producción filosófica. Le bastaban sus clásicos favoritos y un puñado de problemas que creía ubicados fuera del tiempo. No en vano era idealista.

El mismo número de Minerva en que apareció su artículo, anuncié el cese de la publicación de la revista, y publiqué un editorial en el que sos­tenía que, aunque la guerra militar había terminado, la ideológica prose­guiría. Para mí, ésta era la guerra entre el iluminismo, aliado de la demo­cracia, y el oscurantismo inherente al fascismo y al nazismo. También publiqué una lista de algunos de los filósofos, principalmente alemanes que se habían comprometido con el nazismo. (Un cuarto de siglo des­pués, en conferencias pronunciadas en Alemania, los denuncié como Kulturverbrecher, o sea, delincuentes culturales.)

Me enteré por amigos comunes de que a Romero le disgustaron tan­to el editorial como la lista de delincuentes culturales. Supongo que ése fue el motivo por el cual dejamos de vernos durante una década. En 1950, cuando me interesé en la dicotomía analítico/sintético, lo llamé por teléfono preguntándole si tenía la historia de la lógica de Trendelenburg, que yo deseaba consultar. Me dijo que sí, pero que no podía recibirme porque tenía visitas. Caída la dictadura, Romero convocó a una reunión para formar la Sociedad Argentina de Filosofía [S.A.F.], a la que no me invitó

No es que Romero simpatizara con la ideología fascista. Al contrario: era un demócrata consecuente, aunque no comprendió que la ideología nazi tenía un núcleo filosófico irracionalista, el blanco de Minerva. Además, me consta, porque me lo dijo, que despreciaba al existencialismo. Y esto no tanto por su irracionalismo sino porque trataba asuntos, tales como la angustia y la muerte, que Romero no consideraba filosóficos.

Sentía particular desprecio por los existencialistas criollos porque, además de intentar copiar a Heidegger, se habían puesto al servicio de la dictablanda peronista. Supongo que Romero creía que la filosofía debía mantenerse au dessus de la mêlée 1.

Romero había seguido la carrera militar y se había retirado con el grado de capitán después de trabajar en la División de Cartografía del Ejército. ¿Influyó esa experiencia sobre su manera de pensar? Creo que no lo afectó en lo que más importa, que es la independencia intelectual y, en particular, lo que le gustaba llamar la actitud problematizadora. (Irónicamente, ésta no era característica de sus héroes filosóficos, quienes escribían de corrido, sin detenerse a examinar posibles dificultades ni objeciones.)

Además, la personalidad de Romero no era autoritaria. Por ejemplo, cuando se le confió la dirección del Departamento de Filosofía, de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA, don Francisco nos convocó a todos los miembros y nos dijo que asumía la función de coordinar nuestro trabajo, no la de dirigirnos. De hecho, ni eso hizo: cada uno de nosotros siguió haciendo lo que quiso.

Romero era una persona de trato llano y cordial. Para conmigo fue también bondadoso. No sólo me ayudó a armar Minerva, sino que también me hizo disfrutar del gran novelista Eça de Queirós, otro anticlerical. También me hizo admirar la obra del segundo Nicolai Hartmann, el que se había desembarazado de la fenomenología y se había acercado un poco a la ciencia, aunque seguía considerando la raza como una categoría ontológica.

Romero también intentó hacerme leer la historia de la filosofía de Vorländer, encomiándomela por tratar de problemas antes que de autores. Incluso agregó la carnada de que Vorländer había sido socialista. Pero no la tragué, porque el libro me pareció pesado y superficial. En cambio, cuando visité la magnífica biblioteca de la Universidad de Padua recordé una observación casual de Romero durante una de nuestras conversaciones, y consulté los cuatro tomos de la Wissenschaftslehre, del gran matemático y filósofo neo-leibniziano Bernhard Bolzano, a quien admiro desde entonces.

Creo que esa era la manera favorita de enseñar que tenía Romero: informando, emitiendo opiniones y aconsejando lecturas, en lugar de provocar diálogos sobre problemas filosóficos. Estaba tan alejado del maestro que provoca, inspira y guía como del que impone, exige y reprime. No era un capitán del ejército puesto a enseñar, sino un pensador solitario que se dedicaba a enseñar después de haber pasado por el ejército como quien pasa un tiempo trabajando en un negocio. ¡Qué contraste con el taimado capitán Augusto Pinochet, también geógrafo militar, que había enseñado en el colegio militar chileno y que ocultó cuidadosamente sus ideas cavernícolas hasta que se le presentó la ocasión de ponerlas en práctica!

En lo que tal vez sí se notaban los galones militares de Romero bajo su chaqueta de paisano era en su incapacidad para debatir. Los estudiantes que compartíamos se quejaban de que Romero no promovía discusiones en clase. No era precisamente un maestro mayéutico. Más aún, una vez me confió que la discusión sólo sirve para reforzarle a uno sus propias opiniones.

Pero esa era la regla tácita en vigor en aquel entonces: el profesor disertaba, a veces soporíferamente, y los alumnos tomaban apuntes, igual que en las universidades medievales. Los únicos que suscitábamos discusiones en clase éramos Risieri Frondizi y yo, supongo que él por su experiencia en Harvard, y yo por mi formación científica.

El episodio que paso a contar exhibe patentemente la incapacidad de Romero para discutir. La primera reunión pública de la Sociedad Argentina de Filosofía se celebró en 1956, en el aula magna de la Facultad, en su local de la calle Viamonte. No cabía un alfiler. Romero, presidente de la S.A. F, habló sobre la ciencia. Hizo una exposición blanda y elemental, que mostró que no estaba al día con la epistemología, ya que no trató ninguno de los muchos problemas filosóficos candentes que planteaban los grandes avances científicos de la época.

Al terminar la exposición de Romero, pidió la palabra un profesor de geografía que había sido jefe de celadores en el Colegio Nacional de Buenos Aires. (Los muchachos lo llamábamos «Patoruzú» por su gran estatura y por la enormidad de sus zapatos.) En su tono fúnebre acostumbrado, declaró que la definición de «ciencia» que acababa de dar Romero no se ajustaba a la ciencia que él y el propio Romero conocían, a saber, la geografía.

Cuando terminó Patoruzú, todos dirigimos nuestras miradas hacia Romero, esperando su respuesta. Pero él se quedó mudo y empezó a enrojecer hasta ponerse de color púrpura. Algunos temimos que le diera una apoplejía. Al cabo de un par de minutos tan embarazosos como silenciosos, la presidenta de la reunión declaró que el Profesor Romero apreciaba la amistad por sobre todo, y que la S.A.F. era una sociedad de amigos, en la que no cabía la disensión. Este episodio dice algo sobre el estado de la comunidad filosófica argentina en aquella época.

Tal vez esa incapacidad para debatir explique que Romero no asistiese a congresos filosóficos. Aunque le interesaban apasionadamente las ideas, le desagradaba pelear en público favor o en contra de ellas. En cambio, las pocas veces que conversamos a solas en el Instituto, Romero pareció hacerlo con gusto. Aunque solía endilgarme breves monólogos, a veces me formulaba alguna pregunta. Por ejemplo, me preguntó detalles sobre el Congreso Internacional de Filosofía que se celebró en Venecia en 1958. Otra vez me preguntó si yo compartía su creencia en la posibilidad y necesidad de la educación de los sentimientos. Me alegró coincidir con él. ¡Qué diferencia con los militares que, dos décadas después, se distinguieron por su crueldad!

La incapacidad de Romero para discutir también explica acaso su fracaso como docente, en una época en que los estudiantes lo cuestionaban todo. Pese a su pasión por la filosofía y por la enseñanza, no ponía pasión en ésta. Los estudiantes se quejaban de que sus clases eran aburridas. Decían además que eran demasiado breves, porque dedicaba mucho tiempo a distribuir anuncios de libros recientemente publicados. Creo que los estudiantes no comprendían el amor de Romero por los libros ni su empeño por reemplazarlos por los malditos apuntes de clase.

El caso es que un buen día el Decano, Risieri Frondizi, me pidió que dictara una cátedra de gnoseología «paralela» a la de Romero. Yo me resistí, porque me parecía una deslealtad para con un colega cuya integridad yo respetaba. Pero Risieri insistió, aduciendo que Romero estaba en otra cosa (antropología filosófica), de modo que seguramente no se ofendería. Yo dicté el curso y, en efecto, Romero no me lo echó en cara.

Mis recuerdos de Romero son ambivalentes. Por un lado considero que Romero, al igual que Korn y Ortega, difundía una filosofía anticuada y anticientífica, particularmente dañina en un país donde aún se luchaba por constituir una comunidad científica creadora, y donde era preciso alentar el estudio científico de los problemas sociales, en lugar de repetir con Kant y sus sucesores que tal estudio es imposible. Pero también recuerdo a Romero como un estudioso serio, cordial, tolerante, generoso, íntegro, democrático, civilista, laico, corajudo y empeñado en apoyar los estudios filosóficos. Él y Korn fueron los mejores filósofos idealistas argentinos, y los únicos que tuvieron una conducta recta.

Además, Francisco era el hermano muy querido y mentor de José Luis. Éste era el distinguido historiador social y gran rector normalizador nombrado por el gobierno de la llamada Revolución Libertadora. Ésta hizo posible el retorno de los Romero y muchos otros (entre ellos yo mismo) a la universidad tras los primeros concursos casi limpios realizados en décadas.

Cabe a otros filósofos, más familiarizados con la obra escrita de Romero, el analizarla para identificar las contribuciones originales que pueda haber en ellas. Pero temo que esa obra sea más bien espejo que escultora de su época. La grandeza de Romero reside en su actuación antes que en su exigua y heterogénea obra escrita: consistió en alentar a muchos jóvenes de toda Latinoamérica a que persistiesen en su amor por la más fascinante y ambivalente de todas las indisciplinas.  A que se formasen una amplia cultura. Y a que no se hicieran cómplices del poder arbitrario.

 

 




1 Au-dessus de la mêlée (Por Encima De La Lucha): título de la famosa serie de artículos del valiente pacifista Romain Rolland escritos a comienzos de la 1ª Guerra Mundial y publicados en 1916, en búsqueda de la unión de las naciones europeas contra la barbarie de la guerra. (Roberto Amenta)

 

Una respuesta to “Francisco Romero”

  1. Marcelo Bosch Says:

    Fue un placer leer la memoria a F. Romero escrita por un filósofo contemporáneo desde una posición distinta pero que integra una respetuosa crítica, rescata al mismo tiempo los valores morales y sirve de enseñanza de vida.
    Es una perla para coleccionar y podría ser parte de una historia de la filosofía, la ciencia y la cultura argentina en general que alguien debería comenzar a construir.
    Gracias Mario Bunge

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